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Opinión

  • | 2013/12/02 00:00

    La paz que nos han vendido

    Creer que con la firma de un documento entre las Farc y el Gobierno encontraremos la tranquilidad económica, el progreso y el trabajo. Es una mentira proselitista para encantar ingenuos.

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No soy enemigo de la paz ni de los diálogos, pero dudo mucho, al igual que un grueso número de colombianos, de la buena voluntad de las Farc. El árbol cuando crece torcido difícilmente se endereza, reza el adagio. Creo que están sentadas en la mesa de negociaciones de La Habana porque el fallecido presidente de Venezuela se los pidió y porque, hasta ahora, ninguna guerrilla de América Latina, con excepción de la cubana, ha alcanzado el poder a través de las armas.

Lo que el Presidente ha dicho una y otra vez en sus alocuciones, y que los medios de comunicación han repicado sin cesar, es que con el fin del conflicto --y las Farc son un factor importante de este-- el país entraría en una bonanza de leche y miel que alcanzará para satisfacer las necesidades de la gran mayoría de los colombianos. Dudo mucho de que esto sea así, como dudo de las afirmaciones de alias Iván Márquez y de la supuesta unificación de mando de sus bloques, degradados por el narcotráfico, el secuestro y el boleteo.

La paz no se construye con palabras bonitas ni con la firma de un papel. Las palabras, ya se sabe, se las lleva el viento y al papel le cabe todo. La paz es una construcción que tiene sus bases en los hechos. Y las Farc, también lo sabemos, dicen hoy una cosa frente a las cámaras de televisión y otra muy distinta mañana a sus numerosos frentes de guerra. 

No creo que Juan Manuel Santos tenga algo de cantinflesco, como lo escribió esta semana un amigo en un diario local, ni que esté poseído por la maldad que caracteriza al muñequito del cine con el cual algunos lo comparan. Mi sospecha es que el Presidente ha estado en campaña desde el mismo momento en que se posesionó para dirigir los destinos de este país. Eso de que se le volteó a Uribe porque se reconcilió con Chávez es paja. Estaba en el libreto desde que inició la campaña que lo llevó a la Casa de Nariño. Y Uribe lo sabía aunque luego se haya hecho el loco y trinado hasta el cansancio como una loca histérica.

Tampoco tengo por qué dudar de las buenas intenciones de Santos al pedirle ayuda al líder bolivariano para acercarse a las Farc. La historia nos dirá, como se sospecha, que el ‘revolucionario’ le entregaba ayuda [cualquiera que esta haya sido]  a los ‘farianos’, y que sus vínculos con estos eran tan fuertes que tenía el poder como para ordenarles sentarse en una mesa a hablar de paz con los delegados de “su nuevo mejor amigo”. Como dije, no pongo en duda las buenas intenciones de Santos al pedirle ayuda al venezolano, pero creo que Chávez no daba puntada sin dedal y que detrás de aquel gesto aparentemente sensato se escondía un interés que para muchos colombianos podría considerarse macabro: meter al país, de taquito, en la cacareada “Revolución Bolivariana” y, con el tiempo, llevar a la Presidencia de la República a alguno de sus favorecidos.

Pero seamos sinceros: la paz que predica Santos difiere de aquí a la Luna de la paz que buscan las Farc. Y de aquí a Plutón de la que desea la gran mayoría de los nacionales. Creer que con la firma de un documento entre la guerrilla y el Gobierno encontraremos la tranquilidad económica, el progreso y el trabajo como el que transitan Japón, Suiza o Alemania es una verdad de papel, una mentira proselitista para encantar ingenuos.
Las razones son múltiples y variadas. Y van desde la sentencia expresada por expertos en el tema que aseguran que “los posconflictos suelen ser mucho peor que los conflictos”, hasta aquella otra verdad que nos dice que las firmas para terminar las guerras siempre desatan profundas crisis, pues llevan consigo altos niveles de impunidad y corrupción y grandes ejércitos de delincuentes armados y algaretes que luego del pacto de paz se reorganizan para seguir delinquiendo porque solo se les enseñó a apretar el gatillo, a extorsionar, a secuestrar y, más tarde que temprano, terminarán vendiendo sus servicio a las grandes bandas mafiosas del país para continuar así el ciclo de violencia.

Por otro lado, la experiencia nos dice que resulta casi imposible cambiar las formas de pensar de los individuos de un grupo determinado. Las Farc, aunque lo nieguen una y otra vez, llevan casi treinta años en el narcotráfico, formando a miles de muchachos en el negocio, sumando ganancias astronómicas que superan las entradas netas de cualquier empresa legamente constituida. De ahí, sin duda, su supervivencia. Pensar entonces que estos chicos, cuyos padres hicieron parte del conflicto por ser miembros activos de la banda de Tirofijo, van a dejar de percibir cientos de miles de dólares no declarados para entrar a ganarse un salario básico disminuido, es estar, como dice el comercial de televisión, fuera de lugar.

Por eso, siempre he creído que la paz que nos han vendido no tiene nada ver con ese concepto utópico con el que, estoy seguro, sueñan los colombianos de bien. El Presidente ha reiterado que la paz es necesaria para el desarrollo del país. Y en este sentido hay univocidad y consenso. Pero en otras, las dudas son profundas. Pues estoy casi seguro, como decían los abuelos, que una cosa piensa el burro y otra distinta quien lo monta. Los empresarios han reiterado en los distintos medios de comunicación su interés en que el proceso de negociones termine con la firma de las partes. Sin embargo, dan reversa cuando se habla de llevar el salario mínimo a la ridícula cifra de un millón pesos, quizá porque les parece que ese monto es mucho dinero para un colombiano promedio que vive en los extramuros de la ciudad, que tiene cinco bocas que alimentar y educar y que los fines de semana suele tomarse sus tragos.

En este aspecto, decía un amigo, hay mucho de engaño, como lo hay en la afirmación de que los dineros que se empleaban antes para la guerra, en el posconflicto  se invertirían en educación y salud. No hay duda de que nos gustan los relatos fantásticos. Y Santos, en este sentido, se parece más a J. K. Rowling o John Ronald Reuel Tolkien. La razón es sencilla: las Farc no son el único factor de desestabilización del país. Al problema se le suma el ELN y un número indeterminado de bandas criminales que seguirán delinquiendo para ganar los espacios del negocio del narcotráfico dejado por algunos frentes ‘farianos’.

No perdamos de vista que el Presidente tiene tres años y un poco más de estar en campaña para la reelección. Y en este periodo lo importante para el candidato-presidente es persuadir al elector. Aunque no lo ha hecho bien, la ventaja del poder la tiene de su lado. Las encuestas, en este sentido, no mienten. Sus adversarios políticos son pesos pluma. Y los candidatos de la izquierda democrática están todavía despertándose del letargo, mirando el techo a ver qué se les ocurre.

En Twitter: @joarza
*Docente universitario.
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