Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/11/25 00:00

La paz hecha y la paz pendiente

Hay una paz hecha, como la que ha reconocido el Premio Nacional de Paz. Y hay una paz pendiente, cuyo principal reto es superar el conflicto armado con las Farc y el Eln, así como el control de la multicriminalidad organizada.

La paz hecha y la paz pendiente

Desde hace 12 años se viene otorgando el Premio Nacional de Paz, por parte del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), El Tiempo, revista Semana, Caracol radio, Caracol televisión y la Fundación Friedrich Ebert Stiftung en Colombia (FESCOL). Este premio fue instituido en 1999 “como un instrumento para promover la paz, la humanización, la solidaridad y el entendimiento civilizado entre los colombianos”.
 
Es un reconocimiento a los constructores de paz y a quienes perseveran en la superación de un conflicto armado que infortunadamente se mantiene en muchas regiones del país, y es una pesada carga para afrontar en mejores condiciones los retos de fortalecer nuestra precaria democracia y proyectar al país hacia la superación de una realidad enorme de pobreza y desigualdades, la cual se presenta como una verdadera afrenta a una sociedad que pretende ser un Estado social de derechos, pero del cual dista mucho.

Este año el Premio Nacional de Paz recayó en un grupo de mujeres viudas y desplazadas por los estragos de la violencia, del municipio de Riosucio en Chocó, que se agruparon en la Fundación Social Macoripaz. Ellas son el testimonio vivo de una acción comunitaria por la vida y el desarrollo económico y social, quienes han compartido el premio con la Asociación Campesina del Valle del río Cimitarra, de una población rural asentada entre el sur de Bolívar, Santander y Antioquia, donde unas 4.000 familias campesinas promueven desde los años 90 el desarrollo sostenible de las comunidades asentadas en la Zona de Reserva Campesina en el Magdalena Medio.

También fue reconocida la Corporación VallenPaz, que surgió del secuestro de la iglesia La María en Cali y que desde una alianza entre el sector privado, pequeños agricultores y comunidades afectadas por el conflicto armado en el suroccidente del país, ha consolidado una propuesta de desarrollo sostenible y generación de ingresos, como una manera de promover y construir paz.

Y para que no queden dudas sobre la riqueza humana de quienes construyen paz y convivencia, este año el Premio Nacional de Paz entregó un reconocimiento a tres obispos “por su incansable labor en defensa de la vida y la reconciliación”: son ellos monseñor Nel Beltrán, obispo de Sincelejo; monseñor Luis Augusto Castro, arzobispo de Tunja, y monseñor Leonardo Gómez Serna, obispo de Magangué.

En medio de esta violencia que no para, hay una paz hecha, como la que ha reconocido durante 12 años el Premio Nacional de Paz. Y hay una paz pendiente, que está por construir, cuyo primer y principal reto es la superación del conflicto armado con las FARC y el ELN, así como el control de esa multicriminalidad organizada que sigue asolando campos y ciudades y que no superaremos solo a punta de bombas y fusil.

De la paz hecha hay mucho por aprender: qué bueno sería que este país urbano se diera la rodadita por Riosucio y el Valle del río Cimitarra, por las comunidades que acompaña VallenPaz, o por las diócesis de Sincelejo, Magangué o el Bajo Caguán. Allí hay todo un país por descubrir.

*Coordinador del Programa de Política Pública de Paz de la Corporación Nuevo Arco Iris.

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