Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/08/28 00:00

La reconstrucción de Bogotá

Se hará imposible el tránsito para quienes carecen de escoltas atropelladoras o de ambulancia propia

La reconstrucción de Bogotá

Quiero pensar que despuEs de Peñalosa tendrá que venir, lenta pero seguramente, una cierta reconstrucción de Bogotá. Decir esto, hoy en día, es un exabrupto, cuando la ciudadanía está encandilada con la terminación de obras nunca vistas, apeladas ‘faraónicas’, más que todo en el norte de esta ciudad de la lluvia y el atraco (como Madrid es la ciudad del Oso y el Madroño).

Me nació la idea cuando escuché spontáneamente, de labios casi infantiles, la frase: ¿A quién le tocará desbaratar lo que está haciendo Peñalosa? Y de veras, ha imperado la voluntad unívoca de un alcalde, prácticamente sin un Concejo que controle y el resultado a la vista son algunas obras maravillosas y otras que deberán ser demolidas, no importa su inmenso costo, del cual poco se habla.

Nadie dice que haya que reconstruir a San Victorino, por ejemplo. Es perfecto, aunque la mariposa puede ser mejorada. ¿Qué tal acompañarla, en otra esquina, con una estatua del humorista Jaime Garzón, que alcanzó tanta popularidad? He visto las esculturas que viene adelantando, con acierto y sin ánimo alguno de lucro, el nieto del escultor Pinto Maldonado, don Alejandro. Estatuas cuya elaboración impulsó un compugido Yamid Amat, aquel día aciago de agosto, casualmente de hace un año y de las cuales espero no se haya olvidado.

Lo de la Rebeca está bien, pero no habría sobrado que le reconstruyeran la nariz, con una adición de mármol, como a cualquiera de las divas de nuestro tiempo. En lo demás está bien, muy bien y no requiere siliconas. No destruirla, pues.

Los andenes de la calle 57, avenida Alzate Avendaño, van quedando tan anchos y vacíos como la calva del personaje que le da nombre y sólo se verán colmados a la salida de los violentos del fútbol, que no transitan propiamente por las aceras. Habrá que volverlas a su anchura natural, pues los tan odiados automóviles no van a ser desplazados de la ciudad por la locura transitoria de un alcalde en bicicleta.

Lo mismo se diga de los andenes —y vaya uno a saber si también ciclorrutas— que se están construyendo en la congestionada carrera 13 de Chapinero. Estos sí corresponderían a una circulación peatonal de alguna importancia y al relieve del comercio, pero la vía, ya de suyo estrecha, no admite tal reducción de carriles, donde un bus varado o esperando llenarse de pasajeros, hará imposible el tránsito para quienes no tienen escoltas atropelladoras o ambulancias que finjan llevar a un herido.

En el sur, el alcalde Peñalosa no ha hecho mayores daños. Allí habrá que aplicar algunos dinerillos, que hayan quedado o vender el Palacio Liévano, para repavimentar. Y, si es posible, dejando el asfalto por debajo de las aceras, no por encima de su nivel. El Transmilenio está quedando bien, pero ¿esta obra descarta el metro? ¿Es, acaso, provisional?

Bien lo que se ha hecho por la avenida de El Dorado, aunque parece no muy sólida la capa asfáltica, pero conviene a toda la ciudad, pues cae en su centro umbilical. Quedarán bellas alamedas para los ricos, algún parquecillo para los pobres y otro para los muertos y, para compensar, el populista desalojo del Country. Este club se ha ido varias veces para las afueras y es la ciudad la que le llega y, claro, en portería no la dejan pasar, porque no es socia. Si, como dicen, esos campos son algo muy bello, aunque exclusivo, no es raro que Peñalosa quiera disponer de ellos a su antojo.

Las ciclorrutas son absurdas, no tienen continuidad posible o muy peligrosa en las bocacalles. No todo el mundo ama este deporte, porque es un deporte, y a nadie (y menos a C. Ll. de la F.) se puede obligar a sostenerse sobre el desequilibrio de dos ruedas. Peor aún si no se tiene la edad, ni las piernas, ni el clima lo propicia, ni la inseguridad rampante lo permite. No es esta la ciudad de Tours. Destruirlas es lo que toca, con el pesar por los miles de árboles sacrificados. Los que ha plantado el Jardín Botánico, como junquillos defoliados, darán su sombra dentro de 20 largos años.

En lo jurídico, es de esperarse que no ocurra el despropósito de convocar a una consulta popular, cuyos efectos obligatorios sean diferidos al año 2015, de nuestra era. Los que hoy votan porque no haya vehículos en absoluto, en las horas pico (o sea, porque no haya horas pico), en alguna proporción habrán fallecido al llegar esa fecha. Otros, que hoy son infantes, habrán alcanzado la edad ciudadana, y se encontrarán con que una generación anterior y un alcalde extravasado de funciones ya han decidido por ellos.

Cada alcalde manda en su año. Espero que Clopatofsky, mi candidato sin posibilidades, reconstruya la ciudad, demoliendo lo que corresponda de la arbitrariedad reinante, recobre el respeto por la ciudadanía y permita circular en ruedas equilibradas.

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