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Opinión

  • | 2013/08/29 00:00

    La puerta giratoria

    Que la concentración de tierras fértiles no esté en manos de los descendientes de nuestros indígenas, demuestra que la matanza ha sido sostenida y pareja.

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La violencia que hoy se toma gran parte de las carreteras, calles y plazas públicas de las ciudades del país, es apenas la punta de un malestar gigantesco que tiene sus raíces bien profundas en ese periodo sangriento de la Conquista. 

Bartolomé de las Casas, un fraile dominico cuyo padre acompañó a Colón en su segundo viaje a ‘tierras americanas’, narra en sus ‘Crónicas de las Indias’ los detalles de la opresión y esclavitud a la que fueron sometidos los nativos de La Española por los hombres de Carlos I. Las masacres de indígenas se volvieron reiterativas en las otras islas del Caribe.  Y el cura, conmovido por los hechos de sangre que empezaron a teñir de rojo los ríos, se vio en la necesidad de pedir una audiencia con la Corona a través de su superior, el cardenal Cisneros, quien desgraciadamente murió poco antes de que el padre de las Casas llegara a Madrid y la entrevista fuera borrada de la listas de audiencia del monarca.

Los hechos que narra de las Casas son espantosos y parecen escenas sacadas de películas hollywoodenses sobre la conquista del Viejo Oeste donde los soldados contratados por la confederación arremetían contra los nativos, los perseguían por montañas y valles y, al final, les daban alcance y los cosían a balazo. 

Pero la Conquista, ese periodo sangriento que parece un guión para una producción cinematográfica, fue solo el inicio de un largo relato que en los manuales de historia desemboca en la Colonia: tres siglos de opresión y sufrimiento donde los indígenas de nuestra América, al igual que los negros traídos de África, fueron sometidos, masacrados y obligados a abandonar sus viviendas por esos seres cuyas armas vomitaban fuego.

Creo que este problema de la tierra, entre los otros males que vivimos hoy, tiene su origen en este momento histórico, cuyas consecuencias nefastas no solo trajo la violencia que nos sacude, sino también un gran número de enfermedades que diezmaron poblaciones enteras y redujeron al mínimo a nuestros indígenas, quienes se vieron en la necesidad de huir de sus sitios de convivencia y buscar asentamientos en otros espacios, lejos del fuego asesino, lejos de aquellos hombres cuyos olores nauseabundos los mataban tan rápido como una bala.

El hecho de que la concentración de tierras fértiles no esté en manos de los descendientes de nuestros indígenas, solo demuestra que la matanza ha sido sostenida y pareja. Y los que fueron dueños de los ríos, las selvas y los valles, aquellos que se regocijaban viendo desde lo alto de las montañas la verdura espesa del paisaje, que deleitaban los ojos observando las mil tonalidades de verde de la naturaleza, están hoy confinados en resguardos, protegidos por un Estado negligente que le vendió el alma al diablo. 

Es decir, a las multinacionales y a cuanta compañía extranjera estuviera dispuesta a reventar el subsuelo para extraer nuestro oro, nuestro petróleo, nuestros minerales, sin importales un carajo cuántos de nuestros ríos se contaminan, cuánto del aire que respiramos afecta nuestra salud ni cuántos de los descendientes de nuestros nativos mueren en ese proceso.

Lo que nos narra de las Casas en sus legendarias ‘Crónicas de las Indias’ no solo es aterrador, sino que nos deja ver lo que Darwin llamó siglos después la supervivencia del más fuerte, esa ley de la naturaleza que reivindica la genética  y deja claro que la vida en la selva, más que un derecho, es una lucha entre el perseguido y el perseguidor. O, si se quiere, entre la presa y el depredador.

En Colombia, la ley de la selva es el pan de cada día. Lo que ha venido pasando en los últimos años en el campo y cuya cuerda revienta hoy en formas de fuertes protestas, no es solo la manifestación del abandono al que el Estado ha sometido a los productores de la tierra, sino también de esas manchas de corrupción que se han extendido como mapas vivientes en todos los frentes de las distintas administraciones que han pasado por la Casa de Nariño. 

La imagen de una pancarta colgada en la parte alta de una vivienda en una de las carreteras donde se llevaba a cabo una de las protestas, “aquí no vivimos del agro, vivimos de milagro”, nos deja ver que el desarrollo del país en materia agrícola es solo una utopía y que la rentabilidad de campo, más allá de la siembra de la hoja de coca, es ninguna.

Tanto es así que el café, un producto a través del cual nos identifica el resto del mundo, por aquello de su suavidad y la imagen proyectada por Juan Valdez y su mula, y que en la década del  ochenta representaba un poco más del 90 % de la economía de 16 departamento y 500 municipios, hoy no alcanza siguiera la mitad de la producción que convirtió al país en el mayor exportador del grano del planeta. 

Por el contrario, para cubrir la cuota del consumo interno, el gobierno del presidente Santos ha ordenado, por medio del Ministerio de Agricultura, la importación de varias toneladas del grano desde naciones como Ecuador y Brasil, cuya calidad, sin duda, es inferior al que se produce en las faldas de nuestras montañas. 

Lo mismo podríamos decir del arroz, el grano por excelencia de la comida colombiana y que hoy sufre su debacle gracias al TLC con los Estados Unidos, que le prohíbe al gobierno nacional el subsidio de los productos agropecuarios incluidos en el tratado. Pero, además, les obliga a los arroceros a adquirir una semilla certificada y les prohíbe bajo amenaza de multa sembrar la criolla porque podría desmejorar la calidad del grano.

Esa puerta giratoria de unas políticas sucias implementadas por los gobiernos que han dirigido en las últimas décadas las riendas del país, ha arruinado paulatinamente el campo, ha hecho de la agricultura un trabajo poco rentable, ha endeudado hasta el cuello a los campesinos menos favorecidos y le ha abierto las puertas a la importación de alimentos que veinte años antes exportábamos.

Hoy, las conquistas que reseñó el padre de las Casas en sus clásicas ‘Crónicas de las Indias’ están lejos de ser ejecutadas por la fuerza de la espada, por los tiros de cañones y el estampido de los mosquetes. 

Hace cinco años, el novelista Héctor Abad Faciolince escribió para el diario El Espectador un artículo titulado ‘Vienen por la tierra’, en el que nos contaba cómo los países ricos (Japón, Alemania, Francia, Inglaterra, China, Arabia Saudita y Corea del Sur, entre otros), venían desarrollando una política secreta de compra de tierras fértiles en las naciones del Tercer Mundo. 

El objetivo de estas compras, que se vienen dando sin duda con la venia de las autoridades nacionales y locales, que involucra a alcaldes y gobernadores, pero también a ministros y a otros representantes de las altas esferas del gobierno, tiene como propósito el cultivo de cereales como el arroz, el trigo, la soya y el maíz. La razón: tarde o temprano el mundo entrará en crisis alimentaria y ellos, que son previsivos y tienen el dinero, han empezado a construir sus ‘Arcas de Noé’, no solo para salvar los animales del mundo, sino también a sus futuras generaciones de hombre y mujeres. En ese esfuerzo, no solo se llevan la comida cultivada en nuestras tierras: cargan de igual forma, en enormes depósitos, el agua de nuestros ríos y los peces de nuestros mares. Y nadie, absolutamente, dice nada.

*Profesor de comunicación y literatura de la Universidad Tecnológica de Bolívar.  
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