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Opinión

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Se estrelló una paloma contra los muros de la cárcel de Buga, la semana pasada. Una señora que la recogió conmocionada del suelo descubrió que llevaba dos paquetitos de marihuana atados a las patas, y denunció tamaña ilegalidad a las autoridades: no se sabe si porque era una señora asustadiza de las de antes, o por cobrar recompensa de delatora (la identidad de la señora es mantenida en reserva por el Inpec). Las autoridades, con prontitud, actuaron en defensa de la Constitución y de los tratados internacionales suscritos por Colombia, y en un operativo relámpago les torcieron el pescuezo a todas las palomas de la cárcel de Buga. Salió la noticia en toda la prensa: desmantelada por las autoridades peligrosa red de narcotraficantes que operaba a partir de la cárcel de Buga utilizando una sofisticada técnica de palomas mensajeras. Se hicieron fotos de las autoridades desmantelando la red, con el general Rosso José Serrano a la cabeza. La prensa editorializó al respecto en términos vigorosos y patrióticos, de frontal repudio al crimen. Malvadas mentes que utilizan inocentes palomas, dijo la prensa. Hasta dónde hemos llegado, se escandalizó la prensa. Etcétera.Pero gracias a la señora delatora y a las autoridades competentes pudimos demostrarle una vez más al mundo que los colombianos de bien libran una lucha sin cuartel contra la droga, flagelo universal, sea cual sea el costo que haya que pagar. Ocho gramos de marihuana, y ¡crac!: despescuezada la flor de la colombofilia nacional. Aunque también, claro -pero eso qué va a importar- agravada la infelicidad de un pobre preso de la cárcel de Buga.Porque lo que cargaba la paloma mensajera en las patas era la ración de un preso. Ocho gramos de marihuana: ¿para 10 varillos, tal vez? (Habría que preguntarle al doctor Carlos Ossa, que fue gerente de la SAC.) Apenas lo bastante para que un pobre preso en ese horror que son las cárceles en este país (pues no todas, oh lector, son como la residencia del doctor Santiago Medina en La Cabrera) se pueda trabar un rato para matar el tiempo inacabable del patio de la cárcel. Ocho gramos de hierba para olvidar la pena: que, doctor Ossa, ¿3.000, 5.000 pesos, si es de la buena? No es nada, ocho gramitos, frente a los cientos de miles de toneladas de la cosecha anual de marihuana de Estados Unidos. Pero para contentar al gobierno de Estados Unidos no sólo le quitan sus ocho o 10 varillos de consuelo al pobre preso de la cárcel de Buga, sino que además le matan la paloma.Porque antes de condenar a las 'mentes malvadas' lo que hay que hacer es admirar la ingeniosidad del preso que adiestró la paloma. Eso sí que es redención por el trabajo, y no las clases de derecho que quieren dictar para rebajar sus condenas los políticos presos por violar el derecho. Y el mérito no está sólo en adiestrarla, sino en hacerlo clandestinamente: sin que los guardianes del Inpec los vieran nunca juntos a él y a la paloma. Porque sin duda algún inciso hay en el reglamento carcelario que les prohíbe a los presos tener animales de compañía: perros, canarios, marranos para chicharrón. (Caballos sólo los tiene Fernando Botero en Usaquén: ni siquiera a los hermanos Ochoa les permitían montar los suyos en la cárcel.) Admirable preso colombófilo que amaestró su paloma para que le llevara un poquito de olvido diario (para el estrés, como recetan ahora los médicos de California.) Pobre preso colombiano al que, para satisfacer la hipocresía del gobierno de Estados Unidos, las autoridades le ahorcaron su paloma mensajera.En todas las literaturas se repite un tristísimo poema de presos con paloma perseguidos por la furia vesánica de las autoridades. Un romance viejo castellano -el que empieza "que por mayo era, por mayo..."- resume su desesperación en esta estrofa:...sino yo, triste cuitado,que vivo en esta prisión,que ni sé cuándo es de díani cuándo las noches sonsino por una avecicaque me cantaba al albor.Matómela un ballestero.Déle Dios mal galardón.Pobre preso, y además preso pobre. De esos presos de antes, presos por pobres. Si se tratara de un preso rico, como algunos de los que hay ahora, no se hubiera tomado el paciente trabajo de pobres de educar palomas: se hubiera hecho llevar la droga a su celda en bandeja de plata por el director general de Prisiones. Pero es un preso de esos pobres de antes, que siguen estando presos también ahora: ¿quién creen que atesta las cárceles más hacinadas del mundo, que son las de Colombia? ¿Los grandes capos del narcotráfico? ¿Los ex congresistas corruptos? No. Los presos pobres. Los pobres presos. Los pobres. Pobres, y encima presos, y a quienes por añadidura las autoridades les matan la paloma. Déles Dios mal galardón.Claro que también la culpa es del preso. Por codicioso, por angurriento. En vez de cinco o seis gramos de hierba se hizo mandar de una vez ocho: demasiado peso para las fuerzas de la paloma mensajera, que se estrelló contra los muros de la cárcel de Buga por sobrecarga. Como esas tractomulas con sobrepeso que en la nueva apertura económica se revientan en los puentes inservibles del viejo, del actual, del eterno peculado por apropiación de Colombia.Y pobre paloma, condenada a servir de metáfora para la pobre Colombia.
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