Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2000/04/03 00:00

La puerta de la casa

Una vida no se cambia como una puerta, y una puerta no sirve para nada cuando no se tiene una casa para cerrar

La puerta de la casa

Un desplazado, según leí en los periódicos, abandonó su pueblo destruido y perdido cargando al hombro la puerta de su rancho. Lo único que le quedaba en esta vida.

Lo leí en los periódicos: una cosa aséptica, lejana. No hablé con él, no lo conozco. No conocemos, los que todavía tenemos casa con puerta, puerta con casa, a los cientos de

miles, a los casi dos millones de desplazados por la violencia política de los últimos años. Los hemos visto de pasada, en fotografías de prensa, en noticieros de televisión, o por la ventanilla en las calles de las grandes ciudades. Solos, o de dos en dos, o por familias enteras —salvo el padre o algún hermano asesinados—, con carteles escritos a mano para solicitar la caridad —“somos desplazados”—, tiritando en el frío de Bogotá. Un abuelo de corrosca de tierra caliente, dos niñitas que medio bailan en el bordillo de la acera, y unos adolescentes que compiten, sin pericia ni práctica, con los cientos de miles, millones tal vez, de citadinos sin trabajo que se disputan las mejores esquinas para vender flores o mangos o ristras de mandarinas, los semáforos de más larga duración para lavar, por la fuerza o la amenaza, los vidrios de los carros. Desplazados. Los llamamos así, con esa palabra neutra y burocrática, como si fueran simplemente personas que por las cosas de la vida, siempre tan raras, han tenido que cambiar su lugar de residencia: del campo a la ciudad, de los raudales del Atrato o de las ciénagas del Magdalena Medio al asfalto de la Troncal de la Caracas.

Corto este chorro lírico para un paréntesis reflexivo que me inspira la evocación de la Troncal de la Caracas, esa aterradora ‘obra bandera’ que nos dejó la administración distrital del doctor Andrés Pastrana cuando fue alcalde de Bogotá. ¿Será esta paz de los desplazados la obra bandera de su gobierno en el país, ahora que es Presidente de la República? Si es así, no creo que él vaya a vivirla: no parece que sea de los que dan unas monedas en la esquina cuando la caravana presidencial (esa misma que en el día de ‘no carro’ tenía derecho a circular) tiene que detenerse ante un trancón o ante un motín. Así, tampoco creo que Andrés Pastrana haya vuelto a poner los pies (es un decir: las llantas de su carro blindado) en la Troncal de la Caracas después de haberla inaugurado: no estaría vivo. Leo en los periódicos —esa cosa lejana, aséptica— que el alcalde actual va a tener que reconstruir la Troncal de la Caracas a un costo todavía no especificado. ¿A algún presidente que venga después le tocará reconstruir también esta aterradora paz de los refugiados que nos está fabricando el presidente Pastrana? ¿Y cuál va a ser el costo, aún no especificado?

Retomo el interrumpido chorro lírico sobre los desplazados.

Los llamamos desplazados, usando esa palabra aséptica y lejana, funcionarial, de estadígrafo, porque no queremos reconocer lo que en realidad son. Son gente que ha perdido todo lo poco que tenía, y que era su vida entera. Lo ha perdido todo por la violencia, no por la mala suerte: aunque ya es mala suerte nacer pobre en Colombia. Por la violencia de las guerrillas alzadas contra el Estado; o de los paramilitares que actúan al amparo subrepticio e hipócrita del Estado; o del Estado mismo, que es, sin discusión, el principal causante y el principal agente de la violencia en Colombia. Los desplazados son gente que se ha quedado sin plaza, sin sitio: sin tierra, sin pueblo, sin familia, sin futuro, sin casa: aunque se haya llevado al desplazamiento la puerta de la casa. Sin vida: aunque, estrictamente hablando, aún conserve la vida. Pero una vida no se cambia como se cambia una puerta, y una puerta no sirve para nada cuando no tiene una casa que cerrar. Los desplazados —y ya dije al principio que son casi dos millones, si no contamos las decenas de miles de los de clase media que han podido irse a buscar afuera no ya una casa nueva, sino un país entero— son gente que ya no tiene nada: desterrados, destechados, desempleados, desposeídos. Deshechos.

Eso son ahora. Pero mañana o pasado —en cuanto se aclimaten al frío húmedo de Bogotá, después de hacer astillas la puerta para quemarla— serán atracadores en ese paraíso de los atracadores que es la Troncal de la Caracas.

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