Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2003/07/27 00:00

La reelección

La principal razón para rechazar toda tentación de reelegir a Uribe salta a la vista: y es que su primer año de gobierno ha sido catastrófico

La reelección

No se ha cumplido todavía el primer año de la presidencia de Alvaro Uribe, y ya se está hablando de reelegirlo para otros cuatro. Me parece una insensatez. Por razones generales, en primer lugar. Toda reelección es mala, o al menos ha sido mala en Colombia, y muy en particular las reelecciones de presidentes de la República. No han sido muchas, es cierto, pero si no han sido muchas es precisamente porque los electores saben que son malas. La más reciente fue, en 1942, la de Alfonso López Pumarejo. Y él, que en su primer período había sido sin duda el mejor presidente que había tenido Colombia desde los tiempos en que el general Santander, como vicepresidente, estaba encargado de la Presidencia en sustitución de Simón Bolívar, fue en esa segunda vuelta tal vez el peor. Desgobernó. Exasperó al país. Dividió a su partido. Tuvo que renunciar e irse. Y dejó como herencia los horrores de la dictadura civil conservadora y la Violencia interpartidista. Es por eso que, escaldados, los votantes colombianos no han vuelto nunca a reelegir a ninguno de los presidentes que han elegido, por mucho que ellos lo hayan intentado. ''Es que me faltó terminar mi obra", clamaba Carlos Lleras, que ni siquiera la había empezado: y el electorado prefirió a Turbay, con todo y ser Turbay. "Uno dos y tres, López otra vez", canturreaba López Michelsen, como si alguien deseara semejante cosa. Y el electorado escogió a Betancur. Porque si bien es cierto, como he escrito aquí mismo muchas veces, que todo gobernante de Colombia es todavía peor que su antecesor, también lo es que sería peor aún, "más peor", como se dice, si fuera sucesor de sí mismo. Porque a las malas mañas que suelen desarrollar los presidentes sumaría las mañas peores que desarrollan los ex presidentes. Imagínense ustedes al que quieran otra vez: a Samper otra vez, a Pastrana otra vez. Y tiemblen. O a Uribe otra vez: este Uribe que casi ni siquiera ha empezado. Con lo cual paso a las razones particulares para considerar insensata la propuesta de su reelección, echada a rodar por tres docenas de parlamentarios, coreada con entusiasmo por la prensa y la radio, y sólo levísimamente rechazada por el propio Uribe, que cuando no lleva todavía ni un año de Presidente ha desarrollado ya ese vicio de ex presidente que es el de declararse retirado de la política. Rechaza la propuesta de su reelección, pero sólo de labios para afuera: quisiera ser un Fujimori o un Menem. De ahí su insistencia en el inocuo referendo, el cual, aunque tenga las alas despuntadas por la Corte Constitucional, sigue siendo lo que fue desde un principio: un plebiscito a la persona del presidente Alvaro Uribe. Tras el referendo, la reelección. Tras la reelección, la proclamación de la presidencia vitalicia, y luego hereditaria. Sobran los ejemplos. La principal razón particular para rechazar toda tentación de reelegir al presidente Uribe salta a la vista: y es que su primer año de gobierno ha sido catastrófico, aun comparado con lo que fue el casi imposible de empeorar gobierno de Andrés Pastrana. Un año de empeoramiento de la situación de orden público: más bala que nunca. Leo en el periódico del 25 de julio, como botón de muestra, el resumen de la última semana: seis atentados, veintidós combates, tres masacres, veinticinco secuestros, cuarenta y ocho homicidios "ligados al conflicto" y tres campos minados. Sobre los desplazados por esa desaforada violencia informaba el periódico de la víspera: son dos millones (yo creo que mal contados). Y esos datos se refieren a la casi totalidad de los departamentos del país: Atlántico, Bolívar, Cesar, Sucre, Córdoba, los Santanderes, Antioquia, Cundinamarca, Arauca. Tal vez la única excepción sea San Andrés y Providencia, que tiene otros problemas. Y acompañando a eso, este primer año de Uribe ha sido también un año de agravamiento de la pobreza, complicada con la multiplicación del desempleo y rematada con el aumento de la corrupción. Un aumento no sólo tolerado, sino claramente amparado y espoleado por el propio Presidente: pues tal vez ninguno de sus predecesores se hubiera atrevido a mantener en su cargo a alguien con un rabo de paja tan frondoso como su ministro de Interior y Justicia, Fernando Londoño. Ese respaldo es un mensaje: si Londoño sigue ahí tan campante, todo está permitido. Y a pesar de lo que ha sido este año, se habla de reelección; y según las encuestas de opinión los colombianos siguen apoyando al presidente Uribe mayoritariamente: en un asombroso 75 por ciento. En vez de ver y juzgar los resultados prácticos de sus métodos de gobierno, siguen hipnotizados por el error de juicio que los llevó a elegirlo Presidente en primer lugar: el de pensar con el deseo. Por eso, por deseoso, este país impaciente se hunde cada vez más en el horror. Yo confío, sin embargo, en que despertará algún día. Y espero no estar pensando yo también con mi deseo.

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