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Opinión

  • | 2014/04/11 00:00

    La próxima generación

    A mi generación le ha tocado el reino nefasto del neoliberalismo, del sálvese quien pueda. De los gobiernos que apenas tienen subsidios para solventar de mala manera a los pobres que su propio sistema produce por montones.

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La gente de mi generación no sólo no ha podido ver un día de paz en Colombia, sino que no ha podido disfrutar de las mieles de una democracia plena. Nacimos durante el Frente Nacional, que a pesar de sus buenas intenciones pacificadoras y de su intentos modernizantes, nos heredó exclusiones políticas imperdonables y deformaciones que persisten. El fraude, por ejemplo, la falta de un esquema de oposición y el miedo al pluralismo.

Como generación soñamos con un cambio social, pero fuimos incapaces de conseguirlo. Muchos fenómenos conspiraron contra él: una represión como de dictadura; el narcotráfico, que convirtió en dinero fácil los sueños de quienes se sentían condenados a la miseria, y la propia incapacidad de nuestros dirigentes, que saboteó las mejores oportunidades para el cambio. Casi siempre a grandes olas de esperanza les siguieron frustraciones profundas. Ocurrió con la ADM-19, con los procesos de paz, con la Ola Verde, y así.

Mi generación enterró a muchos de los suyos bajo la balas de una guerra insensatamente prolongada, o por la criminalidad que se metió en el tuétano de las comunidades y devaluó la vida al extremo. Mi generación sabe lo que es oír detonar la bombas en las ciudades, ver los cuerpos destrozados en las calles y en los caminos. Conoce muy bien los estragos de la violencia.

A mi generación le ha tocado la pérdida casi total de la acción colectiva, el reino nefasto del neoliberalismo, del sálvese quien pueda. De los gobiernos que apenas tienen subsidios para solventar de mala manera a los pobres que su propio sistema produce por montones. Para mantenerlos cautivos con un cheque y luego, capturar su voto. Subsidios y votos. A eso se reduce hoy la política que hace una buena parte de la gente de mi generación.

Una parte de mi generación resultó degradada por el odio y por la guerra. Adicta a la violencia. Otra parte, que se ufana de no haber hecho un tiro en su vida, se refugia en los negocios personales, de espaldas a un país que ha sufrido lo indecible.

Mi generación posiblemente sea una de aquellas que llaman generaciones perdidas, porque no pudo cambiar el país que recibió. Lo intentamos, pero no supimos poner a Colombia a la altura del nuevo siglo. Seguimos sin solucionar algunos de nuestros líos nunca resueltos. Todavía la tierra se conquista a punta de bala, como en un western. Con nuestra modernidad todavía conviven sistemas de servidumbre. La crueldad se ha instalado en la vida diaria.

Muchos de mi generación dirán que no todo ha sido frustración y fracaso. Que en perspectiva el país ha tenido avances significativos. Y es cierto. Pero pudo ser más rápido. Pero pudo ser más justo y equitativo. Pero pudo ser más y mejor, si nuestra generación no hubiese sido tan errática.

Reconozco que la gente de mi generación luchó por una nueva Constitución. Y se logró una carta muy superior a la que tuvimos por un siglo. Reconozco también que aún con la tinta fresca, la Carta magna comenzó a ser atacada por todos los flancos con reformas y contrarreformas. Al final, la Constitución, ese sueño de país, con todo y las heridas que le han infligido (como aquella de la reelección), es lo mejorcito que le dejará mi generación a las próximas.

La gente de mi generación ha aprendido mucho del pasado y tiene lecciones para aportar. En general, ha madurado. Reconoce sus errores y está dispuesta a rectificar. Como generación posiblemente nos alcance el tiempo para reparar los desastres cometidos. No ha perdido la esperanza. Pero será la próxima generación la que pondrá al país en otra dimensión de justicia, de desarrollo, de paz.

En ella deposito mi fe.
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