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Opinión

  • | 2014/05/21 00:00

    La realidad depende de cómo contamos nuestra historia

    Vivir las experiencias que nos ofrece la vida es obligatorio; sufrirlas o gozarlas es opcional. Matthieu Ricard.

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Conozco hace muchos años a una mujer que actualmente tiene 40 años, divorciada, ha sacado adelante sin ayuda, y quien además tuvo que empezar a trabajar desde muy joven, como ocurre con tanta frecuencia en las personas de estratos bajos de este país. Actualmente trabaja independiente, y gracias al orden y a la disciplina que ha tenido pudo estudiar y está siempre interesada en seguir aprendiendo para ser una mejor profesional. 

“Me casé por boba, por el sueño que tienen todas de quererse casar con el vestido blanco. Pero en la luna de miel me di cuenta que me quería separar”. Sin embargo, por la presión de su suegra y de otras personas, aguantó seis años y medio de matrimonio con un hombre al que ella ya no quería porque era mal tratante, poco trabajador y en ocasiones agresivo; un hombre que además dejó de responder por sus hijos después de que su hijo mayor estuvo al borde de la muerte por una infección en pulmones y riñones a los siete meses de nacido. Un niño que al nacer fue desahuciado por los médicos, enfermeras y psicólogas del hospital, no sólo por los problemas de salud sino también porque nació con un retraso mental leve. 

“Todo el mundo en el hospital me decía que mi hijo no iba a vivir, y que si viví su vida iba a ser un infierno. Pero yo no lo creí y luché por él siempre. Hasta que un día me lo sacaron del hospital porque hubo una epidemia y tenían que fumigar todo el pabellón de niños. Entonces me tocó llevármelo para mi casa. Y el lunes, cuando tenía que volver, decidí no llevarlo más y se lo ofrecí a Dios: si se lo tenía que llevar, que se lo llevara porque yo no quería verlo sufrir más. Y mi hijo ahora tiene 19 años, se graduó del colegio y va a entrar a ser estudios técnicos en el SENA”.

Pero las historias de esta mujer no acaban ahí. Su hija menor, que actualmente tiene 15 años, nació con problemas respiratorios por los cuales ha estado hospitalizada y al borde de la muerte más de una vez. Eso le ha implicado a esta mujer faltar al trabajo días enteros y dormir en los corredores de los hospitales esperando a que su hija se estabilice para que pueda volver al colegio. Y finalmente ahora está teniendo que enfrentar el embarazo no deseado de su hija de 17 años. Ella tenía una relación de pareja con un joven de su misma edad, pero como él la maltrataba verbal y físicamente, la relación aparentemente había terminado. 

Pero un día llegó la adolescente a contarle a su madre que estaba embarazada. “Esta ha sido una decepción muy grande. Después de haberle dado todo, de haberle dado educación, de haberla prevenido sobre el embarazo indeseado y mira, quedó embarazada. Pero bueno, ya en este punto tentemos que asumirlo y salir adelante con la bebé porque ella no tiene la culpa de nada”, contaba ella recientemente. 

Oír hablar a esta mujer es conmovedor, más que por el contenido de historias, por la manera como las cuenta. Jamás lo hace asumiendo una posición de víctima ni buscando la lástima de los demás; nunca manifiesta rabia ni tampoco maldice a la Vida, a Dios o al destino por todo lo que ha tenido que vivir. “Afortunadamente, todo está bien”, es como siempre termina sus historias. Y se refiere a esas experiencias como las oportunidades que le ha dado la Vida para ser la persona que es hoy: una mujer fuerte, emprendedora, capaz y trabajadora que no solamente ha logrado sacar adelante a sus hijos: también lo ha logrado con ella misma. 

Estudió una carrera, e incluso una especialización para estar actualizada en su campo de trabajo y poder prestar cada día el mejor servicio. Además, dice que ella ha sabido aprender de sus errores, y que por el hecho de haber tenido una mala experiencia en el amor no quedó odiando ni maldiciendo a los hombres. Por el contrario, tiene desde hace varios años una maravillosa relación de pareja con un hombre que la adora, que está siempre pendiente de ella y de sus hijos, que ha sido un apoyo en todas las dificultades, y con quien se siente feliz. 

La realidad de esta mujer, ‘objetivamente’ hablando, ha sido muy dura. Pero como bien dice Matthieu Ricard: vivir las experiencias que nos ofrece la vida es obligatorio; sufrirlas o gozarlas es opcional. Y esta mujer ha escogido gozarse su vida y ver sus experiencias como constantes fuentes de aprendizaje más que como una vida injusta y sufrida. Y eso se ve en la manera como cuenta sus historias, pues a veces incluso se ríe al recordar todo lo que ha vivido, risa que contagia a quienes la están oyendo en tal forma que también sus oyentes, terminan cambiando su manera de ver la vida, tanto la de ella como la propia. 

El efecto de contar una historia propia con un tono de voz bajo, triste, como si fuera una tragedia, es repetir la tragedia y perpetuarla en el tiempo. Mientras que recordarla y reconstruirla como algo que pudo ser hasta divertido o por lo menos como una experiencia que nos ha permitido ser lo que somos hoy, cambia completamente la historia. Por ende, cambia también el presente y hasta el futuro de una persona. Todo está en las palabras, en el tono, en la expresión no verbal, en los gestos y en la manera como se cuenta la historia. Todos podemos contar nuestra historia, y sobre todo, decidir cómo la vamos a contar. De ahí se desprende la realidad que vamos a empezar a vivir.

En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
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