Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1999/06/28 00:00

LA PAZ: ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

LA PAZ: ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

La renuncia del ministro de Defensa, Rodrigo Lloreda, es una señal de que la búsqueda
de la paz va a ser un camino mucho más tortuoso y culebrero de lo que imaginábamos. Y de que el
gran desafío de este proceso está en pasar del cielo a la Tierra, es decir, del estratosférico 'qué' al
crudo y pragmático 'cómo'. Hasta ahora los acercamientos y acuerdos entre el gobierno y la guerrilla
han avanzado en medio de la guerra debido a que la discusión se ha mantenido por las nubes.
Sin embargo, los cuestionamientos públicos que el ex ministro Lloreda expresó frente a algunos de
estos avances (como el desalojo del Batallón Cazadores, el retiro de los generales Rito Alejo del Río y
Fernando Millán y la prolongación indefinida del despeje), han tratado de aterrizar el debate y de
descifrar con un polo a tierra cómo vamos a encontrar la esquiva paloma blanca. En este sentido,
mientras Víctor G. ha sido el hombre macro de la paz, el hombre del 'qué', el ministro Lloreda se había
convertido en el personaje micro de la guerra (y de la paz). En el hombre del 'cómo'.En lo que se
refiere al 'qué' del proceso, la agenda común firmada entre Pastrana y 'Tirofijo' no es sino la
protocolización de un menú de temas genéricos en el que todos los colombianos coinciden. Porque en
el 'qué país queremos', en el ámbito de las agendas, hay, irónicamente, un acuerdo tácito sobre lo
fundamental entre las visiones del gobierno, las Farc, el ELN y los paramilitares. Todos
aspiran a un país próspero, con justicia social, sin impunidad, sin corrupción y sin una
democracia excluyente, al igual que lo añoramos el resto de los colombianos. Un proyecto de país
que, entre otras, ya está contemplado en la Constitución de 1991.Ahora, si bien la agenda es un paso
necesario y puede ser un acto de gran valor simbólico que ayuda a estrechar los lazos de confianza
entre la guerrilla y el gobierno, ha caído en el peligro de sobredimensionar lo abstracto cuando en esta
negociación, como nos lo acaba de recordar la renuncia del Ministro, el meollo está en lo concreto.
Por eso el verdadero primer paso hacia una salida negociada del conflicto se dará cuando se logre
un acuerdo en un tema concreto y sensible, como el del secuestro, el cese del fuego, el canje de
soldados o el estatus político de los paramilitares. Donde se pueda medir la genuina voluntad de paz
de las partes (particularmente de la guerrilla), su grado de sacrificio y compromiso, y su inteligencia
e imaginación para dirimir intereses antagónicos. Y, sobre todo, donde la propia dinámica del proceso
le demuestre a una sociedad resueltamente escéptica que la búsqueda de la paz va en serio.En
cuanto al 'cómo' del proceso el panorama es bastante más confuso y preocupante. Las
posiciones del gobierno han sido ambiguas e incoherentes y no se percibe una política de paz distinta
a la de las concesiones unilaterales a la guerrilla. Ni siquiera se cuenta con unas mínimas reglas
de juego para las negociaciones que se avecinan con las Farc. En suma, no hay una política de
Estado frente a la paz sino una sumatoria de micropolíticas, muchas contradictorias entre sí,
orientadas a sobrellevar las crisis que produce la continuación de la guerra.Lo anterior no sería tan
grave si lo que estuviera en juego fuera solo la desmovilización de unos rebeldes armados y su
posterior reinserción a la vida civil. Pero de lo que se trata, como lo han advertido varios analistas, es
de reconstruir el Estado y redistribuir el poder político y económico como un requisito esencial para
acabar con el conflicto armado. Y precisamente porque se pretende definir el futuro de la sociedad es
que el país necesita urgentemente más claridad y dirección por parte del gobierno y un efectivo
liderazgo del Presidente.Porque este proceso de paz no puede convertirse, como por momentos
parece, en el escenario en donde el gobierno y una minoría armada van a negociar el Estado de
derecho. Y en donde a través de unas audiencias públicas la sociedad civil va a legitimar las decisiones
acordadas entre las dos partes y que luego van a afectar al resto del país. En este sentido, la mesa de
negociación no puede constituirse en una Asamblea Constituyente. De plantearse así se estaría
comprometiendo la poca gobernabilidad que le queda al país. El sorpresivo revés que sufrió la
reforma constitucional en Guatemala es un oportuno campanazo de alerta para que nuestro proceso de
paz no se convierta en una negociación excluyente, entre unas cuantas élites, cuyos acuerdos sean
luego rechazados por el resto de la sociedad.Estamos ante una oportunidad única de construir una
sociedad más plural y democrática. El dilema está en cómo lograrlo. Y ese dilema lo resolvió
monseñor Nel Beltrán con una pregunta más cercana al mundo terrenal que al celestial: "¿Quién
decide?".

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