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Opinión

  • | 1997/11/17 00:00

    LA PAPELETA MISTERIOSA

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No he logrado saber quE es el voto ciudadano por la paz, pero voy a votar por ella. El domingo de las elecciones, al lado de los tarjetones con las fotos de los centenares de candidatos a todo, de gobernadores a ediles, de alcaldes a concejales, habrá una papeleta insinuante y extraña, misteriosa y ambigua, apasionante y obvia, que invita a votar por la paz.A veces pienso que votar por la paz es como participar en una encuesta en la que le preguntan a la gente si le parece bonito el arco iris: son muy pocos (aunque los hay) que van a decir que no. Pero, al mismo tiempo, me parece bueno que haya plebiscitos que certifiquen mayorías abrumadoras que respaldan lo bueno. El voto por la paz es insinuante. La palabra sugiere una realidad que hoy parece imposible en Colombia, país en el que son muy pocos los habitantes vivos que recuerdan haber vivido en una época de paz relativa. Somos un conglomerado nacido, criado, educado y desarrollado en medio de las atrocidades de la violencia y sometido a la fatalidad de los designios de la muerte. Votar por todo lo que no es eso es una manera de poner un ladrillo en la construcción de una utopía. El voto por la paz es extraño. Es la ratificación formal (no olvidar que somos colombianos)notarial y por lo tanto oficial de que la mayoría de la gente quiere la paz. Somos tan formalistas, que cuentan que el intento de golpe que le hicieron a López Pumarejo en Pasto se frustró porque los militares insurrectos no encontraron papel sellado para oficializar el golpe. Es posible, en esta Nación absurda, que lo que le falta a la paz para aterrizar aquí es que la Registraduría emita un boletín que certifique que sí la queremos.El voto por la paz es misterioso, porque no se sabe para qué sirve. Para algunos puede ser el origen de una nueva frustración, pues no hay nada que pueda canalizar esa voluntad masiva en favor de la paz hacia una estrategia práctica que la pueda buscar. Para otros el voto por la paz es una finalidad en sí mismo; no se espera que nada pase distinto a eso: a que mucha gente, ojalá toda la gente, diga que quiere paz. Me encuentro en este último grupo.El voto por la paz es ambiguo. El hecho de que un país se vuelque sobre unas urnas para clamar por la paz es un plebiscito en ese sentido, lo cual lo convierte en un hecho positivo; pero es al mismo tiempo un voto negativo porque es la demostración de la incapacidad de una serie sucesiva y larguísima de gobiernos que no han sido capaces de dirigir la Nación hacia la convivencia sino hacia el enfrentamiento. El voto masivo por la paz es la demostración de la falta de liderazgo de nuestros dirigentes.El voto por la paz es apasionante. Es el símbolo de la búsqueda incesante de una gente que está desesperada con la violencia, que está preguntando por qué no podemos vivir como la gente civilizada, que está de acuerdo con la afirmación de que sin violencia Colombia sería un paraíso.El voto por la paz es obvio. Es la manera de estrecharle el espacio a los violentos en el campo político, entendida la política como el espacio en el que el ser humano vive en comunidad, más que como la manera de llegar a gobernar. Violentos de izquierda y de derecha, violentos ociosos, violentos por venganza, todos los que generan muerte deben darse cuenta de que no solo son minoría sino que la mayoría está dispuesta a ocupar el espacio que sea posible. Por eso: porque es insinuante, extraño, misterioso, ambiguo, apasionante y obvio, hay que votar por la paz.
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