Viernes, 20 de enero de 2017

| 2010/08/30 00:00

La reforma electoral verde

Hay que apoyar la reforma electoral para que sea aprobada en el Congreso porque se trata de la más ambiciosa que se ha propuesto en el país y somos los ciudadanos los primeros beneficiados.

José Fernando Flórez

El sistema electoral es la piedra angular para el funcionamiento de un régimen político. Es el primer factor de impacto sobre el comportamiento del elector y el elegido, y por lo tanto la herramienta más fácilmente manipulable por los reformadores para obtener cambios sustanciales, en contraste con los otros dos componentes básicos de la armadura institucional: tanto la naturaleza del régimen (presidencial o parlamentario) como el sistema de partidos (bipartidismo o multipartidismo) suelen ser productos primordialmente históricos, variables dependientes de factores socio-estructurales ajenos a la mano del legislador.

Sin adornos, el sistema electoral es el conjunto de normas que determina la forma cómo los votos se convierten en escaños. Todo sistema electoral plantea una tensión fundamental entre los objetivos de representatividad y gobernabilidad, según sea prevalentemente proporcional (las curules se reparten en proporción a los votos obtenidos por cada partido) o mayoritario (winner takes all, como ocurre por ejemplo en las legislativas de Inglaterra). En otras palabras, entre más partidos competitivos y curules existan, más representado estará el voto de los ciudadanos; y, de otro lado, para el Ejecutivo, gobernar con menos partidos y parlamentarios resultará siempre más cómodo.

A su vez, la representatividad, es decir, la correspondencia entre los votos obtenidos por los partidos y su traducción en curules (efecto reflejo), varía en función del tamaño de las circunscripciones electorales: entre más grande sea la circunscripción, mayor será la posibilidad de que pequeños partidos accedan a representación.

Esta tensión entre representatividad y gobernabilidad se desdobla en una segunda entre participación y fortaleza de los partidos. Fortalecer los partidos significa reducir la posibilidad de presentar candidaturas independientes o personalistas, por parte de personas extrañas a la estructura jerárquica interna de la organización partidista (“rosca”, en su nombre coloquial). De ahí lo crucial de acompañar cualquier reforma que busque vigorizar los partidos con mecanismos democráticos internos vinculantes que le permitan a cualquiera de sus miembros acceder a las candidaturas en forma competitiva. Lo contrario equivale simplemente a trasladar la exclusión en el sistema electoral, del exterior al interior de los partidos.

Todas las reformas electorales realizadas hasta ahora a la Constitución del 91 (cifra repartidora, aumento del umbral y endurecimiento de los requisitos para acceder a la personería jurídica, régimen de bancadas), han estado dirigidas a favorecer la gobernabilidad, robusteciendo los partidos con desmedro de la representatividad. Todo lo cual, insisto, no habría estado mal si se hubiera acompañado de mecanismos democráticos intrapartidistas fuertes, que no ha sido el caso.

Hechas estas precisiones quiero formular algunas observaciones al proyecto de acto legislativo que presentó el senador del Partido Verde John Sudarsky para hacerle una reingeniería al sistema electoral colombiano. La propuesta busca implementar un sistema “mixto equilibrado” de elección para el Congreso, inspirado en el modelo alemán. Uno que combina los dos tipos de representación, mayoritaria y proporcional, para ambas cámaras, mediante la creación de distritos uninominales (DUN) para proveer el 70 por ciento de curules a la Cámara y el 60 por ciento al Senado, dejando los porcentajes restantes de escaños para las respectivas circunscripciones proporcionales: las regiones en el caso dela Cámara, y la circunscripción nacional en el del Senado.

Desde la concepción en 1949 del sistema electoral “proporcional personalizado” alemán, se le ha entendido como la superación de la dicotomía clásica proporcional/mayoritario, toda vez que logra recoger los beneficios que ofrecen ambos modelos. Dicho de otra forma, la principal ventaja de los sistemas mixtos equilibrados es que consiguen balancear el personalismo de las candidaturas con la lógica del voto de partidos.

Desde esta perspectiva, la propuesta es un gran acierto por cuanto al tiempo que fortalece los partidos con la eliminación del voto preferente y la creación de nuevas circunscripciones más pequeñas, favorece la representatividad con las circunscripciones nacionales y regionales, y refuerza este componente proporcional al trasladar los votos obtenidos por los candidatos que no alcanzan representación en los DUN, al caudal de su partido, para efectos de obtener curules en las otras circunscripciones, eliminando así el fenómeno de pérdida de sufragios.

Paralelamente, la reforma es revolucionaria porque le apuesta a fortalecer el vínculo entre elector y elegido, localizándolo territorialmente para facilitar el control de gestión. Sin duda, la mayor virtud del proyecto es que ataca la principal distorsión de las democracias representativas, que consiste en que los parlamentarios no sólo carecen de mandato imperativo (no es posible exigirles jurídicamente ninguna propuesta concreta una vez son elegidos por los ciudadanos) sino que, en razón de las circunscripciones excesivamente grandes, resulta imposible establecer una identidad clara entre cada congresista y una parte específica del electorado, que facilite las relaciones de rendición de cuentas.

En otros términos, el objetivo toral de la propuesta de Sudarsky es hacer más específica la representación para empoderar a los ciudadanos frente a sus representantes en el Congreso: reivindicar el deber de rendir cuentas que tienen los elegidos, acercarlos al elector haciendo su relación más transparente y por consiguiente los compromisos adquiridos en campaña más fácilmente exigibles durante la legislatura. Allí radica el mérito excepcional del proyecto, en que por primera vez el objetivo de una reforma electoral gravita alrededor del elector, de su capacidad de control en el campo político parlamentario, pero también incentiva su intervención activa pues la iniciativa se acompaña de la recuperación de conceptos como la planeación y el presupuesto participativos: elementos de democracia participativa que sirven de correctivo a los límites que plantea la mera democracia representativa.

Todo lo cual beneficia también al político ya que le permite concentrarse en un territorio y un electorado específicos, reduciendo los costos de campaña y recuperando la fluidez en la relación de representación. Absurdamente, en el estado actual de cosas no sólo el ciudadano no sabe bien quién es su representante sino que éste, aun teniendo la voluntad de hacerlo, no sabría ante quién rendir cuentas.

Por todo lo anterior, en términos de responsabilidad democrática la aprobación del proyecto significaría un avance sin precedentes en el régimen político colombiano. No exagera el senador proponente cuando afirma que esta reforma "cierra la brecha entre la sociedad y sus representantes". Construir democracia en forma vertical, desde abajo, a partir de la relación entre el ciudadano de a pie y su representante, es un propósito encomiable en cualquier democracia, sin importar el modelo electoral que se escoja. Localizar grupos de ciudadanos y asociarlos en la forma más directa posible a un representante, redunda básicamente en que será más fácil la labor de exigencia, control y sanción ciudadana.

Una apreciación crítica para terminar: brilla por su ausencia en el proyecto la obligación para los partidos de adoptar mecanismos democráticos específicos para la selección de los candidatos. Aunque resulta imperativo acompañar el fortalecimiento de los partidos con su democratización interna, la reforma guarda silencio al respecto (tal vez por razones de viabilidad política) dejando sin subsanar el déficit democrático intrapartidista actual que le resta legitimidad a las candidaturas.

En suma, a pesar de tratarse de la reforma electoral más ambiciosa que se ha propuesto en Colombia, pues supondría una verdadera transformación en el ejercicio del poder legislativo, el proyecto no ha recibido la atención mediática debida. Esta iniciativa tenemos que apoyarla activamente los ciudadanos para que sea aprobada en el Congreso (donde es de prever una dura resistencia de los políticos tradicionales) por cuanto somos nosotros, junto con la democracia, los primeros beneficiados.


Candidato a Doctor (PhD) en Ciencia Política por la Universidad París II Panthéon-Assas
http://iuspoliticum.blogspot.com  
Twitter: florezjose  

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