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Opinión

  • | 1989/12/25 00:00

    LA NUEVA EUROPA

    Lo que se está cayendo, para ser precisos, no es el muro de Berlín. Es la cortina de hierro, como un promontorio de naipes

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Una nueva Europa está naciendo, con pujos de parto, entre las cenizas polvorientas de la Segunda Guerra y los escombros carcomidos del Muro de Berlín. El pobre muro, piqueteado a martillazos, se derrumba con un estrépito tan grande que se oye como un trueno en todo el continente.

En la capital española, mientras llueve, frente a una cerveza espumosa con un plato de pimientos y boquerones, veo las imágenes que la televisión transmite en directo desde Alemania.
La muchedumbre, con la mandarria demoledora del hombro, a empujones, entre tragos de champaña y un griterio de júbilo, termina de desplomar la paredilla del oprobio.

Lo que se está cayendo, para ser precisos, no es el Muro de Berlín. Es la cortina de hierro, completa, como un promontorio de naipes. En las calles milenarias de Budapest aparecen los primeros jóvenes punks, con el pelo pintado de verde cotorra, ante la mirada de asombro de los viejos marxistas.

En un barrio de la ciudad húngara, después de varios meses de reparaciones y arreglos, ponen de nuevo en servicio el Teatro Lenin, convertido ahora en cinematógrafo. La película con que abre sus puertas no puede ser más elocuente: Batman. Las colas cruzan esquinas y plazas. Lenin, naturalmente, se está revolcando en su tumba.

Los ejemplos de este estropicio que conmueve los cimientos europeos abundan como la verdolaga. La compañía norteamericana Mc Donalds, que produce unas hamburguesas jugosas y gordas, símbolo del capitalismo, emblema del estilo gringo de vida, insignia de la empresa privada, acaba de conceder su premio anual a la sucursal de su firma que más salchichas y papas fritas ha vendido en sus últimos tiempos.

No lo gana una cafetería de Nueva York, ni un restaurante de Chicago, ni la oficina de Londres. El vencedor, para que se pasmen ustedes, es la sucursal de Mc Donalds en Belgrado, la capital de Yugoslavia, en el corazón del comunismo. Nadie puede creer que el materialismo histórico haya sido derrotado por un perro caliente. El asombro crece. Las noticias, en una avalancha frenética que supera la capacidad de asimilarlas, se producen a la velocidad del vértigo. Llegan informes de Praga: los muchachos se han arremolinado en manifestaciones al frente de la misma universidad que los esbirros de Hitler cerraron hace cincuenta años.

Las marquesinas, en Varsovia, anuncian la exhibición de una aventura de Rambo. El mandatario de Bulgaria, que cumplía 35 años en el poder, se ha caido sin escándalos, sin resistencia alguna, con la suavidad natural con que se desprende de la rama una papaya madura. A la misma hora, en las calles de Madrid, bandadas de jóvenes desfilan gritando improperios contra el servicio militar obligatorio.

Los franceses, que suelen ser tan fríos y cerebrales, están asustados ante la sola posibilidad de que se unan de nuevo las dos Alemanias. En la prensa aparece una caricatura sangrienta: al lado de los restos del muro, entre las dos mitades de Berlín, un gendarme, sentado ante su mesa, anota en un libro a los que quieren pasarse para el sector occidental de la ciudad.

En la fila, con un paquetico en una mano, enseres envueltos en un trapo, aparece un ciudadano alto, fornido, de cabellera copiosa y barba abundante.

--Su nombre?--le pregunta el policía.

--Carlos Marx --contesta el emigrante.

La escena que ahora aparece en la pantalla es emocionante. Tres niños han cruzado a la zona occidental. Descubren, intrigados, que la puerta de un hotel berlinés se abre con sólo pisar la alfombra que da a la calle. Lo convierten en un juego: pisan el tapete y se abre la puerta; la puerta se cierra; vuelven a pisar y vuelve a abrirse. Pasan unos minutos hasta que la cámara de televisión descubre, al otro lado del vidrio, al conserje del hotel que ve a los chicos divirtiéndose, y sonrie meneando la cabeza.

La transmisión regresa a Hungría. Muchachas con minifaldas se besan con sus novios en las calles. Una madre sale de una tienda, con su hija en una mano, llevando en la otra un muñeco de felpa: el ratón Mickey. Un aviso luminoso de Pepsi resplandece en lo alto de un edificio.

Ya no cabe ninguna duda: lo que se ha desplomado es mucho más que la muralla que partía en dos la verdadera capital alemana. El mundo ha dado una voltereta y Europa está perpleja.--
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