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Opinión

  • | 2013/09/28 00:00

    “La paciencia se agota” “Facilite la concertación”

    Y las concesiones mutuas, ¿para qué? estas declinaciones dolorosas, ¿para qué? Para poner fin al holocausto que describió santos con tanta convicción en la ONU.

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Así quedó planteada esta semana la contradicción y también el drama de las negociaciones de paz de La Habana. La primera frase es de Santos, la segunda de alias Timochenko. Santos dejó ver su angustia ante el más importante auditorio del mundo: La Asamblea General de las Naciones Unidas.

La angustia del tiempo. Y Timoleón Jiménez, jefe de las Farc, le respondió en una carta con su propia angustia: la de las concesiones que debe hacer el gobierno para lograr la firma del acuerdo de paz antes de que sucedan las elecciones del año próximo.

Tiene toda la razón Santos. El país pide a gritos un salto en las negociaciones de paz. Es eso lo que reflejan las encuestas. La gente desconfía. La gente es pesimista. La gente quiere la paz, pero no cree que se logre el acuerdo. La gente necesita un mensaje de esperanza y ese mensaje solo tiene un nombre: la firma del acuerdo general para poner fin al conflicto armado. Parar la sangre. Parar la muerte. Las Farc no pueden eludir este clamor.

Tiene toda la razón Timochenko. Las Farc necesitan un incentivo poderoso para dejar las armas y reincorporarse a la vida civil. Las Farc también desconfían. Las Farc quieren saber que tendrán seguridad jurídica. Saber que no les harán trampa. Necesitan oír una oferta atractiva de participación política. Quieren que haya cambios en la vida nacional. Santos no puede eludir esta realidad.

Las Farc cometen un error garrafal si juegan con el tiempo. Si asfixian a Santos en las encuestas. Si lo debilitan. Las Farc necesitan a Santos. Timochenko le dice a Santos: “Lo que se acorta en realidad es el tiempo para definir su candidatura a la reelección y es evidente su afán para exhibir ante el país un acuerdo de paz”. Es el colmo de la torpeza o de la ingenuidad. Los políticos son así, Timochenko. Todos son así. Es su naturaleza. Sus propuestas, las nobles y edificantes, o las perversas, todas, apuntan a la opinión pública, apuntan a los votos, apuntan a su elección o a su reelección. Santos quiere pasar a la historia, pero primero quiere ganar las próximas elecciones. 

Santos logró la aprobación de un marco jurídico con definiciones sobre verdad, justicia y reparación y ahora quiere lograr la aprobación de un mecanismo de refrendación de los acuerdos sin concertar con la contraparte de La Habana. Lo podía hacer. Lo debía hacer. Representa la legitimidad del Estado. Representa, además, la gran ventaja que tiene el Estado sobre las guerrillas. 

Está obligado a responder ante la comunidad internacional y ante la opinión pública nacional por estándares en derechos humanos y por normas constitucionales. Eso no lo pueden soslayar las guerrillas. Tendrán que ponerles la cara a las víctimas, tendrán que pedir y ganar el perdón. Es así Timochenko, es así Catatumbo, es así Márquez. 

Pero… señor presidente, usted no puede creer, nadie puede creer, que unos guerrilleros van a estar 50 años en el monte y luego sin ser derrotados militarmente, sin ser doblegados por las armas, van a declinar sus aspiraciones políticas. 

Si usted, señor presidente, quiere un acuerdo de paz y una refrendación del tratado antes de las elecciones presidenciales, tiene que hacer una oferta robusta de participación política de las Farc y del ELN en las elecciones de 2014 y sobre todo en las elecciones locales de 2015 y tiene que abrir las puertas para que, quizás en 2016, cuando la guerrilla haya ingresado plenamente en la vida civil, se hable de una Asamblea Nacional Constituyente que aboque cambios imprescindibles en la Justicia, en las Fuerzas Armadas y en el entramado social del país. 

Y estas concesiones mutuas ¿para qué? Estas declinaciones dolorosas ¿para qué? Para poner fin al holocausto que describió Santos con tanto sentimiento, con tanta convicción, en la ONU. Para poner fin a un conflicto que ha dejado 220.000 muertos y más de 5 millones de víctimas. Para eso señores opositores a las negociaciones de paz. Para que no siga ocurriendo. 

Para que no se derrame más sangre de combatientes, pero sobre todo, para que no se derrame más sangre de civiles, porque quiero recordarles: por cada soldado o guerrillero que muere pierden la vida cuatro personas inermes, inocentes, hermanos nuestros, compatriotas nuestros. 
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