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Opinión

  • | 2013/06/15 00:00

    La prueba ácida

    Las Farc y el ELN tienen que desechar cualquier ambición de seguir acumulando fuerzas para la guerra mientras alientan la participación directa o indirecta en las elecciones.

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Empezó en La Habana la búsqueda de un acuerdo sobre participación política entre el gobierno y las Farc y voy a decir algo que a todo mundo le sonará muy extraño: ese acuerdo ya se hizo, ya se firmó, y las dos partes lo imcumplieron. Ese engaño, esa traición mutua, fue el principal motivo de la guerra posterior, de los dolores infinitos que ha padecido la sociedad
 colombiana en los últimos 29 años. 

Fue en 1984. Exactamente el 28 de marzo. El gobierno del presidente Belisario Betancur autorizó a la guerrilla de las Farc para que fundara la Unión Patriótica y se dispusiera a participar en las elecciones parlamentarias, presidenciales y locales. Las Farc, por su parte, decretaron una tregua que tenía como fin preparar la desmovilización definitiva de la guerrilla. 

Hay otros puntos en el texto que llevan las firmas de la comisión de paz nombrada por Betancur y de los jefes de la guerrilla encabezados por Manuel Marulanda Vélez, pero este era la clave de todo y debía ponerse en práctica de manera inmediata, como en efecto se hizo. 

Estaba fresca la tinta de la firma del acuerdo cuando empezaron a matar uno por uno a los líderes del nuevo partido político. Agentes del Estado e importantes dirigentes de las élites políticas asociados con paramilitares y mafiosos formaron una mortífera coalición para perpetrar un genocidio. Nada se les escapó. 

Mataron dos candidatos presidenciales de esta organización, acabaron con los parlamentarios, buena parte de los candidatos a las alcaldías y varios miles de militantes. Ni Betancur que firmó el acuerdo, ni el presidente Virgilio Barco que lo heredó, hicieron algo para detener el holocausto.

Las Farc tampoco se dedicaron a preparar su desmovilización y desarme. Por el contrario, al tiempo que promovían la Unión Patriótica, se pusieron en la tarea de acumular fuerzas para la guerra. Reclutaron y entrenaron nuevos combatientes; acopiaron dinero y armas; formaron nuevas estructuras; y se extendieron a otros territorios. Llamaron a esto “la combinación de todas las formas de lucha”. 

Con 6 millones de víctimas volvemos al punto. El comisionado de paz, Sergio Jaramillo, lo describe en forma precisa y clara: “Todos los procesos de paz exitosos en el mundo llevan a la transformación de los grupos armados en movimientos políticos, eso es precisamente la transformación del conflicto. Y la base de esa transformación son las garantías. Garantías para los grupos: para que puedan participar en igualdad de condiciones y sin riesgos de seguridad; garantías para la sociedad: que se rompa para siempre el nexo entre la política y las armas”.

Esta es la prueba ácida, porque este acuerdo ya se firmó y se traicionó y porque se empiezan a hacer cosas parecidas a 1984. De las zonas de conflicto ha surgido la Marcha Patriótica con el propósito de servir de puente para la participación política de la guerrilla sin que aún se inicie el cese del fuego y el proceso de desmovilización y desarme; y sectores de las élites empresariales y políticas, encabezados por expresidente Uribe, están en una feroz campaña contra la posibilidad de que los líderes guerrilleros lleguen al Congreso y disputen todos los cargos de elección popular. 

También están en la tarea de revocar a los desmovilizados que legítimamente conquistaron alcaldías importantes. Me da miedo, mucho miedo, esto. Las amenazas empiezan a pulular.

Están encima las elecciones y el pacto es urgente. El presidente Santos tiene que abrirle las puertas a la participación de la guerrilla en las elecciones de 2014 y suscribir un estatuto para la oposición y un compromiso sagrado de que las Fuerzas Armadas cuidarán la vida de cada uno de los integrantes de los movimientos políticos que surjan de las negociaciones de paz. Pero las Farc y el ELN tienen que desechar cualquier ambición de seguir acumulando fuerzas para la guerra mientras alientan la participación directa o indirecta en las elecciones. Eso no se puede repetir. 

Los acontecimientos se han precipitado. La izquierda está buscando unidad, candidato único y agenda común y estas tres cosas requieren un salto en las negociaciones de paz. A la vez Santos está buscando que el proceso de paz no tenga marcha atrás y eso depende del punto de la participación política. Como en 1984 ahí está la clave de todo. 
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