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Opinión

  • | 1988/02/29 00:00

    LA RADIO, LA VILLANA

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Si en lugar de estar escuchando por la radio, paso a paso, sin exageraciones pero tampoco con tapujos, la cruenta toma del Palacio de Justicia, los colombianos hubieran sido sometidos al silencio de la radio impuesto por el gobierno, seguramente habría invadido al país la sensación de que estaba ocurriendo algo peor.
Y sabe Dios cómo reacciona un pueblo cuando, por culpa de la desinformación llega a imaginar que todo esta perdido. Al gobierno de turno se le pasó por la mente callar la radio cuando el episodio del Palacio de Justicia. Pero si no lo hizo fue por la inteligente consideración de que ese silencio habría sido mucho más explosivo que la verdad de los hechos como la radio la estaba relatando.
De la misma forma, una palabra de más de la radio, o una de menos, durante la transmisión de las exequias del presidente de la UP, Jaime Pardo Leal, habría determinado que los acontecimientos tomaran un rumbo distinto.
Y así, podrían mencionarse docenas de ejemplos más de responsabilidad de la radio, que van desde campos tan variados como la tragedia de Armero hasta el analisis radial de la reforma tributaria pasando por los más horrendos episodios de violencia y terrorismo. Frente a ellos la radio se ha comportado con tanta responsabilidad como es posible exigirle a periodistas serios cuando está en juego la supervivencia del país.
Ahora leo, sin embargo, con asombro, que desde el periódico El Tiempo se intenta orquestar contra la radio una campaña de descrédito, porque dizque por culpa de ella, los captores de Andrés Pastrana, encima de que salieron secuestradores, salieron mentirosos. Y el gobierno haciendo eco a las críticas de El Tiempo, ha resuelto aplicarle a la radio una buena dosis de regulaciones que restringen la información, con el objeto de que limitando parcialmente la libertad de prensa la radio morigere lo que El Tiempo llama "el síndrome de la chiva".
El sindrome de la chiva es, ni más ni menos, que la esencia del periodismo. Es la lucha por informar primero e informar mejor. Exigirle a los periodistas que no se dejen llevar por el deseo de ser los primeros es condenarlos a cambiar de profesión. En los EE.UU., donde la televisión no está restringida a determinados horarios informativos, las distintas cadenas compiten por cuál de ellas es la que deja transcurrir menos minutos entre los sucesos y el cubrimiento televisivo de los mismos. En Colombia, donde la televisión sí está amarrada a horarios noticiosos, la carrera por cubrir los acontecimientos se traslada a las distintas cadenas radiales. Eso, lejos de ser malo, es profesional.
Y aceptando que es legitimo que los periodistas radiales están permanentemente motivados por la inmediatez que proporciona el medio radial, hay que aclarar que las raras veces en las que se le abren los micrófonos a un secuestrador, es la vida del secuestrado, y no el síndrome de la chiva, lo que está en juego para el periodista que toma tan difícil decisión.
Pero lo único que se le cobró a la radio no fue la mentira de los secuestradores de Andrés Pastrana. También le cobraron la decisión del alcalde de Bogotá de desmilitarizar la ciudad la noche del secuestro. Sin embargo, el relato que hizo el propio Andrés de que no esa noche, sino a la mañana siguiente y a plena luz del día, había sido trasladado en helicóptero hasta Medellín, demuestra que echarle la culpa a la radio de la evasión de los secuestradores, es igual que lo que hace el marido que culpa al diván de las infidelidades de su mujer.
Por increíble que suene, el gobierno resolvió vender el diván. Seguramente inspirado por las desorientadas criticas de El Tiempo, ha prohibido que de ahora en adelante se entrevisten testigos o protagonistas de los hechos de orden público, y que se transmitan en directo los actos terroristas, mientras estos estén ocurriendo. Tambien se rumora que el gobierno ha venido considerando la posibilidad de que se restrinjan los horarios de transmisión de noticias radiales, por considerar que franjas informativas demasiado amplias y elásticas son perjudiciales para el mantenimiento de la ley y el orden.
El antecedente de estas medidas curiosamente, se encuentra en opiniones emitidas por los propios periodistas. En una reciente columna Enrique Santos Calderón recomienda olímpicamente a la radio "menos dependencia de entrevistas con testigos y protagonistas de la noticia". Y en una carta dirigida a El Tiempo, mi admirado amigo Juan Gossain solicita a sus colegas que "no sigamos convirtiendo en espectáculo de interminables horas radiales cualquier suceso importante o baladí".
Ambas recomendaciones atentan contra las entrañas mismas del medio radial. La radio es testimonial por excelencia e inmediata por esencia.Prohibir los testimonios radiales, como lo ha hecho el gobierno, u obligar a la radio a transmitir noticias a determinadas horas, como se rumora que el gobierno ha venido considerándolo, es decidir que de ahora en adelante la radio no será radio sino un medio de comunicación distinto, posiblemente un híbrido entre la televisión y la prensa.
En cuanto a la prohibición del gobierno de transmitir en directo los acontecimientos que alteren el órden público "mientras estos hechos estén ocurriendo", queda por aclarar si pasar primero la información por una grabadora y a través de ella a todo el país resuelve el problema de la inmediatez que el gobierno quiso neutralizar con esta disposición.
Por fortuna, en medio de tanta percepción errática de la función de la radio como medio de comunicación el presidente de Asomedios, Jorge Valencia Jaramillo, ha hecho las únicas consideraciones sensatas sobre el tema. En carta enviada al ministro de Comunicaciones afirma que "los medios de comunicación deben se considerados siempre como colaboradores convencidos y parte integral del Estado de Derecho, y no como posibles infractfores del mismo".
Esto es lo que el gobierno realmente debe tener en cuenta. Que la radio está de su lado, y no del de los secuestradores de Andrés Pastrana. Y que, desde luego, en esta disyuntiva nada tiene que ver el diván.
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