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Opinión

  • | 2015/05/03 19:00

    La paz con Uribe

    Que la opinión pública no esté con la paz de Santos es lo de menos. Eso puede cambiar. Que militares y empresarios no lo estén es más grave porque son dos factores de poder críticos para la paz.

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No todo es lo que parece. El insensato ataque de las FARC en Cauca, el mes pasado, y su aún más insensata incapacidad de reconocer este error, no sólo ha tenido el efecto catastrófico en la opinión pública, como lo muestran las encuestas recientes, si no que le ha servido en bandeja de plata el pretexto que los verdaderos opositores de este proceso necesitaban para meterle mano.

Hablo de dos sectores del establecimiento que se sienten representados en Uribe y no en Santos, y que de tiempo atrás, no desde el mes pasado, vienen dando señales de que no le caminan a la cosa tal y como va: los militares y los empresarios.

Sobre los militares, habría que decir que Uribe ha logrado, con creces, su propósito de dividirlos. Ayudado, no pocas veces, por miembros del propio Gobierno, que torpemente creen que aupando el “negacionismo” sobre los crímenes atroces cometidos durante la guerra, mantienen intacto su honor, cuando en realidad los dejan expuestos en el futuro. La salida temporal del general Mora de la Mesa, y su retorno, revela en qué estamos.

También se sabe que mientras Mora estuvo por fuera, un grupo muy significativo, pero sobre todo muy poderoso de empresarios, le envió un mensaje claro al Gobierno: si no regresaba el general, le quitarían el apoyo al proceso. Y no es que adoren a Mora, sino que no confían en el resto. Porque creen que en La Habana se está entregando el país a no sé qué fantasma que los ronda. En un comunicado reciente del consejo intergremial, también dejó claro que apoya el fin del conflicto, sin descartar la vía militar. No hablan de paz.

En buen castellano, a los empresarios lo que les interesa es la seguridad. Punto. La encuesta hecha por la Cámara de Comercio de Bogotá a 1.300 empresarios es contundente: apoyan la paz, si les beneficia directamente, y no están dispuestos a poner nada para ella. Egoísmo puro, ningún sentido de país, cero filantropía. De eso está hecha la élite empresarial colombiana. Y como ese sentido del desarrollo desigual e injusto es el que encarna Álvaro Uribe, pues el mensaje final que han mandado es ese: están con la paz, si Uribe se monta en ella. Hasta los paisas del Sindicato, rindiéndole homenaje a quizás el único empresario antiuribista de Antioquia, que era Nicanor Restrepo, mandaron la puya: urge la reconciliación con Uribe.

Que la opinión pública no esté con Santos es lo de menos. Eso puede cambiar. Que militares y empresarios no estén con la paz de Santos sino con la que representa Uribe, es grave. Porque si uno mira el pasado, digamos el proceso de los años 80, entiende que esa vaina se fue al carajo cuando militares y empresarios dejaron completamente solo a Belisario Betancur. Y las FARC les hicieron el favor de darles el pretexto para la ruptura, con una fatídica emboscada en Caquetá que rompió la tregua.

Eso es lo que Santos empieza a entender. Que está solo y que le toca meter a Uribe a la paz, con todo y lo que ello implica. ¿Qué implica? Pues dos cosas: impunidad total, por lo menos para el lado del Estado. Porque Uribe, tan enemigo de la impunidad, no dejará que ni militares, ni empresarios, rindan cuentas. Ni verdad ni justicia para el establecimiento. Y a lo mejor por ahí se cuela también la guerrilla.

Pero la otra implicación, más grave aún, es la conservación del estatus quo. Los empresarios consideran que ellos no tienen por qué poner un peso para la paz. ¡Faltaba más, si ya los pusieron todos para la guerra! Consideran que no tienen por qué darle empleo a los desmovilizados ¡Faltaba más untarse de chusma! Consideran que es un insulto que los guerrilleros vayan al Congreso ¡Qué tal y se nos ensucie la política! Consideran que tampoco se les puede dejar estar en zonas de reserva campesina ¡Faltaba más entregarles territorio, aunque se desarmen! A lo mejor, lo que quieren es un cohete para mandar para Marte a todos los guerrilleros, luego de que se firme el acuerdo y dejen las armas.
 
Esa es la paz que, con Uribe a bordo, se configura: de papel. Una paz boba. Una paz como la de Guatemala. Como la que se hizo con las AUC: para que todo siga igual. No me sorprendería que el tal referendo que vienen proponiendo el fiscal y César Gaviria se termine haciendo, pero no para darle facultades extraordinarias a un presidente al que sólo le cree el 29 % de la población, si no para bendecir el “congresito” que propone Uribe como mecanismo de refrendación. Un congresito que le meta mano a los acuerdos, y los deje peluqueados.

Porque, al parecer, Uribe es el único que se ha leído la letra menuda de los acuerdos y los entendió bien: si se aplican, este país podría cambiar. Romper el círculo vicioso de los factores que hacen que la violencia se recicle, como el problema agrario y la precariedad de la democracia. Por eso los objetó. Porque son para construir la paz y al fin y al cabo, ¿Qué sería de Uribe sin la violencia?

Pero la realidad política es inexorable. Santos necesita a Uribe no ya para hacer la paz deseada, aquella paz territorial y transformadora que algunos hemos soñado; sino la paz posible para un presidente que fracasó en el intento de convencer a un país de derechas de que alguito debe cambiar si queremos pasar la página de la guerra. Y no pudo convencerlo porque a veces ni él mismo está convencido.

Ese es el panorama actual. El ataque de Cauca ha creado la tormenta perfecta para que Uribe entre en acción. ¡Nadie sabe para quién trabaja!
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