Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/09/24 00:00

La peligrosa fragmentación de las Farc

La importancia del golpe contra alias ‘el mono Jojoy’ se centra justamente en esa estrategia: matar la culebra por la cabeza para que, poco a poco, su cuerpo se deje de mover.

La peligrosa fragmentación de las Farc

El contundente ataque de las Fuerzas Armadas contra el Bloque Oriental de las Farc, que acabó con la vida del comandante guerrillero Jorge Briceño Suárez, alias ‘el mono Jojoy’ y varios hombres de su anillo de seguridad, pone a esa organización insurgente en un escenario de fragmentación que podría tener repercusiones futuras en la seguridad ciudadana, tanto en los campos como en las ciudades.
 
Poco a poco, y a través de una envolvente estrategia bélica aplicada en terreno, acompañada de una efectiva propaganda dirigida a los guerrilleros para que se desmovilicen y de la utilización de éstos como fuente de información, las fuerzas de seguridad del Estado han ido socavando la unidad de las Farc a través de certeras acciones contra los comandantes de diversos frentes subversivos. La importancia del golpe contra alias ‘el mono Jojoy’ se centra justamente en esa estrategia: matar la culebra por la cabeza para que, poco a poco, su cuerpo se deje de mover.
 
Eliminar a los mandos superiores tiene efectos significativos en sus subalternos. Podrían preverse varias reacciones: luchas internas por el poder, deserciones masivas o la transformación de conductas insurgentes por acciones criminales despolitizadas ligadas a la codicia personal. Sin duda alguna, todas ellas conducen a una fragmentación de la unidad guerrillera, a una atomización de su centro de poder y a una pérdida de articulación y, por lo tanto, de movimiento.
 
Sin el ánimo de expresar un falso triunfalismo, si quisiera plantear una pregunta concreta: ¿está el país preparado para una eventual fragmentación de las Farc que lleve a muchos de esos guerrilleros a reacomodarse en pequeñas células armadas regionales, desligadas del Secretariado, independientes y autónomas, que generen inseguridad en los campos y las ciudades a través de prácticas criminales ajenas a la confrontación armada contra el Estado?
 
La experiencia internacional ha demostrado que aquellos países que soportaron durante años guerras civiles y lograron superar esa etapa a través de acuerdos de paz no estaban preparados para absorber de manera eficaz esos ejércitos que salieron de las selvas sin más herramientas que un fusil y sin otros conocimientos que el de hacer la guerra.

Ejemplos como los de El Salvador y Guatemala, para citar los más cercanos, pueden ser referentes claros. Los acuerdos de paz alcanzados en estos países luego de varios años de confrontación bélica interna no alcanzaron a desactivar la cultura de la violencia que tenían los cientos de guerrilleros que dejaron las armas y hoy están inmersos en una crisis de seguridad ciudadana que está afectado los logros democráticos de ambas naciones.
 
Ni los gobiernos centroamericanos, ni la dirigencia guerrillera ni la sociedad previeron la peligrosa combinación de la disponibilidad de armas que quedaban después de la guerra y el incumplimiento de las expectativas generadas en los acuerdos. Una vez evidenciado el fracaso de los procesos surgió una delincuencia mucho más agresiva, ligada a fenómenos criminales subregionales, que se ha convertido, incluso, en un factor de inestabilidad para la región.
 
En Colombia, la experiencia que dejó el proceso de desarme, desmovilización y reinserción con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) es también un ejemplo concreto de falta de perspectiva sobre el futuro de esos acuerdos y del desconocimiento que tenía el Gobierno Nacional de la capacidad de esas estructuras para reorganizarse y mutar sus comportamientos criminales. Hoy esa una hidra de mil cabezas que recorre el país.
 
¿Pero que requiere el país para contrarrestar la posible fragmentación de las Farc? Basta mirar la experiencia con las AUC para extraer algunas respuestas: fortalecimiento del aparato judicial, reducción de los altos niveles de impunidad, profesionalización de las Fuerzas Armadas en operaciones urbanas, depuración de las instituciones para reducir al máximo los niveles de corrupción y afectación de fondo del tráfico de estupefacientes.

También se requieren acciones de fondo en temas vitales para el futuro del país como lograr mayor estabilidad económica, alcanzar una efectiva y equitativa redistribución de la riqueza, disminuir drásticamente el desempleo, ofrecer alternativas de formación profesional y expandir los espacios de participación política.
 
De lo contario, puede que se fragmente la unidad de las Farc y hasta se le derrote finalmente en el terreno militar y político, pero si se mantienen los actuales problemas sociales y económicos, el país deberá tener claro que ello no significará el fin de la violencia, ni en áreas rurales ni urbanas, por el contrario, derivará en un mayor recrudecimiento de la criminalidad.
 
Si los dirigentes políticos no se dejan obnubilar por las luces del triunfalismo bélico tendrán la claridad suficiente para entender que lo que genera esa derrota pueden ser violencias mucho más peligrosas que las que hemos padecido con la guerrilla. Tal como lo han experimentado otros países, la inoperancia contra la criminalidad puede representar una amenaza para la estabilidad del orden político y no creo que por irresponsabilidad política nos merezcamos eso después de lo padecido en Colombia durante más de cincuenta años.
 
(*) Periodista y docente universitario

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.