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Opinión

  • | 2011/09/17 00:00

    La reelección de Santos

    Bastaría con la experiencia de las dos presidencias consecutivas de Uribe para mostrar lo dañino que puede ser un presidente candidato.

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La propuesta de reelección de Juan Manuel Santos a la Presidencia cuando lleva ocupándola apenas un año y no ha empezado a hacer nada parece un mal chiste; pero, por supuesto, no lo es. Parece un chiste porque en estos pocos meses no ha hecho nada que justifique desde ya su permanencia a la cabeza del Estado. Ha hecho propuestas, sí, algunas de ellas excelentes; pero no han pasado de la etapa de propuestas, o a lo sumo? de leyes. Me recuerda a Alberto Lleras, que de tiempo en tiempo se sorprendía, siendo presidente, de lo que pasaba en torno, y echaba un discurso por la radio. Seguía considerándose un periodista. O, más exactamente, un editorialista (de El Tiempo): opinaba, en vez de gobernar.

Santos ahora sale, denuncia, propone, anuncia. Pero siguen intactos los estragos del invierno (del anterior: ya estamos en el otro); destruidas las carreteras que heredamos de los ocho años de ineptitud de Andrés Uriel; abandonados a su suerte los desplazados del campo (se les han dado tierras a unos cuantos cientos de familias, de entre los millones que fueron expoliadas, y de pasada han sido asesinados varios líderes de la recuperación); crecido el accionar de la guerrilla y de las bacrim; peor que nunca el caos de la salud (Santos denuncia el fraude de las EPS, pero a la vez las premia entregándoles el control de los recursos del régimen especial de salud que tenía el magisterio). Y a la vez que promueve de palabra la unidad de América Latina, con María Emma Mejía incluida en el paquete de Unasur, Santos es el único dirigente de la región que se opone al reconocimiento de Palestina como Estado por no llevarles la contraria a los Estados Unidos y no ofender a Israel, su gran proveedor de armas y su principal guía en materia de inteligencia y de contrainteligencia.

De modo que la propuesta de la reelección de Santos no solo parece un chiste, por lo prematura, sino un chiste malo. Porque, con su predecesor Álvaro Uribe todavía trinando por la herida, está muy fresco el recuerdo catastrófico de lo que fue su reelección: en sus métodos y en sus resultados. Si Santos está teniendo a diario que "graduar de corrupto" al gobierno de Uribe, como se queja este, es fundamentalmente por la ola de corrupción desaforada que, aunque se incubó en el primer gobierno, se desató en el segundo. Pues es un hecho bien sabido, comprobado en todos los países del mundo, que la corrupción crece en función de la perpetuación de las personas o los partidos en el poder.

Y sin embargo, digo, el chiste malo de la propuesta reeleccionista no lo es. Va en serio. De parte de su más claro proponente, el jefe del liberalismo Rafael Pardo, a quien por lo visto se le va a ir la vida proponiendo reelecciones presidenciales. Pero también de parte de la Unidad Nacional en su conjunto, que de antemano parece acomodada a (por lo menos) ocho años de poder compartido. Así comenzó el Frente Nacional, y duró casi para siempre.

De Juan Manuel Santos se ha dicho que lleva toda la vida preparándose para ser presidente, y que todas las puntadas que ha dado han tenido por objetivo ese dedal: desde su ingreso a la Escuela Naval cuando era adolescente hasta sus sucesivos ministerios bajo distintos gobiernos. Por lo visto, en esas sigue (aunque lo niegue sin demasiada convicción). Pero bastaría con la reciente experiencia de las dos presidencias consecutivas de Álvaro Uribe para mostrar lo dañino que puede ser para un país un presidente que es a la vez candidato a la Presidencia: no gobierna, sino que busca votos. Eso hizo Uribe desde su fallido referendo "contra la corrupción y la politiquería", cuya derrota en las urnas lo convenció de que lo que los colombianos querían era más corrupción y más politiquería; y se dedicó a darles gusto. Porque lo propio de un presidente candidato es hacer campaña electoral, en vez de gobernar.

No solo aquí: lo vemos en todos los países en los que la figura de la reelección presidencial existe: en la Argentina de Cristina de Kirchner, en la Francia de Nicolas Sarkozy, en los Estados Unidos de Barack Obama. Y este es el caso que mejor ilustra el daño. En vez de dedicarse a gobernar según las líneas que había expuesto como candidato y que lo llevaron a la Presidencia montado en un resurgir de esperanza, Obama se ha dedicado a hacer campaña electoral sobre líneas más cercanas a las marcadas por sus ultraderechistas rivales republicanos. Con el probable resultado paradójico de que en los Estados Unidos, un país en el cual la reelección del presidente en funciones es prácticamente automática, Obama va a perder la suya. Y en vez de gobernar ocho años, como casi todos, no lo habrá hecho ni siquiera los primeros cuatro.

La reelección presidencial de Santos no solo es prematura. Muy probablemente es además suicida.
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