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Opinión

  • | 2005/05/29 00:00

    La pesadilla americana

    Por lo que vemos en Irak los medios usados para exportar la democracia son minuciosamente contradictorios con los fines propuestos

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Aunque Condoleezza Rice haya exigido indignada que se retracten quienes han denunciado los hechos, ya conocemos los hechos: la humillación y la tortura generalizadas a los prisioneros en las cárceles militares norteamericanas (Abu Ghraib en Irak,

Bagram en Afganistán, Guantánamo en Cuba); la subcontratación de la tortura con la policía de regímenes amigos (Egipto, Jordania, Marruecos), o inclusive enemigos (Siria); la muerte de detenidos (van por lo menos 25); el mantenimiento indefinido de decenas de miles de presos sin cargos ni esperanza de juicio ni derechos de prisioneros de guerra, y ni siquiera existencia jurídica. Los Estados Unidos de George Bush están montando su propio Gulag, como el que había en la Unión Soviética.

Ya conocemos también los nombres que los responsables (aunque no asumen sus responsabilidades) dan a esos hechos. La tortura ya no se llama tortura: se llama "manipulación sensorial". Los desaparecidos ya no se llaman así: se llaman "detenidos fantasma". Los prisioneros de guerra ya no se llaman de ese modo: se llaman "combatientes ilegales"; y en consecuencia no están amparados por el Derecho Internacional Humanitario y las Convenciones de Ginebra.

Y también conocemos ya la justificación oficial de que esos hechos sucedan y de que se llamen así. Es el propósito declarado por el gobierno de George Bush de exportar la libertad y la democracia a todos los confines de la tierra.

Esas cosas no se pueden 'exportar', claro está. Se pueden imponer, como han sido impuestas sucesivas religiones y civilizaciones a lo largo de la historia, desde los tiempos de los medos. Pero además, no sólo cuentan los fines: cuentan también los medios utilizados para lograr esos fines. Y por lo que estamos viendo en Irak se trata de medios minuciosamente contradictorios con los fines que Bush y los suyos dicen buscar, y que en consecuencia sólo pueden corromperlos. La libertad no se impone por la fuerza. Tal vez la contradicción resulte clara gracias al anuncio involuntariamente cómico que hizo hace unos pocos días el presidente Bush, diciendo que en Irak la Primera División de Caballería pondrá en marcha la 'Operación Adam Smith', que consiste en "poner en pie cámaras de comercio, proporcionar préstamos a los pequeños empresarios y enseñarles contabilidad, 'marketing' y planificación empresarial".

Pero en fin: la comicidad no importa, porque el propósito no es el anunciado. No es el de exportar la libertad.

El propósito es imponer, por la fuerza y por el miedo ("shock and awe" se llamó la primera oleada de bombardeos de la guerra de Irak, que es a su vez la primera batalla de una ambición más vasta), lo que los ideólogos 'neocons' de la nueva ultraderecha que rodean a Bush han llamado "el Nuevo Siglo Norteamericano".

Hablo de la fuerza y el miedo porque el siglo XX, que en gran medida fue un siglo norteamericano, llegó a serlo también por la persuasión y la atracción. Hubo fuerza, claro está: desde la conquista de Filipinas, Cuba y Puerto Rico (y también Panamá) a finales del XIX hasta la primera guerra del Golfo a finales del XX, pasando por las dos guerras mundiales, la de Corea y la de Vietnam. Pero hubo también generosidad, ejemplificada por el Plan Marshall. No fue sólo el poderío militar de los Estados Unidos lo que los llevó a dominar el siglo entero, sino también su atractivo económico, político y social: el ejemplo de lo que entonces sí podía llamarse, aunque con notorias imperfecciones, democracia y libertad. Los Estados Unidos eran un país imperialista, desde luego; pero no eran solamente un país imperialista: algo había de realidad en el 'sueño americano'. A menudo he contado la anécdota de un francés anticomunista y pronoarteamericano que, en los tiempos de la Guerra Fría, anunciaba que cuando estallara de verdad la guerra entre los Estados Unidos y la Urss él combatiría del lado de la Urss. Porque, decía, "los americanos tratan mejor a los prisioneros de guerra".

Eso era verdad, y ya no lo es. Los tratan igual de mal.

Y si Bush y sus 'neocons' (o los 'neocons' y su Bush) siguen saliéndose con la suya, este siglo va a ser el de la pesadilla americana.
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