Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2010/09/25 00:00

La realidad

Como el gobierno norteamericano ha sido impotente para que sus ciudadanos dejen de consumir, ha trasladado la obligación de combatir el tráfico a los países productores.

La realidad

Comentó en días pasados Hillary Clinton, secretaria de Estado de los Estados Unidos, que México se está pareciendo a la Colombia de hace 20 años. Se indignaron los mexicanos de pro. Se indignaron los colombianos de pro. Unos y otros son amigos de negar la realidad. A Hillary, que es gringa de pro –altísima funcionaria, antigua primera dama– le sucede otra cosa: no la conoce.

Pues su comparación está basada en la ignorancia. Según ella, hoy en México, como en Colombia hace 20 años, los carteles del narcotráfico “empiezan a tener visos de insurgencia”. Y lo de aquí fue al revés: los grupos insurgentes, que existían desde decenios antes de que apareciera el tráfico de drogas, empezaron hace 20 años a cobrar visos de carteles del narcotráfico. Y no sólo ellos. También lo hicieron los grupos contrainsurgentes –los paramilitares protegidos por las autoridades– y muchos colombianos de pro. No fue la insurgencia la que corrompió al narcotráfico. Fue el narcotráfico el que corrompió a la insurgencia. Y a casi todo lo demás.

Esa ignorancia de la realidad sería simplemente ridícula en una persona que se encarga de las relaciones políticas y diplomáticas de los Estados Unidos con el resto del mundo, si no fuera, además, peligrosa. Pues a continuación tranquiliza Clinton a sus oyentes –los miembros del Consejo de Relaciones Exteriores, la prensa, el planeta entero– diciendo (con ingenuidad o con cinismo) que no hay que preocuparse, porque “ellos (los mexicanos) han estado muy dispuestos a aceptar consejos, y nosotros (los norteamericanos) estamos listos para ayudarles”.

O sea, en eso sí, como Colombia hace 20 años. Y previsiblemente con los mismos resultados catastróficos que para Colombia han tenido esos consejos y esa ayuda, y que ahí están para quien quiera verlos.

Los consejos (y algo más: las órdenes) consistieron en combatir la droga, convirtiéndola así en el mejor negocio del mundo: precisamente por eso se dedicaron a él también los insurgentes, y los contrainsurgentes, y mucha gente de pro. La ayuda ha consistido en traer la guerra aquí para no tener que librarla allá. Como el gobierno norteamericano se ha mostrado impotente para lograr que sus ciudadanos cumplan sus leyes y dejen de consumir drogas prohibidas, ha trasladado la obligación de combatir el tráfico a los países que las producen. Es por eso que, por ejemplo, le parece (o dice que le parece) más eficaz controlar desde las siete bases militares prestadas aquí por el gobierno colombiano la salida de buques y aviones cargados de cocaína y marihuana que hacerlo desde allá, desde los cientos de bases militares de que dispone en su propio territorio, controlando la entrada de esos mismos buques y aviones. La ayuda, para Colombia, se ha traducido en destrucción ecológica, escalada de la violencia y corrupción política y moral.

Pero desde la perspectiva de los Estados Unidos, en cambio, tanto los consejos como la ayuda de que habla Hillary Clinton constituyen un excelente trato. Por un lado, la mayor parte de los beneficios generados por la droga –que sólo es rentable porque está prohibida, y ¿por quién está prohibida?– se queda en el sistema financiero de allá. Y por otro, existen en el asunto numerosas arandelas de toda índole. La venta de armas, por ejemplo: tanto los grupos insurgentes como los carteles de la droga compran las suyas en los Estados Unidos. La incesante incautación por el Tesoro norteamericano de las fortunas de los narcotraficantes entregados en extradición a cambio de impunidad o de rebajas de pena. Cosas tan tontas, en apariencia, como la constante destrucción de las maletas de los viajeros que llegan a puertos o aeropuertos norteamericanos por parte de los aduaneros, y su necesaria reposición. Armas, maletas, cuentas bancarias, glifosato para las fumigaciones, pago de pilotos mercenarios (que la prensa colombiana, sumisa, insiste en llamar “contratistas”), insumos para la refinación de la cocaína, sobornos: vayan sumando. El negocio es redondo. Ingenua o cínica, verdadera o fingida, la ignorancia de la realidad o su falsificación por parte de la alta funcionaria norteamericana es interesada. La de los gobernantes colombianos –y mexicanos, si ahora siguen su ejemplo– es servil. Tienen alma de sirvientes.

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