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Opinión

  • | 1995/10/02 00:00

    LA ONDA JAMES BOND

    Los colombianos en su gran mayoría están seguros (aunque estén equivocados) de que sus conversaciones telefónicas están siendo grabadas.

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HASTA HACE MUY POCO TIEMPO EL tema de la grabación de conversaciones particulares no se oía casi nunca. Ahora se habla del asunto con tanta familiaridad, que el país parece la caricatura de cualquier película de James Bond.
La célebre afirmación de Alberto Giraldo, "tranquilo que estoy en un teléfono seguro", hecha por el periodista mientras sus palabras y las de Miguel Rodríguez, su interlocutor, quedaban inmortalizadas en una cinta magnetofónica, se ha vuelto una expresión común en las charlas telefónicas de la gente.
Los colombianos en su gran mayoría están seguros (aunque estén equivocados) de que sus conversaciones telefónicas están siendo grabadas. Y por eso las conversaciones confidenciales se desarrollan en dos estilos diferentes: las que se hacen en clave ("Nos vemos a la misma hora en la oficina del enano, ¿sí lo ubica?"), o las que no ocultan nada para no correr el riesgo de prestarse a raras interpretaciones futuras. En resumen, ya estamos hablando todos como el loco Giraldo.
El país dio un salto demasiado grande entre las grabaciones de los organismos secretos en desarrollo de una investigación criminal y los casetes particulares, grabados con fines que van desde los celos hasta el chantaje. El caso de la cinta de Eurovalores, y los rumores acerca de la multitud de grabaciones que se supone que están por ahí, ha abierto la gama del espionaje a casi todo el espectro social. Que dizque hay uno que confirma la venta del diamante, que hay otro que deja ver el grado de intimidad de un narco con un jefe político; que Medina tiene una maleta llena de casetes...
De acuerdo con lo que se dice por la calle, habría grabaciones que implicarían en asuntos graves al Presidente de la República y a varios de sus ministros; que condenarían a decenas de parlamentarios por delitos de enriquecimiento ilícito y testaferrato; que involucrarían a prestantes dirigentes del sector privado en prácticas poco santas. Estos chismes ya dejaron de ser indicios sobre casos reales para convertirse en mitología pura.
Los cierto es que alguien graba. ¿Quién? No lo sé. Todo parece indicar que a Samper lo grabaron sistemáticamente en la sede de su campaña, incluso desde la época en que las encuestas no le daban casi ninguna oportunidad de ganar las elecciones. Pudo haber sido un organismo local de seguridad por su propia cuenta, o con la ayuda de uno internacional. O al revés. Las especulaciones libres hablan desde la CIA, la DEA y el FBI hasta el servicio secreto inglés, pasando por toda la gama de instituciones secretas criollas.
Pero si es cierta la mitad de los rumores que hay, también hay pilas de grabaciones hechas por particulares. Tantas, que el asunto puede haber pasado ya de un par de casos aislados a convertirse en una auténtica costumbre nacional.
Gravísimo, porque a pesar de la emoción morbosa que produce el escuchar conversaciones ajenas, se trata de un delito que viola el derecho fundamental de la intimidad. Nadie niega el valor político que tiene una grabación que demuestre que un dirigente cometió una irregularidad, así esa grabación haya sido obtenida mediante un procedimiento irregular.
Pero resulta demasiado peligroso que con ese antecedente cada cual se sienta un James Bond con licencia para espiar a sus enemigos, a sus competidores comerciales, a sus hijos, su novia, su amante o su vecino, con el fin de vengarse, sacar provecho o, simplemente, informarse de los secretos íntimos que la Constitución protege con un celo particular.
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