Sábado, 21 de enero de 2017

| 1993/08/16 00:00

La pesadilla de Cusiana<BR>(Lo que va de Pelé a Pambelé y de pronto hasta a Asprilla)

El ejemplo de cómo no deben manejarse los dineros de Cusiana lo vimos en Arauca, donde la plata del petróleo de Caño Limón se la robaron, y el resto se la gastaron mal...

La pesadilla de Cusiana<BR>(Lo que va de Pelé a Pambelé y de pronto hasta a Asprilla)

CUSIANA ES ACTUALMENTE PARA COlombia lo que en sus momentos fueron sus respectivas bonanzas deportivas para Pelé y Pambelé: una encrucijada de caminos de la que se sale muy bien, o muy mal.
Pelé la supo utilizar permaneciendo productivo más allá de los 40, e invirtiendo muy bien sus millonarios ingresos. Hoy es multimillonario, modelo publicitario, play boy y leyenda. Mientras tanto, Pambelé anda repartiendo puñetazos, acabado por las drogas, pobre como una rata y es muy improbable que haya un solo colombiano que sueñe en ser como él. Invirtió mal su bonanza y terminó liquidado por la suerte.
Cusiana representa el mismo reto para Colombia. Suena bastante absurdo que dos mil millones de barriles de petróleo, en lugar de ser el paraíso terrenal para el país, puedan representar una amenaza tan grande, al punto de que más bien pudieran generar un infierno. Por fortuna, y a diferencia de Pambelé, nos hemos sentado muy temprano a pensar cómo vamos manejar una bonanza de 34 mil millones de dólares que le entrarán adicionalmente a nuestra economía. Y el asunto no está nada claro.
Los riesgos inflacionarios dejemos que los manejen los economistas. El reto está en lograr que los mercados nacionales tengan una respuesta rápida ante el voluminoso aumento de la capacidad de gasto de algunos sectores de la economía. También dejemos para los economistas el riesgo de la apertura, que mal graduada podría deteriorar la competitividad de la producción nacional.
Más bien lo que debe importarnos a los no economistas es la potencial "pambelización" del gobierno de turno frente al dinero que le tocará administrar. Por lo general, y con muy contadas excepciones como la de Indonesia, según me dicen, los gobiernos tienden a ser desordenaditos, manejando este tipo de bonanzas. En México construyeron un silo para almacenamiento en la mitad del mar. En Camerún todos los ingresos petroleros se volvieron un secreto de Estado, incluso para el Ministro de Hacienda. En Nigeria resolvieron construir una nueva ciudad capital, y en otra ciudad construyeron una acería de cuatromil millones de dólares capaz de producir, algún día, acero a un costo exactamente igual al precio internacional, pero multiplicado por cuatro. En Kuwait no se sabe dónde termina la fortuna de sus gobernantes, y dónde comienza la del país. Pero el solo hecho de que sus habitantes tengan un ingreso per cápita cuatro veces superior a los norteamericanos casi produce que Irak se comiera a Kuwait con todos sus pozos petroleros.
Desastres políticos, dictaduras, tentaciones militares, para no hablar de maremotos económicos, es lo que traen las bonanzas cuando las economías, pero sobre todo, cuando los gobiernos, no están preparados para administrarlas.
Pero el problema de este manejo no es nacional solamente sino departamental y municipal. El ejemplo de cómo no deben manejarse las cosas lo vimos en Arauca, con la plata del petróleo de Caño Limón. Se robaron una buena parte, pero con la otra contrataron toda clase de locuras a precios exorbitantes. Y el remedio no está solamente en soltarles a las regiones su dinero despacito, porque la banca internacional cae inmediatamente a prestar para permitirles gastarse la plata desde ahora.
El otro riesgo grande que enfrenta Cusiana es el de la guerrilla. Si con 200 mil millones de barriles diarios de Caño Limón han hecho lo que han hecho, ¿cómo será con los 600 mil millones diarios de Cusiana? ¿Qué garantías tenemos de que la política del no diálogo que está aplicando el actual Gobierno esté siendo compensada por un aumento considerable de la capacidad militar? Cusiana tiene que servir para que Colombia sea un mejor país, un país más rico, pero también más pacífico. Que nos parezcamos cada vez más a Pelé, y cada vez menos a Pambelé. Y quién sabe si, como van las cosas, cada vez menos, también, a Asprilla.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.