23 marzo 2013

Enviar a un amigo

Email destino:

Nombre remitente:

Email remitente:

La paz ajena

Por Antonio CaballeroVer más artículos de este autor

OPINIÓNNo es en La Habana donde van a terminar las conversaciones entre los delegados del gobierno y los jefes guerrilleros: deben necesariamente pasar también por Washington.

La paz ajena.

Foto: León Darío Peláez / Semana

El presidente Juan Manuel Santos, que en ese tema debe tener más información fresca que nosotros, se muestra muy optimista: habrá paz pronto. O, al menos, los prolegómenos de la paz: el principio del principio. Es decir, pronto se firmarán en La Habana acuerdos entre el gobierno y las Farc, y –po
r fin- se empezarán a hablar de otra cosa.

A hablar. Pero ¿y a cumplir lo acordado? Todo el mundo da por hecho que, como ha sucedido siempre en todo el mundo cuando se acaba un conflicto armado, habrá un remanente de combatientes que se queden en el monte echando tiros, secuestrando, extorsionando, traficando con cocaína. Tal como ocurrió con los paramilitares después de su pretendida desmovilización: muchos de ellos se convirtieron en las llamadas bacrim, o bandas criminales. Curiosamente, eso no se había dado por hecho entonces, a pesar de que era igualmente previsible. Terminado oficialmente el alzamiento en armas, no es probable que el Secretariado de las Farc conserve la autoridad suficiente sobre su gente, que vive de que ese alzamiento exista. 

En el otro lado, el Estado colombiano sí la tendrá sobre sus Fuerzas Armadas institucionales. Pero no en lo que se refiere a las bacrim ya existentes y a las nuevas que surgirán por las mismas razones que propiciaron la aparición de los antiguos grupos paras: la ausencia del Estado y el narcotráfico. Estas dos razones siguen existiendo. La ausencia del Estado se puede remediar. Ese es precisamente uno de los temas que se discuten en La Habana, tanto en sus formas como en sus costos. Y se puede remediar con mayor razón si, llegada la paz, las estructuras de las Farc entran a combinarse con las estructuras del Estado. Pero la eliminación del narcotráfico, a pesar de que también figura entre los temas de la agenda, no está en la mano de las dos partes reunidas en La Habana. Están en la mano de ... sí, lo adivinó el perspicaz lector: en la mano del gobierno de los Estados Unidos. 

Y entonces hay que hacer una pregunta: ¿van los Estados Unidos a permitir que por fin haya paz en Colombia?

Ya contribuyeron eficazmente a la creación de la guerra, en su momento: cuando el Bogotazo de 1948. La violencia que se desbocó entonces en Colombia tenía muy profundas raíces locales, por supuesto. Pero también fue un episodio local de la Guerra Fría, como lo fueron todas la guerras centroamericanas y las dictaduras de media América del Sur: Brasil, Uruguay, Argentina, Chile... Con el paso del tiempo no cesaron de alimentar esa guerra con armas y consejos, y lo hicieron en mayor medida todavía a partir del Plan Colombia de los presidentes Bill Clinton y Andrés Pastrana que les dio renovados recursos a las Fuerzas Armadas, compensando los recursos renovados que su entrada de lleno en el negocio del narcotráfico les había dado a las Farc. Tal vez los gobiernos norteamericanos no estén ya interesados en mantener vivo el conflicto colombiano en nombre de la doctrina anticomunista; pero por cuenta del narcotráfico este ha adquirido un impulso imposible de controlar.

O, más exactamente, que solo puede ser controlado a través del control de ese tráfico. Un control que a su vez solo se consigue aplicando las fórmulas de legalización o despenalización de las drogas prohibidas, de normalización, en suma, del comercio de los estupefacientes. Y a eso este gobierno de Barack Obama, como los de todos sus predecesores, se opone en redondo.

Por eso no es en La Habana donde van a terminar las conversaciones entre los delegados del gobierno y los jefes guerrilleros: deben necesariamente pasar también por Washington.

Porque aunque el tráfico de drogas esté prohibido en todo el mundo, es de Washington de donde saca su fuerza. Tanto por el consumo –los Estado Unidos siguen siendo los principales consumidores de las drogas prohibidas– como por la prohibición misma: allá nació, desde allá se expandió a todo el planeta. Los gobiernos de ese país se han arrogado el derecho prepotente de juzgar a los de todos los demás y “certificarlos” o no de acuerdo con su obediencia en la materia, y sin que eso les impida a ellos mismos traficar cuando lo estiman conveniente para sus intereses, como se vio en tiempos de Reagan con el escándalo Irán-contras. De manera que, repito, lo que se discute en La Habana desembocará forzosamente en Washington. 

Nadie dijo nunca que esto iba a ser fácil.
PUBLICIDAD

Otras columnas de este autor

Horóscopo
Semana en Facebook
Publicidad