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Opinión

  • | 2012/07/14 00:00

    La reelección

    Pero de golpe al presidente se le empezó a venir el escaparate al suelo. No por falta de comunicación, como quiso explicar él mismo (pues si algo ha tenido su gobierno es un exceso de comunicación: un exceso de anuncios); sino por sobradez.

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Sin que se supiera a qué horas, el verbo 'reelegir' se volvió reflexivo: 'reelegirse'. Como si el elegido se eligiera a sí mismo. Y sí: lo que parecía un error gramatical se convirtió por arte de birlibirloque en una verdad política. El elegido se reelige a sí mismo. Como suele suceder, la palabra crea el hecho que designa. En el principio era verbo. Una vez inventada, de la reelección no hay duda.

Y todo el problema se reduce a saber si el presidente Juan Manuel Santos quiere reelegirse o no.

Pero, como suele también suceder, el problema es otro.

El problema de la reelección, y no solo en Colombia sino en países con una democracia más sólida que la que hay aquí (que es más que todo, justamente, una democracia tan solo de palabras), es que convierte al elegido en candidato. Ya no se lo juzga, ni se juzga él, por las realidades de su gobierno, sino por sus promesas de futuro. Desde que se votó en el Congreso (comprada) la reelección del presidente Álvaro Uribe, la discusión se centró en si lograría su prometida victoria militar sobre la guerrilla en su segundo gobierno; el cual a su vez se fue en la tentativa, finalmente infructuosa, de obtener una segunda reelección. Desde que comenzó el gobierno de Santos no se habla de nada distinto que de su reelección, hasta el punto de que uno de los primeros anuncios de este gobierno de anuncios que ha sido el suyo consistió en negar que la fuera a buscar.

Ese anuncio no se lo creyó nadie, pero los demás sí. El de la restitución de tierras y la reparación a las víctimas, el de las cinco locomotoras de la prosperidad, el de la llave de la paz. Y hasta hace pocos días, llegando casi a la mitad de su cuatrienio, parecía que la reelección iba a ser fácil, pues todo le venía saliendo más o menos bien. Con excepción del Polo Democrático, tenía comiendo en la mano a todos los partidos, y a la prensa apaciguada, y satisfechos a los gobiernos de los países vecinos (y al de los Estados Unidos también), y contentos a los magistrados de las altas cortes. Hasta de las Farc se oían ruidos de negociación. La reelección no anunciada se daba por hecha.

Pero de golpe al presidente se le empezó a venir el escaparate al suelo. No por falta de comunicación, como quiso explicar él mismo (pues si algo ha tenido su gobierno es un exceso de comunicación: un exceso de anuncios); sino por sobradez. Las protestas estudiantiles lo forzaron a abortar la publicitada reforma a la educación; la indignación de la opinión lo obligó a objetar la reforma de la Justicia que había impulsado su gobierno y que el Congreso había aprobado dócilmente; tuvo que postergar las previstas reformas tributaria y pensional; la Cumbre de las Américas resultó un costoso fiasco; las locomotoras de la prosperidad están paradas, con excepción de la de la minería, y esta empieza a verse como una amenaza; lo mismo ocurre con los tratados de libre comercio firmados con entusiasmo a troche y moche sin hacer bien las cuentas. Por añadidura el orden público está de nuevo en entredicho, tanto por las acciones de la guerrilla como por las de las llamadas bacrim, que fueron capaces de paralizar varios departamentos en protesta contra la política (apenas anunciada) de restitución de tierras a los campesinos despojados. En las encuestas la popularidad de Santos ha descendido considerablemente.

Solo falta que entre en erupción el volcán nevado del Ruiz, que está en alerta naranja.

Pero le quedan todavía dos años de gobierno a Santos: dos años de manejar el presupuesto. Y desde el rincón más inesperado ha vuelto a sonreírle la fortuna: el expresidente Álvaro Uribe, que de todos los colombianos es el único que no puede volver a ser elegido presidente por explícito mandato constitucional, se ha convertido de repente en la cabeza visible de la oposición política con un partido nuevo, el Puro Centro Democrático, y dos precandidatos viejos, Óscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez. Nada podía convenirle más al candidato Juan Manuel Santos.
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