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Opinión

  • | 2011/09/24 00:00

    La primavera árabe

    Si la democracia ha tardado tanto en Oriente Medio es por acción de las mismas potencias que ahora pretenden imponerla.

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No les va yendo muy bien a los árabes en lo que la prensa occidental ha decidido llamar su primavera: "la primavera árabe". El nombre quería hacer eco a lo que también fue precipitadamente llamado "la primavera de los pueblos" en la Europa de mediados del siglo XIX (en l848, exactamente) y que duró (también exactamente) una primavera: aquella en que los pueblos en Francia, en Polonia, en Austria, en Italia, en medio continente, se alzaron contra los tiranos; y casi de inmediato fueron aplastados por esos mismos tiranos, o por otros: viejos como el nuevo emperador Francisco José de Austria, impuesto por la fuerza, o nuevos como el Napoleón III de los franceses, triunfador en elecciones de sufragio universal. Marx contó bien esa breve historia. Y tal como lo advirtió, hoy se está repitiendo en forma de comedia.

Mal les está yendo a los árabes. En fin: a los pueblos árabes. Así lo decía aquí hace un par de semanas en un artículo titulado 'La sangrienta farsa libia'. Sangrienta, porque lo es. Farsa, porque los occidentales, gobiernos y prensa unánimes, se empeñan en saludarla como si fuera cierta. Hasta los caricaturistas han caído en la trampa de un acontecimiento que es en sí mismo una caricatura: y dieciséis de entre ellos, árabes y europeos, publican un libro de dibujos en Cartooning for Peace, celebrándola.

Más desfachatada farsa aun ahora que han ido a hacerse aplaudir en Libia, y a firmar contratos petroleros con los nuevos gobernantes puestos ahí por ellos mismos, Sarkozy de Francia y Cameron de Gran Bretaña. Los mismos que hace menos de un año firmaban iguales contratos, y otros más de venta de armamento, con el tirano Gadafi, al cual invitaban de pasada a dormir en su tienda beduina en los jardines del palacio del Elíseo, en París. Las cuales armas, a propósito, no se sabe muy bien en dónde están: parece que andan dispersas por todo el norte de África, listas para alimentar guerras futuras. En cuanto a las nuevas, las enviadas a los rebeldes (por paracaídas o con las tropas especiales francesas y británicas que les ayudaban sobre el terreno en violación expresa de la resolución de las Naciones Unidas que autorizó los bombardeos aéreos), ya fueron descongelados los fondos libios depositados en bancos de Occidente por Gadafi, para que sus adversarios vencedores puedan pagar por ellas.

Cuando completen su victoria. Porque hasta el momento en que escribo esto siguen sin ser capturados ni muertos, y defendiéndose a tiros, el tirano y sus hijos. La farsa todavía no ha terminado.

Y continúa también por el lado de Siria y de su tirano respectivo, Bashar al-Assad. Allá no han intervenido todavía los bombarderos de la Otan, como en Libia. Pero ya le fueron interrumpidos al régimen los aprovisionamientos de armas por parte de Occidente, y se anuncian sanciones económicas (pospuestas hasta fines de año a petición de Italia, que aspira a redondear unos negocios). En Argelia duran todavía los efectos de los 15 años de la guerra civil entre el Ejército y los islamistas radicales, que se apagó hace apenas cinco. En Marruecos, Mohamed VI sigue siendo, como su padre, "nuestro amigo el rey". Como siguen siendo "nuestros amigos" -quiero decir, los amigos de las potencias de Occidente- los jeques petroleros del Golfo, y la casa real de Arabia Saudita. Incluso antes de empezar a florecer, en la mitad del mundo árabe la "primavera árabe" ya está marchita.

Pero no es porque, como se ha dicho tantas veces, los pueblos árabes no estén maduros para la democracia, ni sean incapaces de conquistarla o de adaptarse a ella. Eso mismo se ha sostenido también con respecto a los pueblos eslavos, o a los ibéricos, o a los africanos, o a los latinoamericanos, o a los asiáticos: a veces con argumentos raciales, a veces religiosos. Pero la democracia no es ni un don de la naturaleza reservado a naciones genéticamente privilegiadas ni un estadio de la civilización: es simplemente un modelo político. Y si ha tardado tanto en intentar empezar a aclimatarse en la región de Oriente Medio y Cercano no es por incapacidad de sus pueblos, sino por imposición de las mismas potencias de Occidente que hoy pretenden ir allá a sembrarla por la fuerza, mediante la invasión "humanitaria": los Estados Unidos del ya retirado Bush, la Gran Bretaña de Blair y Cameron, la Francia del todavía piafante Sarkozy, que siempre habían preferido tratar con dictadores: reyes o coroneles. Y les vendían las armas.

En cambio a los palestinos, que -junto con los israelíes, por supuesto- constituyen el único país de la zona en el que se celebran elecciones democráticas reconocidas como tales por la ONU, se les veta en el Consejo de Seguridad de esa misma ONU la posibilidad de convertirse en un Estado hecho y derecho.

Y que no digan entonces que la llamada "primavera árabe" no es una farsa.
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