Martes, 24 de enero de 2017

| 2007/06/23 00:00

La protagónica Francia

Rafael Guarín analiza el complejo ajedrez que el gobierno y las Farc disputan frente al acuerdo humanitario y explica qué busca cada contendor con sus más recientes jugadas.

La protagónica Francia

Un video filmado hace cerca de ocho años en algún lugar de las selvas de Colombia registra el momento en que el cabecilla de las Farc, ‘Mono Jojoy’, anuncia a un numeroso grupo de policías secuestrados que emprenderían “una campaña nacional e internacional buscando gente, países, lo que sea” y que “las familias debían presionar es al Estado” a efecto de lograr lo que denominó un “canje de prisioneros”.

Desde tiempo atrás la guerrilla hizo del secuestro, la desmilitarización de territorios y el “canje” instrumentos centrales de su estrategia, mientras del narcotráfico su bastión para el fortalecimiento militar. Tales asuntos son parte de un meticuloso plan destinado a conseguir que se les reconozca el carácter de organización política alzada en armas y el estatus de beligerancia.

Las Farc se sirven de una férrea disciplina en el mensaje. Cada uno de sus pronunciamientos y principales acciones son notas de una partitura escrita con mucha antelación. No improvisan, ni se dejan provocar por el gobierno o la opinión pública, tampoco tentar por los países amigos del acuerdo humanitario o el discurso de ONG de derechos humanos. Son voluntariamente autistas y confían ciegamente en los planes de mediano y largo plazo orientados a erigir un “Estado alternativo de nuevo tipo”.

Hábilmente elaboraron un lenguaje que procura manipular la percepción de los ciudadanos y de la comunidad internacional. Hablan de prisioneros de guerra cuando se refieren a víctimas del secuestro en su poder o a secuestradores, terroristas, asesinos, violadores, extorsionistas o narcotraficantes que engruesan sus filas y están recluidos en las cárceles, invocan una supuesta guerra civil cuando tienen más del 98 por ciento de rechazo de los colombianos, lo que no cohíbe su búsqueda de interlocución con gobiernos extranjeros.

En esa puesta en escena Francia ocupa un papel protagónico. En el afán de liberar a Íngrid Betancourt Jacques Chirac se dejó enredar en la telaraña tejida por las Farc, aumentó la rentabilidad de su secuestro y la condenó a ser su “activo” más preciado. Raúl Reyes no se cansa de recordar que de su parte recibieron un emisario y de pedir nuevos encuentros. Eso sin comentar la reciente declaración del G-8, impulsada por Francia, que califica de “combatientes” a los “farianos” e insta una “solución humanitaria”.

Chirac parece que nunca se percato que las presiones abiertas y veladas contra el gobierno Uribe lejos de viabilizar el acuerdo humanitario fortalecían la intransigencia guerrillera ante las obvias ganancias. No inocentemente las Farc resaltaron positivamente sus gestiones y piden mantenerlas con el gobierno de Nicolas Sarkozy.

Todo eso ayudo a convencer a los secuestradores que el precio de la libertad de Ingrid y de los demás cautivos únicamente sería su reconocimiento como “actor político”, lo que es posible a partir de uno de tres eventos, el quiebre de la Política de Seguridad Democrática en las urnas, su desmonte por Álvaro Uribe o la atribución de la calidad de beligerante que haga un tercer Estado. Lo primero otorgaría a las Farc, pero sólo hasta 2010, una victoria al colocar las condiciones del acuerdo humanitario, lo segundo, es un absurdo suicidio político del presidente.
Pero si las Farc continúan avanzando en la pretensión de beligerancia en la comunidad internacional, previsión seguramente hecha por Uribe, la verdadera razón de Estado que explica la liberación de Rodrigo Granda estaría ligada a una serie de gestos humanitarios destinados a justificar como última opción, sin la oposición francesa y estadounidense, un rescate que prive a las Farc del instrumento con el cual pueden eliminar de un tajo los logros de la política de seguridad: los secuestrados.
No es una especulación. Es difícil creer que el gobierno observe impávido que la guerrilla logre en el exterior el reconocimiento político que se le niega en Colombia por las acciones terroristas, la inmersión en el negocio de las drogas y la falta de legitimidad. Tampoco es razonable descartar que Bush y Sarkozy avalen un rescate luego de la demostrada voluntad de Uribe, la reiterada negativa de las Farc y agotados todos los esfuerzos de acuerdo humanitario. Finalmente, después de nueve años de estar encadenado en la profundidad de la selva hasta la acción militar resulta ser una “solución más humanitaria” que el sometimiento indefinido a esa indigna condición.
Nota: Presidente Uribe: ¿qué pasó con las interceptaciones telefónicas?
www.rafaelguarin.blogspot.com


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