Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1996/07/15 00:00

LA PRECLUSION

LA PRECLUSION

Y anunció finalmente el presidente de la Cámara, entre las risotadas y los pitos, los búues, los bravos, las pateaduras, los eructos, los ronquidos, los bostezos, la majestad del Parlamento: "Queda precluida la investigación". La aritmética, ya que no la ética, había dado su veredicto: por 111 votos contra 43 se archivaban los cargos contra el presidente de la República Ernesto Samper. Ni culpable, ni inocente: precluido. Precluir: fea palabra. No figura en el diccionario de la Academia, ni en el del uso del español de doña María Moliner, ni en el ideológico de don Julio Casares, ni en el crítico-etimológico de Corominas, que registra concluir, excluir, incluir, intercluir, ocluir, recluir, secluir. Preclusión: suena a problema interno del vientre, tal vez no exactamente grave, pero sí un poco vergonzoso. No es cosa de andar por ahí jactándose "pues me dio una preclusión, pero ya estoy muy mejorado. Ahora, que si el doctor Mogollón no la coge a la primera, hubieran podido sobrevenir las burbujas fétidas de la gangrena gaseosa". Fetidez gangrenosa: sí, lo de preclusión suena a cosa más bien corrompida y fétida, burbujeante de putrefacción. "Sí, pero los doctores Cancino y Nieto Roa dicen que cuando la fístula podrida deje de supurar materia purulenta no se notará nada". Sí, sin duda, a todo se acostumbra uno. Pero mientras nuestras narices se van curtiendo, encalleciendo, lo cierto es que de la precluida barriga presidencial brotan tufaradas sordas de pestilencia cloacal. Borborigmos, flatulencias, ventosidades de olor, que hacen un ruido blando y húmedo como clof, pluuct, prrrclup. Preclusión: fea, fea palabra, con sonoridades de glogloteo intestinal, peritoneal, duodenal, fecal: de heces retenidas. Recuerda un poco, en lo moral, aquella otra enfermedad que padeció en lo físico un predecesor de Samper, Virgilio Barco, una vez que probó en Corea un plato típico recomendado por su inepto asesor gastronómico, el mismo periodista que hoy es asesor político del Presidente: la diverticulitis o diverticulosis del colon. Preclusión: suena a cosa del vientre, y a vientre que huele mal. Y sí: es que es cosa intestinal y maloliente. En este largo y fatigoso y dispendioso asunto del juicio al presidente Samper todo hiede: sus causas, sus efectos, su desarrollo, sus protagonistas. Hieden las soeces conversaciones entre el periodista Giraldo y los narcotraficantes Rodríguez, hiede su grabación por la DEA norteamericana, hiede su divulgación por Andrés Pastrana. Hiede la desvergonzada piñata de billetes enviados por los narcos en papel de regalo y repartidos por el tesorero de la campaña samperista entre los jefecillos liberales del país entero. Hiede la traición del tesorero Medina a su jefe Botero, y la traición de Botero a su jefe Samper, y la traición de Samper a sus subordinados Botero y Medina. Hiede la investigación del 'representante-investigador' Mogollón. Hiede la votación de la Cámara de Representantes precluyendo la investigación. Hieden las elecciones que eligieron a esos representantes. Y hieden, más que todo lo demás, los sucios trapitos con que, a priori y a posteriori, se ha pretendido tapar el pestazo del hedor: a priori, la comisión ética de la campaña samperista; a posteriori, la farsa del juicio en el Congreso. Y ese hedor es intestinal: es el hedor que despiden las cosas de comer mal digeridas. El hedor venenoso que brota de las tripas corrompidas de Colombia.

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