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Opinión

  • | 2011/12/21 00:00

    La renuncia pública

    Camilo Jiménez vendría a lucir como un mecánico cansado de recibir carros dañados; Carolina Sanín, un payaso que insulta al público que no sonríe, un mendigo enojado porque no recibe limosna alguna.

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Leo que un grupo de estudiantes de la Universidad de Harvard renuncia a un curso de introducción a la economía, impartido por el macroeconomista Greg Mankiw, en rechazo a una ideología conservadora que contribuye a perpetuar la desigualdad social. Leo a un profesor de la universidad Javeriana que hace lo propio en su cátedra de comunicación social, porque sus estudiantes no logran redactar bien un párrafo. Leo a una columnista de El Espectador que no se queda atrás, pues también deja su espacio de opinión arguyendo que odia convivir con una sociedad y en una ciudad, simplemente, detestables. Leo, entonces, que la renuncia está de moda.
 
En breve, me ocupo de digerir las críticas numerosas y mordaces que no se hacen esperar. Si fuese sensato, según afirma el mismo Mankiw, aquel grupo de estudiantes sabría que no es posible proponer soluciones económicas viables desconociendo las teorías clásicas. Poco decorosa luce también la renuncia del profesor Camilo Jiménez, de cara a gran parte de la comunidad académica, en la que me incluyo. Porque leyendo entre líneas la perorata que publica él culpa a los estudiantes del que, más bien, sería el descubrimiento tardío de su falta de vocación para enseñar (aun cuando intente arreglarlo con aclaraciones posteriores). Pero sin duda alguna es la última renuncia la que más despierta indignación: Carolina Sanín, una pluma impecable que convierte un espacio de opinión en uno de esos soliloquios narcisistas, tan presente en las redes sociales, no solo se va sino que lo hace ofendiendo a sus lectores. A los que hacen parte de la misma sociedad que ella tanto detesta. 
 
Son reacciones viscerales, pienso, siempre sujetas a lecturas superficiales, y que requieren entonces de una reflexión más profunda y prudente. En un intento por realizarla, hasta donde la sensatez y la honestidad intelectual me alcanzan, sólo puedo encontrarle justificación a la primera renuncia pública –si es que cabe llamarla así–. Porque Mankiw tendrá que hacer un par de cambios a su programa de economía, aunque sean mínimos. Y el precedente servirá para que estudiantes de todo el mundo sepan que en la academia no existen ‘vacas sagradas’ ni autores obligados. De ahí que mi justificación no apunte al hecho mismo, en tanto que renuncia (¡¿Quién no tiene derecho a hacerlo?!), sino a su carácter público.
 
Toda renuncia pública de libre elección, creo, tiene el objeto de sentar un precedente. Uno que, de ser constructivo y de cara justamente al público, justifique la inconformidad. Porque si bien ya no para el perjudicado, sí para los demás, el fin último es la irrepetibilidad. Así, en la interpretación más crítica, Camilo Jiménez vendría a lucir como un mecánico cansado de recibir carros dañados; Carolina Sanín, un payaso que insulta al público que no sonríe, un mendigo enojado porque no recibe limosna alguna. En la más indulgente, y para no caer en la tentación de señalar una falta de tacto con propósitos de figuración mediática, tendríamos que aplaudir el esfuerzo de Jiménez y Sanín por señalar las carencias de nuestra sociedad, por ayudarnos a mejorar con su crítica constructiva.
 
Quien interprete el hecho de esa manera indulgente ignorará, sin embargo, que de dichas carencias ya somos más que conscientes, y que no vamos a renunciar a la tarea de remediarlas. Ignorará que esas carencias son aún peores, para nuestra desgracia, porque si bien Jiménez y Sanín tienen razón en lo que dicen, el problema es que lo digan sin más ni más. Son la estirpe de doña Fernanda del Carpio. De aquel personaje funesto que, valga recordarlo, no solo llega con ínfulas de grandeza y dispuesto a no mover un dedo para mejorar aquello que critica (todo) sino que también marca el principio de la decadencia de Macondo.
 
Ya quisiera yo también tener más tiempo para dedicarme a escribir. Tendría que renunciar a la cátedra, en la que no pagan durante cuatro meses al año, en la que con gusto se corrige, incluso, a los profesores que tampoco saben escribir. Tendría que renunciar a este espacio ‘ad honorem’, o comprar un carro e irme lejos, a donde los del Carpio no quieran llegar. Tendría que suicidarme, renunciando al mundo de una buena vez, por las deudas que dejó la maestría y obstaculizan el doctorado. Pero qué gran fortuna que el mundo no sea un jardín de rosas, que gran parte de la felicidad radique en tener algo por que luchar. Bien dice Wittgenstein que el feliz y el infeliz comparten el mismo mundo, que el problema no es el entorno sino el sujeto.
 
Como si la respuesta fuera un evidente “Nadie”, me he atrevido a preguntar si había alguien que no tuviera el derecho a renunciar. Pues permítanme recordarles, profesores Jiménez y Sanín, que son millones de colombianos los que –trabajando hasta más allá del cansancio y a cambio de una manutención básica– no tienen el más mínimo derecho a hacerlo. Como no tienen tampoco el tiempo de leer un periódico y, mucho menos, para la fortuna de ustedes, un espacio de opinión. De lo contrario, sospecho que medio país se sentiría más que irrespetado con las razones y la forma de su renuncia.
 
En suma, renunciar es un privilegio que pocos gozan. Lo que está bien, toda vez que de no ser necesario no se haga público. Esperemos que no termine renunciando también la fiscal Vivianne Morales, a pesar de las presiones del amable locutor Francisco Santos, y de tantos otros.
 
Deseos buenos para esta navidad y el año nuevo que comienza: este Macondo aún puede reconstruirse.
 
Twitter: @Julian_Cubillos
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