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Opinión

  • | 2012/07/21 00:00

    La razón de las partes

    Tienen razón los indios nasa, que quieren que se vayan los contendientes a otra parte. Pero no se puede. porque el gobierno también tiene razón: no puede haber territorios vedados a las fuerzas del estado, que se convertirían de inmediato, si no lo son ya, en santuarios guerrilleros.

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Hace ocho días hablaba aquí de la so- bradez del presidente Juan Manuel Santos. Sobradez: argentinismo que significa que alguien se cree más de lo que en realidad es. Hubris, la llamaban los trágicos griegos de la antigüedad, y era severamente castigada por los dioses. ¿Por qué se le ocurrió a Santos ir a Toribío, prácticamente en medio de las balas, si se sabía de antemano que no lo iban a recibir los indios que protestan contra la presencia militar y en consecuencia iba a quedar muy mal parada su imagen? Por exceso de sobradez. Ante lo cual los indios no solo no lo recibieron, sino que se enardecieron más todavía, como ante una provocación. Lo cual agrandó el problema.

Los problemas son tres. Uno es muy antiguo: el de la situación de los indios, que viene de la Conquista y el expolio del siglo XVI. Es un problema histórico mal resuelto, pero ya irresoluble: no es posible cambiar la historia del continente americano. Otro es más reciente, aunque ya viejo, que empezó a manifestarse en su forma actual hace medio siglo: es el problema de la existencia de la guerrilla armada, incubado por la inequidad y alimentado en los últimos 30 años por los dineros inagotables del narcotráfico. Y el tercer problema es el inmediato de la resistencia pacífica de los indios nasa del norte del departamento del Cauca, región que es nudo estratégico a la vez del accionar guerrillero y contraguerrillero y del narcotráfico, tanto desde el cultivo de la planta de coca como del traslado de la cocaína hacia las costas del Pacífico. Ese tercer problema es consecuencia de los dos anteriores y los resume. Y en él todas las partes tienen razón.

Tienen razón los indios nasa, que están hastiados de una guerra que consideran ajena y quieren que los dejen en paz. Que se vayan los contendientes con su guerra a otra parte. Pero eso no se puede. Porque también tiene razón el gobierno: no puede haber territorios vedados para las fuerzas del Estado, que se convertirían de inmediato, si no lo son ya, en santuarios guerrilleros. Pero, ¿de qué le sirve al gobierno tener razón, si no puede imponerla? No puede hacerlo sobre la guardia indígena alzada en Toribío con bastones y machetes, porque sería ilegítimo además de insensato intentar someterla por la fuerza, a tiros. Pues, como dice el presidente con razón, “nuestro enemigo son las Farc, no los indígenas”. Pero no puede tampoco imponer su razón a tiros a las guerrillas de las Farc, contra quienes es legítimo el uso de la fuerza, sí, pero ha sido insuficiente en estos 40 años. Y por su parte también las Farc tienen sus razones, que son las que explican la duración insólita de esta guerra. Las Farc están haciendo la suya, con sus métodos, que incluyen, por supuesto, la utilización de la población civil. De eso se trata una guerra subversiva: de ganarse por las buenas o por las malas a la población civil, lo quiera esta o no, sea india, como en este caso, o negra o blanca o mestiza, como en otras regiones del país (y ya las Farc han venido mostrando desde hace mucho tiempo que les interesa más ser temidas por esa población que amadas por ella). No puede haber territorios neutrales en un conflicto interno, ni sectores de la población que puedan quedarse al margen: escampar de la guerra. Y, de todos modos, no es tratando de liberar de la guerra pequeños territorios hastiados de ella como podrá hacerse la paz.

Que es de lo que se trata, en fin de cuentas. Tanto en el caso específico y casi anecdótico de Toribío como en el más general de Colombia, cuyo problema central es este de la guerra. Y en el uno como en el otro ese objetivo hay que buscarlo mediante la negociación entre las partes. Es decir, haciendo que sus razones respectivas no sean excluyentes y enfrentadas. O sea, hablando. Que es lo que no se ha querido hacer de buena fe desde hace 40, o desde hace 400 años.
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