Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2003/04/07 00:00

    La protesta

    Somos muchos los que protestamos. Y esa protesta mundial y masiva, y por ahora pacífica, se suma a la resistencia armada de los fedayines iraquíes

COMPARTIR

Escribí la semana pasada sobre la resistencia de los iraquíes a la invasión norteamericana. Patética resistencia, destinada a la derrota y a la muerte. Pero admirable. Resistencia al Imperio en nombre de la dignidad del ser humano, y en defensa de la libertad de todos los seres humanos. Quiero hablar también de la protesta.

Fuera del Irak de Saddan Hussein, en un centenar de países, en muchas docenas de ciudades, millones de personas han salido a las calles a protestar contra la guerra de invasión, de conquista, de expansión imperial, emprendida hoy en Irak, en Afganistán ayer, mañana en Irán y en Siria y en Corea, por el gobierno norteamericano del presidente George W. Bush. Ha habido protestas populares en el mundo entero: en la cosmopolita Nueva York, corazón intelectual del propio Imperio, y en la ombliguista Bogotá, la más provinciana de todas las ciudades de las remotas provincias. Y en Yakarta y en Rabat, y en Londres y en Berlín, y en Estambul y en Ciudad del Cabo. Seis veces consecutivas ha salido la gente a la calle a protestar en Madrid. También protestan, protestamos, los que escribimos contra la guerra en los periódicos: Norman Mailer y Gore Vidal, y Noam Chomsky, y hasta un ex presidente norteamericano, Jimmy Carter; y Carlos Fuentes y José Saramago, y Fernando Savater y Oscar Collazos; y Edward Said, y Naguib Mafhouz. Y protestan incluso jefes de gobierno: el derechista francés Jacques Chirac, que interpuso su amenaza de veto en las Naciones Unidas, el antiguo agente de la KGB soviética Vladimir Putin, que hizo otro tanto, los presidentes de México y de Chile, que no se dejaron amedrentar ni comprar por las promesas o amenazas de los Estados Unidos para que dieran su voto en el Consejo de Seguridad. Protestan los congresistas turcos y los ulemas de El Cairo, los hippies australianos y los 'sin tierra' brasileños. Somos muchos los que protestamos. Y esa protesta mundial y masiva, y por ahora pacífica, se suma a la resistencia armada de los fedayines iraquíes.

Digo que se suma. Pero esto no significa que protestar contra la guerra emprendida por el Imperio sea, como dicen sus más obsecuentes lacayos (el presidente del gobierno español José María Aznar), respaldar la tiranía local de Saddam Hussein. Es oponerse a la dictadura mundial ("global", la llaman ellos, en su idioma) de los halcones de la extrema derecha que hoy manejan el gobierno de los Estados Unidos. Protestar es rechazar las mentiras sobre las cuales se ha montado esta guerra (esta serie de guerras, esta guerra perpetua). Y rechazar a la vez las verdades subterráneas, inconfesadas, sobre las cuales se asienta.

Las mentiras, que han sido cambiantes (como suelen ser las mentiras). Que dizque era para desarmar a Irak de armas atómicas que no tiene (en la región, el único que las tiene es Israel, como sabe todo el mundo). Que dizque era para combatir el terrorismo (Saddam Hussein nunca ha utilizado el terrorismo, aunque ahora los generales del Pentágono, irritados por la inesperada resistencia de sus tropas, llamen "terroristas" a los fedayines que les estorban su avance invasor: "Terroristas" llamaban los generales nazis a los resistentes de Francia y a los partisanos de Italia). Que dizque era -o es- para llevar la democracia al Oriente Medio, a cañonazos. Como si los Estados Unidos hubieran llevado alguna vez la democracia a alguna parte (¿a Chile? ¿A Indonesia?), y como si Bush y su cuadrilla no estuvieran además desmantelando la propia.

Y las verdades de esta guerra, que son irrebatibles, como suele ser la verdad. Que es una guerra por el petróleo de toda la región. Que es una guerra por el negocio de la 'reconstrucción' (ya renunció a su cargo en el Pentágono Richard Perle, para no tener que perdérselos: aunque sigue de asesor; no renunciarán Cheney ni Rumsfeld, más pesados, y con intereses más sólidos; ni renunciará Bush. Tal vez acabe haciéndolo el desventurado Tony Blair). Que es una guerra, sobre todo -y esa es la gran razón, la razón de fondo, la razón final, que por eso mismo se niega con mayor énfasis que todas las demás-, por el Imperio.

La idea, aunque no la palabra, se les escapó una vez, en un documento que pretendía ser secreto divulgado hace unos meses por una filtración a la prensa: "Full spectrum dominance" (dominio total sobre el espectro). El espectro: la totalidad del arco iris de lo real. Lo físico, lo moral, lo económico, lo político. Contra esa pretensión de dominio total luchan unos, y protestamos otros.

Hace cien años, cuando el águila norteamericana se probaba las garras en Cuba y en Filipinas, clamaba Rubén Darío en su Oda a Roosevelt:

"Eres los Estados Unidos. / Eres el futuro invasor/?".

De nada le sirvió la protesta lírica del poeta a su infortunada Nicaragua, minuciosamente pisoteada por los Estados Unidos. "Potentes y grandes", los llamaba él. Pero no omnipotentes. Pues a veces ocurre que la suma de la resistencia y la protesta logra pararles los pies, las garras, como pasó hace treinta años en la guerra de Vietnam. Lo destruyeron, sí; pero la resistencia vietnamita y la protesta mundial (y norteamericana) los obligaron a soltar su presa. (Me dicen que no me repita tanto. Pero sí. Hay que insistir. Hay que protestar. Por razones de principio, y de fin).
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.