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Opinión

  • | 2012/06/12 00:00

    La película de Laura

    Pretendieron darle una lección de superioridad al ‘negro’ (como le decía Laura en muestra de cariño a Luis Andrés), pero se les fue la mano.

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Esta columna pretende analizar el antes y el después de las declaraciones que Laura Moreno concedió a Semana.com el pasado 1 de marzo, donde se defendió de la acusación que le formuló la Fiscalía con motivo del asesinato de Luis Andrés Colmenares ocurrido el 31 de octubre de 2010, noche de Brujas.

Escogí el tema con base en el recuerdo de la primera vez que escuché esa entrevista, cuando aún no existían testigos diferentes a ella y su amiga Jessy Quintero. En ese momento quedé convencido de que Laura decía la verdad, no porque en efecto Luis Andrés se hubiera suicidado, sino porque existía la posibilidad de que al desaparecer en la oscuridad del parque El Virrey hubiera caído en manos de anónimos antisociales sedientos de una víctima indefensa, que lo hubiesen linchado y arrojado de nuevo al caño. Ese jueves 1 de marzo que escuché su versión la sentí genuinamente angustiada, atrapada en un malentendido que algún día debería resolverse a su favor, y desde el fondo del corazón me solidaricé con su drama personal.

Hoy, conocidas las revelaciones de Wilmer Ayola que le han dado al caso un súbito giro de 180 grados, retrocedo la película de la ‘confesión’ de Laura a Semana y descubro –cual marido cuya esposa le ocultó durante mucho tiempo una horrible verdad- cuán fácil puede ser para un hombre de buenas intenciones y mirada desprevenida caer en el engaño de las apariencias que le brinda una mujer bonita y de semblante lloroso.

Aquí la película es otra pues, de confirmarse la versión de Ayola, significaría que siempre estuvimos ante una verdadera maestra de la actuación que tuvo los arrestos y la sangre fría para mantenerse a la cabeza de una mentira compartida por dos familias, la de ella y la de su exnovio (o novio, vaya uno a saber) Carlos Cárdenas, sin omitir a los tres energúmenos compañeros que habrían participado tanto de la orgía de golpes como del manto de silencio que se habría tendido a partir de aquella fatídica noche de excesos.

Y hablo de excesos porque parto de considerar que ninguno de ellos tuvo la intención expresa de matarlo, sino que llevados por la euforia del licor, los sentimientos pasionales y quizá alguna ayuda de tipo psicoactivo, pretendieron darle una lección de superioridad al ‘negro’ (como le decía Laura en muestra de cariño a Luis Andrés), pero se les fue la mano. Y los pies, por supuesto.

Dice Ayola: “Lo que yo vi fue que Luis Colmenares trató como de hablar y la persona que estaba dentro de la camioneta se baja con una botella en la mano y le da un golpe en la cabeza. Yo vi cuando cayó, no dijo nada, y sonó duro cuando le dieron el botellazo. No sé si la botella se rompió".

Debió ocurrir que cuando Cárdenas –ateniéndonos siempre a la versión de Ayola- le descerrajó a Colmenares el botellazo en la cabeza creyó que el golpe no sería mortal, sino que la botella se partiría en fragmentos, al mejor estilo Hollywood, y que con ese acto de supremacía sellaría una victoria ante su bulliciosa tribu. La mejor referencia literaria al respecto se encuentra en la novela El señor de las moscas, de William Golding: un grupo de niños náufragos en una isla, a quienes sus condiciones de vida los convierten en asesinos y salvajes. Carlos Cárdenas no sabía que con semejante tramacazo le estaba dando a su rival el ´golpe de gracia’ que habría de desgraciar varias vidas, la del que se iba y la de los que asistieron a tan macabro ritual.

Ahora volvamos al libreto aportado por Laura Moreno en la entrevista referida, donde ella intenta explicar por ejemplo por qué terminó esa noche con el celular de la víctima: “Yo eso no lo he tenido claro… todavía es algo que tengo en mi mente que no he logrado aclarar. Pero sé que el celular lo tengo del momento en que él habla con una persona en inglés, hasta que pasamos la calle y él sale a correr. En ese lapso de tiempo es que yo logro tener el celular de él. No sé si es porque él me lo da, no sé si porque Jessy me lo da, no sé por qué lo tengo pero… en ese recorrido de tiempo es que yo lo tengo”.

Unos meses después, frente a los micrófonos de Noticias Caracol su memoria se aclara y recuerda que “yo cojo el celular en el momento en que Luis Andrés termina su última llamada. Recogemos el perro (caliente), pasamos la calle y en ese momento es que yo recojo el celular. Ese es el momento en el que él corta la llamada con la persona que está hablando en inglés y sale a correr”.

Versión que se contradice con la del testigo ya citado, según la cual “Luis Colmenares no gritó. La mujer que estaba en esa reunión se acercó, le arrebató el celular de la mano y le dio una cachetada en la cara".

Expongo las versiones de uno y otra, a sabiendas de que sólo uno de los dos dice la verdad, y que será la justicia la que despeje el intríngulis. Pero suponiendo que el testimonio aportado por Ayola fuera el acertado, significaría que estuvimos todo el tiempo aferrados a nuestra silla comiéndonos las uñas frente a una tragedia que hoy se revela como el duelo a muerte entre dos hombres por una mujer, de donde habrían salido un claro triunfador y una pareja ligada a partir de esa noche por un pacto de complicidad y silencio.

¿Hasta cuándo? Es la pregunta que queda sin resolver en este capítulo de tan apasionante novela.

*http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/
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