Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2008/11/22 00:00

La raíz

No me atrevo a esperar que Obama legalice las drogas. Es solamente, al fin y al cabo, un presidente de los Estados Unidos

La raíz

Digámoslo una vez mas, como aquel que clama en el desierto. El narcotráfico, y la guerra contra el narcotráfico, complican y multiplican ad infinitum todos los problemas de Colombia (aunque de paso también, claro, solucionan algunos: de liquidez, de empleo, etc.) La imparable destrucción física y moral del país a que asistimos desde hace decenios no nace de ahí, pero de ahí saca lo más fuerte de su impulso.

Todo, desde la guerra interna hasta las catástrofes del invierno. Esa guerra que es financiada desde todos los lados por el narcotráfico: las guerrillas, los paramilitares, e indirectamente también los militares, pues constituye la justificación de la ayuda militar norteamericana del Plan Colombia y el Plan Patriota. Esas catástrofes del invierno que se agravan por los desafueros ambientales cometidos por los cocaleros en las cabeceras de los ríos. Todas las informaciones de los periódicos de estos días hincan de algún modo sus raíces en el narcotráfico, tanto sobre lo viejo como sobre lo más reciente. Lo viejo: las desapariciones de la contratoma militar del Palacio de Justicia, hace veintitrés años. Quienes las defienden -no las niegan: las defienden- las justifican porque la toma del Palacio la había hecho el M-19 como "un favor a Pablo Escobar". Lo inmediato: el derrumbe de las pirámides que, como recuerda pertinentemente la columnista Claudia López, tienen su base en la coca de las regiones cocaleras. Lo viejo, lo nuevo, todo: la corrupción de la política, de la justicia, de la economía, de la cultura. Del sistema entero. Y también la corrupción de la subversión contra este sistema corrompido.

Por eso es evidente hasta para los más ciegos que la guerra contra las drogas es un absoluto fracaso. Más que eso: dos fracasos, porque los daños de la guerra se suman a los daños de las drogas, sus costos a sus costos, los reflejan, los duplican, (no: los multiplican). Cada día son más numerosos quienes se rinden ante esta evidencia, muchas veces en contra de sus propias convicciones e incluso de sus propios intereses. Sólo resisten -pero con ellos basta- los gobernantes. Los cuales, por convicción o por coacción, como decía aquí Ernesto Samper cuando era presidente, siguen sosteniendo contra la evidencia que la batalla debe darse.

Con una excepción: la de Manuel Zelaya, presidente de Honduras, que tuvo hace tres semanas el atrevimiento de proponer la legalización de las drogas al inaugurar en Tegucigalpa una conferencia de funcionarios internacionales encargados de perseguirlas. Se asombraron sus oyentes, se desconcertaron, se indignaron. Llamaron a Zelaya borracho y drogadicto. Y es natural: los asistentes a las conferencias contra las drogas, lo mismo que los narcotraficantes, viven de que las drogas estén prohibidas. Ese es su oficio.

Pues el problema no es solamente colombiano: por eso se discute en Teherán y en Dakar y en París y en Tegucigalpa. Con lo cual vamos a su origen: los Estados Unidos, cuya población es la principal consumidora de drogas del mundo, y cuyos gobiernos han sido los principales impulsores de la prohibición de las drogas en el mundo.

Casi no se habló del tema en la campaña presidencial norteamericana que acaba de pasar. Porque allá las drogas y su prohibición son un gran negocio, como en todas partes; pero no representan un problema social, salvo entre las poblaciones marginales: los latinos, los negros. Nunca se ha visto allá, o al menos nunca se ha publicado, por ejemplo, que un senador vaya a la cárcel por nexos con el narcotráfico, ni que un banquero resulte untado de dineros ilícitos, y ni siquiera que un simple aduanero se haya dejado corromper o que un mafioso (pues los hay, los hay) se haya visto expropiado (salvo que sea colombiano, o mexicano, u hondureño). Pero Barack Obama, el nuevo presidente de los Estados Unidos, es negro. Y conoce las drogas desde adentro, como ha contado en su autobiografía, por haberlas probado y por haberlas visto de muchacho corromper a los muchachos negros su entorno. Y ha dicho (no ahora, sino en su campaña para el Senado de hace cuatro años), que "la guerra contra las drogas es un completo fracaso" ("an utter failure"). De manera que sabe cómo son las cosas. Barack Obama, que ha despertado tantas ilusiones como las que despertó Franklin Delano Roosevelt cuando la Gran Depresión ¿tendrá la misma audacia con que aquel las satisfizo? Tras quince años (sólo quince) tras quince años de "utter failure" de la Prohibición del alcohol, a los pocos días de su posesión como presidente Roosevelt legalizó el alcohol, medida que unos meses más tarde fue ratificada por el Congreso con la Vigésimo Primera Enmienda a la Constitución. ¿Hará Obama otro tanto con las drogas prohibidas?

No me atrevo a esperarlo. Obama es solamente, al fin y al cabo, un presidente de los Estados Unidos; y la prohibición es un negocio de ellos. Así que mucho me temo que, en vez de proponer la legalización, la primera medida del nuevo Presidente consistirá en ordenar el derrocamiento del imprudente presidente Zelaya en la minúscula República de Honduras.
 

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