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Opinión

  • | 2011/07/16 00:00

    La otra mitad del medio ambiente

    ¿No se dan cuenta, de que los principales damnificados de la ola invernal son los uribistas, que tienen el agua al cuello?

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Me preciaba de  tener conciencia ecológica, y en buena medida milité en la ola verde porque supuse que allí protegerían el medio ambiente. Después me di cuenta de que lo único ecológico que tenía el partido era que sus dirigentes son unos troncos.

Pero me creía ecologista y hacía cosas de ecologista: seguía las narraciones de Antonio Casale, compraba los discos de Cabas, daba propina a los meseros de Andrés Carne de Res y, en general, era solidario con todos aquellos que por ahorrar agua llevan años sin bañarse. Porque la conciencia ecológica comienza en casa. De hecho, en el baño alcancé a instalar un radio que solo agarraba la emisora de Pachito, para que en la casa nadie se demorara bajo la ducha.

Sin embargo, ante las denuncias que el exministro Manuel Rodríguez ventiló en una reciente entrevista a María Isabel Rueda, según las cuales el gobierno anterior por poco acaba con nuestra riqueza natural, he decidido replantear mi posición. Tal parece que el doctor Uribe recibió un ambiente, pero entregó medio: medio ambiente. La otra mitad se la llevaron las empresas extranjeras, vértices de la famosa confianza inversionista.

Me aburre tener que hacerlo, pero acá voy una vez más: una vez más defiendo a la administración anterior de los terroristas de civil que lo mancillan. El señor Rodríguez denuncia que hay funcionarios del gobierno pasado que ahora ocupan cargos directivos en las empresas mineras que antes ellos mismos regulaban: ¿y qué quería, acaso? ¿Qué huyeran a Panamá, con lo peligrosa que está esa ciudad? ¿No supo, pues, que a la pobre María del Pilar Hurtado se le metieron los ladrones a la casa y le hurtaron –si se me permite el verbo– sus pertenencias más preciadas, que incluían un computador y dos tangas?

Sí, puede ser cierto que parte de la confianza inversionista consistiera en que las empresas canadienses entraran a saco en páramos y bosques y los arrasaran sin siquiera dejar regalías; también, que los mismos canadienses asesoran la redacción del código minero y que cualquier aparecido obtuviera licencias para explotar los recursos. Pero todo se trató, en últimas, de un pequeño abuso de confianza. De confianza inversionista, se entiende.

Tampoco es para tanto. En Colombia sobra la riqueza mineral. En Santurbán hay suficiente oro como para reemplazar todas las calzas de Diomedes Díaz. Una empresa extranjera halló restos de litio en la cabeza de Noemí. Con el cobre que ha pelado ‘el Sodomita’ Rivera el país puede competirle a Chile. Abundan los combustibles fósiles, como José Galat y otros miembros de la extrema derecha. Y hay generosos yacimientos de gas en La Guajira, los Llanos Orientales y la barriga de Angelino.

Y, sin embargo, saltan a la palestra apátridas fatalistas, como el señor Rodríguez, y sugieren que la ola invernal y demás desórdenes ambientales se deben a prácticas antiecológicas como las del gobierno anterior, que deforestó más de 3,5 millones de hectáreas de bosque: por eso algunos comunistas lo llamaban el gobierno de la motosierra.

¿No se dan cuenta, acaso, de que los principales damnificados de la ola invernal son los mismos uribistas, que están con el agua al cuello? Eran funcionarios que lo tenían todo –ministerios, embajadas, notarías– y de la noche a la mañana quedaron sin nada. Todo se les empantanó: hasta los nombramientos. Y ahora, salvo la Fiscalía, nadie quiere saber de ellos: apenas Uribe, que les lleva frazadas para que se sigan tapando. ¡Qué doloroso resulta ver anegados los lotes de la zona franca y observar al valeroso expresidente huyendo de los encharcados potreros del Ubérrimo con un guacal al hombro en el que tirita, miedoso, ‘el Pincher’ Arias! ¡Y qué paradójico, además, que todo suceda por culpa del Fenómeno de la Niña, si se me permite llamar de tal modo al presidente Santos!

Ahora bien: ¿por qué suponen que los excesos del invierno son efecto del descuido ambiental, que se recrudeció en los últimos ochos años? ¿No oyeron a Jorge Celedón cantando la versión vallenata de una canción de Gustavo Cerati? ¿No queda claro, acaso, cuál es la verdadera causa de los aguaceros?

Que no vengan a exagerar. La explotación minera no afecta el ecosistema. Venezuela lleva años exportando carbón y petróleo, y la única flora que se ha visto afectada es la flora intestinal del comandante Chávez.

Para información del señor Rodríguez, el gobierno de Uribe fue sensible con los asuntos ecológicos. Sus propios hijos montaron una conmovedora empresa de reciclaje de basuras, que antes estaban en manos de un montón de zorreros maleducados. Gracias a su política de seguridad proliferaron los sapos, que de otro modo podrían haberse extinguido. Buena parte del servicio exterior fue ocupado por delfines costeños con el único fin de protegerlos. Su ministro de Medio Ambiente fue Juan Lozano, último ejemplar del águila calva. Y si bien el gobierno tuvo toda la intención de trazar sobre la selva la nociva carretera al Darién, encargó de su ejecución a Andrés Uriel, como una forma de garantizar que jamás se construiría.

No sean resentidos. Sepan que el gobierno del doctor Uribe ya ingresó por la puerta de la historia. Aunque esa puerta, como la que cruzaron sus funcionarios, sea giratoria. 
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