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Opinión

  • | 2008/07/21 00:00

    La popularidad de Pinochet, Fujimori y Al-Bashir

    La causa de los derechos humanos debe continuar independientemente de los resultados macroeconómicos de los gobiernos, de los éxitos locales y de la popularidad de los acusados

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Augusto Pinochet estabilizó con políticas neoliberales la economía chilena, luchó contra el comunismo y se perpetuó en el poder. Cuando él dijo que: “la única solución que existe para el problema de los derechos humanos es el olvido”, cuando afirmó que “en Chile no se mueve una hoja sin que yo lo sepa", no sabía que años después la justicia internacional iba a estar cerca de hacerle pagar por sus crímenes contra la humanidad.

Alberto Fujimori derrotó a Sendero Luminoso, estabilizó los indicadores económicos (lo que no significa repartir la riqueza), modificó la Constitución para ser reelegido en medio de una constante popularidad, pero casi nadie imaginaba que años después iba a estar frente a un tribunal por violaciones a los derechos humanos.

Omar Ahmad Al-Bashir, el dictador sudanés en el poder desde 1989, ha controlado el mercado de hidrocarburos con una política a favor de China, creador de grupos paramilitares (las milicias janjaweed), responsable de la primera crisis de desplazamiento interno del mundo, quien acusó a las organizaciones humanitarias y de derechos humanos de ser el verdadero enemigo, acaba de ser acusado de ser responsable de los crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional (CPI), también goza de una popularidad importante en muchos sectores de la sociedad sudanesa.

Los tres casos demuestran varias cosas: uno, la popularidad no mide nada más que la popularidad misma: Bush fue reelegido a pesar de su guerra en Irak, Putin tenía un gran respaldo (gracias al monopolio mediático, entre otras cosas) en medio de su guerra genocida contra Chechenia, Sharón lo fue hasta el momento de su muerte política, más popular cuando más criminal contra los palestinos.

Dos, los resultados macroeconómicos no significan en ninguno de los tres casos una disminución de la pobreza, ni un aumento en la justicia social: Sudán casi dobló en 5 años el PIB gracias al petróleo pero la pobreza sigue siendo la misma o peor; el Chile de la transición se vio obligada a multiplicar por ocho los recursos para el sector público para recuperar (y no del todo) la red nacional de salud destruida por la política de Pinochet.

Y tres, la causa de los derechos humanos debe continuar independientemente de los resultados macroeconómicos de los gobiernos, de los éxitos locales y de la popularidad de los acusados. Los desaparecidos chilenos no pueden dejarse al olvido en aras de la reconciliación ni justificarse en la lucha contra el comunismo; los triunfos militares contra Sendero Luminoso no pueden justificar todos los métodos ni servir de excusa para la impunidad; los miles de mujeres violadas, de desplazados y de refugiados en Darfur (Sudán) no pueden negarse hablando de la conspiración de los derechos humanos contra el presidente de Sudán por parte “del hombre blanco”, ni invocando la mejora en las inversiones internacionales.

Estas coincidencias van más allá de que el nombre de los acusados empiece por “A”, tienen que ver con la puesta en escena de mecanismos de justicia internacional y/o de justicia universal. Estos procesos dependen de hechos reales, de pruebas, de documentación. No son la trampa de sus enemigos, al contrario, Pinochet murió en su cama precisamente por el respeto (exagerado diría yo) al debido proceso, por respetar el dictamen de unos médicos, sin ética alguna, que le facilitaron al dictador su regreso a Chile.

En el caso de Fujimori, el sistema chileno finalmente aprobó la extradición a Perú, luego de un largo proceso que buscaba, entre otras cosas, ser garantista: darle a Fujimori las garantías procesales que él le negó a miles de personas. Casi tres años tomó a las autoridades chilenas tomar tal decisión.

En el caso de Al-Bashir, éste ha desafiado la justicia internacional. La Corte Penal Internacional pidió en 2007 la detención por crímenes de guerra de dos de sus colaboradores: Ahmed Harun, quien, según el Fiscal de la CPI Luis Moreno-Ocampo, “no está protegiendo los campos de desplazados, los está controlando”, y Musa Halil, líder de las milicias janjaweed. La respuesta de Al-Bashir fue clara: no entregó al primero y nombró asesor presidencial al segundo.

Pinochet finalmente murió sin responder por sus crímenes pero en medio del repudio político y la condena moral de la humanidad; Fujimori está bajo detención y enfrentará varios procesos por violaciones de derechos humanos; Al-Bashir no puede seguir negando el genocidio de Darfur, acusando a la CPI de ser un agente occidental que “no entiende” la realidad africana.

Así como ellos, otros, más o menos populares, más o menos criminales, un día se sentarán frente a la justicia a responder por sus crímenes. Todos ellos deberían de seguir la costumbre del “momento mori”: en la antigua Roma durante los desfiles triunfales, durante una muestra de popularidad, un siervo iba detrás del personaje en cuestión diciéndole al oído “recuerda que eres mortal”. Y, podemos añadir, si eres mortal, eres susceptible de que un día toque a tu puerta la justicia.

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