Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2010/05/08 00:00

La reestructuración de Santos

Santos debe convencer a los uribistas descarriados de que la inmensa mayoría de los agentes de la fuerza pública han actuado dentro de la legalidad.

La reestructuración de Santos

Necesaria y oportuna la reestructuración de la campaña de Santos. El aluvión verde le ha estado restando mucha intención de voto entre las clases medias y altas de las ciudades. Paradójicamente, muchos de estos nuevos votantes verdes son uribistas. Y Santos los podría volver a recuperar. Claro, si hace lo debido.

Hasta ahora la campaña de Santos parecía haberse enredado al intentar diferenciarse de Uribe, su gobierno y su partido (adoptó un naranja indescifrable), y al mismo tiempo reivindicarse como el continuador de su obra y sus políticas. Al final, ganó la pérdida de identidad. Para empezar, el Partido de la U, el principal apoyo de las políticas de Uribe, desapareció de la campaña, se volvió invisible en su publicidad. Tal vez la campaña estaba buscando, de manera simbólica, tomar distancia de la clase política tradicional, de los escándalos del gobierno y del estilo pendenciero de Uribe. Pero fue un paso en falso, en el que se empezó a perder su principal capital político: la garantía de representar la continuidad de los propósitos y las políticas del gobierno de Uribe.

¿Por qué Mockus, en cambio, ha ganado tantas adhesiones uribistas? Primero, porque él nunca ha sido antiuribista, nunca ha criticado las políticas gubernamentales y no está proponiendo -si es que propone algo- desmontarlas y cambiarlas por otras distintas. Si Mockus fuera anti-Uribe, muchos uribistas no estarían con él y tal vez no hubiera remontado tanto en las encuestas. Estaría acompañando a los antiuribistas, Petro y Pardo, en el fondo de las encuestas. Segundo, porque sin estar en contra de Uribe ha logrado proyectar una imagen virtual, una percepción de transparencia, de distancia de la clase política tradicional y de los escándalos, así como un estilo afable y no pendenciero. Así, ante muchos sectores de opinión, Mockus se quedó con el género de las políticas de Uribe y sin los pecados que le endilgan al uribismo. Santos ha corrido el riesgo de lo contrario: quedarse injustamente con los pecados del uribismo, pero sin el género de legítimo heredero y confiable continuador de las políticas de Uribe.

Por eso Santos debe rectificar el rumbo y apostarle a que se le identifique como el continuador más confiable de las políticas de Uribe, para lo cual debe: 1) lograr que el público rechace el falso dilema sobre el que está montada la campaña de Mockus, y 2) reemplazarlo por el verdadero dilema hacia el que debe desembocar el debate electoral. Veamos.

El falso dilema: legalidad contra seguridad. Es una disyuntiva totalmente artificial y sofística. Dejarla propagar, como hasta ahora se ha hecho, es aceptar que la seguridad tiene que ser ilegal o que la legalidad es, por definición, insegura. Santos debe convencer a los uribistas descarriados de que la seguridad democrática ha sido, es y seguirá siendo legal. Que la inmensa mayoría de los agentes de la Fuerza Pública siempre han actuado dentro de la legalidad, y que la abrumadora mayoría de sus operaciones también ha respetado las leyes. Es más, que tanto en términos absolutos como relativos las acusaciones contra funcionarios del Estado por violaciones a los derechos humanos han descendido durante el presente gobierno. Que el éxito de la política de seguridad y la recuperación de la tranquilidad se ha logrado dentro de la más absoluta y rigurosa legalidad. Y que las acciones irregulares han sido excepcionales, no han correspondido a políticas de Estado, y este gobierno ha tomado las medidas más drásticas para erradicarlas y para castigar a los responsables. Así, pues, que es falso, artificial y maniqueo dividir el mundo entre honrados y legales, los verdes, y corruptos e ilegales, los demás.

El verdadero dilema: confianza contra incertidumbre. Hay que convencer al país de que en todos los temas cruciales Santos sabe para dónde va, lo ha dicho, y alista leyes y decretos para convertir rápidamente en política pública esos propósitos; Mockus, por el contrario, se protege detrás de generalidades y abstracciones, o improvisa opciones de las que después se arrepiente. Santos tiene un criterio formado y firme sobre los problemas nacionales; Mockus habla, se equivoca, corrige y repite el ciclo sin cesar, como lo demostró con sus declaraciones sobre la extradición de Uribe, su admiración por Chávez, la abolición del Ejército Nacional y el aplazamiento de la modernización industrial. Con un Congreso favorable, Santos arrancará a gobernar desde el primer día; sin bancada parlamentaria, a Mockus le tomará al menos un año empezar a gobernar, como le pasó en la Alcaldía de Bogotá. En fin, hay que convencer a todos los uribistas y a los independientes de que es mejor el confiable Santos conocido, que el incierto Mockus por conocer.

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