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Opinión

  • | 2014/05/22 00:00

    La población militarmente activa

    Ninguna familia en el país le va a perdonar al General Navas la ansiedad que generó la propuesta de un soldado único, universal, que acabara con la discriminación.

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Empezando el 2012, mientras la administración Santos concretaba secretamente los acercamientos para una mesa de negociación con las Farc, el comandante de las Fuerzas Militares, General Alejandro Navas, hizo que a la nación entera le corriera un sudor frio por toda la cordillera.

La idea, nada nueva en el mundo, consistía es incorporar a las filas no solo a todos los colombianos sin distinción, sino también a los distinguidos, que en últimas serían los más próximos a esos estereotipos sociales de la destreza física y la aptitud mental, tan apreciados en todos los ejércitos del mundo. Una sola clase de soldado para todo propósito. 

Por eso, desde la sociedad civil, ninguna familia en el país le va a perdonar al General Navas la ansiedad que generó la propuesta de un soldado único, universal, que acabara de una vez con esa infame discriminación que admite ciudadanos de primera y segunda en el servicio militar.

Y como era de esperarse, no faltó quien protestara por semejante injusticia. De los cuatro puntos cardinales le llovieron críticas de todo pelambre señalando además sus inconveniencias técnicas, sobre todo por parte de analistas espontáneos que en vez de la Escuela Superior de Guerra prefieren documentarse en esos tratados de estrategia militar con sabor wikipedia, como para que no digan que no están bien fundamentados. 

Pero lo más lamentable es que el problema no se limita a las fuerzas armadas. Por fuera de ellas existe la más variada gama de guerreros entre la población, digamos, militarmente activa. Algunos de ellos tan fieros que harían palidecer a las mismas fuerzas especiales si los oyeran peleando por teléfono o masacrando a estocadas el teclado de un computador mientras toman por asalto la dignidad de alguien vía twitter. Ninguna edad de la humanidad conoció tanto temple y valor en unos cuántos bytes.
En nuestro país, la idea que ha hecho curso es que sean “los otros o sus hijos” quienes enfrenten el problema. Ya desde antes de su primera campaña, Álvaro Uribe imponía el ritmo de la desfachatez clamando por la presencia de Cascos Azules en el país para conjurar el conflicto armado. El primer problema surgió cuando se hizo evidente el rechazo de la comunidad internacional, por la simple consideración de que le era difícil entender por qué enviar sus tropas a Colombia, exponerlas a semejante peligro patrullando esta geografía difícil mientras, por tomar un ejemplo, buena parte de la población militarmente activa de Bogotá andaba sorteando la neblina de los cerros orientales porque había quiz. 

El segundo problema que surgió hubiera podido evitarnos la vergüenza del primero: José Obdulio descubrió que no había conflicto.

Y no se trata de tomarla contra los jóvenes de las capitales, que bien hacen en esforzarse para construirse un mejor futuro y un mejor país, se trata de afirmar que la paz debe entenderse como un valor de todos aunque la guerra, en términos fácticos, no esté tan bien distribuida. 

No basta entonces con imaginarse un país en paz. Para allanar ese camino es necesario imaginar un conflicto armado con una sola madre y un único soldado, más o menos como si habláramos de un único país, de una sola Colombia. Porque hemos de convenir que no es exacto hablar de un conflicto generalizado. Las diferencias entre la población militarmente activa son obvias.

Por eso resulta legítimo exigir que “ningún presidente le pida a una madre que sacrifique a su hijo en el conflicto”; y con mayor razón que ninguna madre le pida a otra que lo haga. Y resulta oportuno decirlo porque inexplicablemente existen movimientos políticos en abierto rechazo a este tipo de consideraciones. He leído declaraciones de padre y madre exigiendo a otros el sacrificio desde la seguridad de sus campañas. 

Como si les pareciera justificable que el único contacto de esa población militarmente activa sea levantar el pulgar cuando el uno está exponiendo la vida y el otro va de viaje a la costa. Lo que se está jugando en las próximas elecciones es un voto de solidaridad con esa “otra juventud” que ha cargado el peso de ambas durante tanto tiempo.

*Profesor universitario / Investigador.
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