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Opinión

  • | 2011/09/26 00:00

    La perversión casi obligada del poder

    Oriana Fallaci decía que “toda forma de poder corrompe, y el poder absoluto corrompe de modo absoluto”.

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Hay un tema que en el decurso de la humanidad siempre ha ejercido una fascinación especial sobre doctos y legos, y tiene que ver con el modo en que el manejo del poder pervierte a sus usufructuarios. Oriana Fallaci decía que “toda forma de poder corrompe, y el poder absoluto corrompe de modo absoluto”. Y la historia no deja de concederle la razón a este aforismo.

El caso más llamativo fue el de Adolfo Hitler, quien con su oratoria mágica subyugó a un pueblo que venía con el orgullo herido de una derrota, y le levantó ese ánimo y le hizo creer que eran una raza invencible, capaz de ejercer hegemonía sobre el planeta entero. El resto ya se conoce. Es factible que en un principio ni el propio Hitler imaginara tan poderosa su fascinación sobre las masas, a tal punto que éstas llegaran hasta acompañarlo en la tarea de aniquilamiento sistemático que ejerció sobre el pueblo judío, acorde con su visión particular del mundo que le rodeaba.

Un segundo caso llamativo corresponde a la Inquisición, cuando la jerarquía católica descubrió que el inmenso poder que manejaba sobre sus rebaños le servía incluso para mandar gente a la hoguera, en su gran mayoría mujeres, con el valor agregado de que se quedaban con los bienes terrenales de aquellos a quienes en su ‘infalible’ capricho señalaban como herejes o aliados de Satán. Lo sorprendente aquí es que mientras el imperio de Hitler se derrumbó con una aplastante derrota a manos de los países aliados, la Iglesia Católica no sólo logró salir bien librada de semejante aberración histórica (para no hablar de otras aberraciones), sino que consolidó su poder como hegemonía religiosa mundial, gracias un adoctrinamiento que comienza desde la cuna.

Colombia no podía permanecer ajena a estos fenómenos, y ocho años de gobierno de Álvaro Uribe son la prueba de que mientras más grande es el poder que se detenta, mayores serán los desafueros que el dueño de ese poder y sus adláteres –por no decir cómplices- estarán tentados a cometer. Sólo hasta ahora está comenzando el juicio de la historia, mediante la intervención de la justicia sobre casos cada día más numerosos, pero ya contamos con suficientes elementos de análisis para concluir que la corrupción fue casi una marca de fábrica en la gestión aludida, y que ésta fue posible gracias a que el líder de semejante despelote se mostraba laxo con los subordinados que delinquían, cuando no era él mismo quien propiciaba los desmanes.

Si se nos diera por comparar con Alemania, diríamos que Colombia venía también de padecer una gran derrota a manos de las FARC, que durante cuatro interminables años hicieron de Andrés Pastrana el hazmerreír de un proceso de paz malogrado desde el primer día, cuando alias Tirofijo le dejó la silla vacía en El Cagúan, dando así a entender que por el desayuno se sabría cómo sería el almuerzo. En esas condiciones a Uribe Vélez le quedó ‘de papayita’ la conquista del poder, pues le bastó con exacerbar el miedo y presentarse como el redentor para que un pueblo enardecido por los excesos criminales de la guerrilla no sólo lo eligiera Presidente, sino que le diera carta blanca en su accionar.

No es por casualidad que se trae aquí a colación el tema religioso: es un hecho irrefutable que la devoción católica de Uribe (verdadera o fingida, no es fácil dilucidarlo) reforzó su aureola de liderazgo, sobre todo desde el día en que dijo que “confiando en Dios, derrotaré a la FAR en seis meses”. Y un hombre que de verdad cree en Dios no puede ser un hombre malo –en coincidencia con lo que piensan las señoras-, del mismo modo que se tiende a considerar que a un creyente Dios nunca lo abandona.

En el análisis del poder el tema religioso no se debe perder como punto de referencia, en consideración a lo útil que siempre les ha resultado a muchos poderosos –incluida por supuesto la Santa Madre Iglesia- hermanarse con los más íntimas convicciones sacramentales de las masas para conseguir la más dócil de las manipulaciones. Y que conste, este discurso no pretende cuestionar la existencia de Dios sino la utilización farisea que de su nombre –o mejor, a nombre suyo- han hecho desde siglos inmemoriales los más diversos profetas, pontífices, políticos y demás caterva.

En el caso que nos ocupa, la oleada de optimismo que se suscitó a raíz de la elección de Uribe y que se afianzó cuatro años después con su reelección (cuestionada, pero ampliamente a su favor), fue el caldo de cultivo para la semilla de una corrupción que en los cuatro años siguientes se fue diseminando por todas las esferas, con la tácita aceptación o el velado apoyo de quien en las oficinas del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) era llamado “el número 1”.

Se dirá que es llover sobre mojado, pero a esta altura del partido no es posible obviar que hablamos de un gobierno que utilizó su desmedido poder para perseguir y escuchar clandestinamente a magistrados, periodistas y políticos opositores; que repartió notarías para comprar los votos de la reelección en el Congreso; que sobornó a Yidis Medina y Teodolindo Avendaño con el mismo propósito; que entregó a los más ricos el dinero que era para los campesinos emprendedores (AIS) y desvió los fondos para la campaña de Andrés Felipe Arias; que organizó falsas desmovilizaciones de guerrilleros; que convirtió la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE) en botín de asalto del Partido Conservador; que trabajó con una bancada compuesta en su mayoría por parapolíticos, muchos de ellos hoy en la cárcel; que benefició con una zona franca a los hijos del primer mandatario; que recibió en la Casa de Nariño a un grupo de mafiosos que querían contribuir al desprestigio de la Corte Suprema de Justicia; y que, peor de los peores, propició la matazón de más de 3.000 jóvenes inocentes (benévolamente conocida como los ‘falsos positivos’), frente a la cual el propio Uribe quiso atribuir toda la carga de la culpa a las víctimas cuando dijo que “no estarían recogiendo café”. Algo a todas luces infame, como en su momento lo fue el Holocausto del pueblo judío.

Es factible que personajes como Bernardo Moreno, María del Pilar Hurtado o Sabas Pretelt hubieran actuado apegados a la norma en otras circunstancias, pero ya subidos sobre la cresta de una ola caudillista en la que bastaba una insinuación para que se entendiera como una orden, quizá fueron impelidos a actuar desde la ilegalidad, del mismo modo que en los primeros años del nazismo ganaba más puntos el oficial SS que en la calle pateaba a judíos indefensos.

Ya para rematar, aunque Álvaro Uribe no se cansa de pregonar que tan numerosas acusaciones responden a una “venganza criminal”, es matemáticamente imposible que todas tengan ese origen. Por el contrario, matemáticamente daría para concluir que no se trató siquiera de una “empresa criminal” sino de varias, y que todas fueron planificadas y ejecutadas bajo la tácita convicción de que el inmenso prestigio de su líder les garantizaría la impunidad al menos por cuatro años más, para completar doce.

Es sabido que Uribe confiaba en dejar en las ‘buenas’ manos de su paisano Andrés Felipe Arias la sucesión de su mandato, hasta que el escándalo de Agro Ingreso Seguro se le convirtió en la cuota inicial de su propia hecatombe, que le abrió las compuertas del poder a un bogotano de espíritu colaborador y refinadas maneras que podría terminar por traicionarlo.

De cualquier modo, con estos apuntes sólo se ha querido ejemplificar cómo mientras mayor es el caudal de poder que se maneja, más tentación habrá de desbordarlo. Hoy el turno es para Juan Manuel Santos, a quien se le escucha decir que llegó para gobernar y no para quedarse, por lo que, a diferencia de su antecesor, no se dejaría embriagar por el canto melodioso de las sirenas de la reelección.

¿Será posible tanta belleza, tanto desprendimiento de un poder del que bien podría disponer por otros cuatro años? Amanecerá y veremos, como dijo el ciego.

* http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/
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