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Opinión

  • | 2009/11/01 00:00

    La revancha de Reinaldo.

    El trabajo de Rueda no es fruto de la suerte, la rosca, las lágrimas o las promesas al señor milagroso de Buga.

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Montados en el bus de la victoria, muchos colombianos celebran como propia la clasificación al mundial, que de la mano de Reinaldo Rueda obtuvo la selección hondureña.

Al terminar la eliminatoria para Alemania 2006, parte de la afición e incluso sectores de la prensa pidieron en coro la salida de Rueda, entonces técnico de Colombia. Lo calificaron de inepto y falto de carácter. Ahora cambiaron de bando, con una habilidad que haría sonrojar a más de uno de los congresistas de Cambio Radical. Aclaman su nombre como el salvador, luego de presenciar la debacle en que terminó la reciente eliminatoria.

Sin embargo, para desilusión de tanto oportunista suelto, debe decirse que el triunfo es de Rueda, y sólo de Rueda. En absoluto lo es del país que con una grosería que rozó en el desprecio le dio la espalda hace cuatro años.

No obstante, sin intentar presumir de triunfos ajenos, resulta justo hacer un reconocimiento al técnico vallecaucano, que con seriedad, trabajo y un proceso serio, llevó a la selección hondureña de vuelta a un mundial de fútbol después de 28 años.

En este país donde ante la improvisación solo queda esperar milagros, sorprende el trabajo de un tipo como Rueda, que no es fruto de la suerte, la rosca, las lágrimas o las promesas al señor milagroso de Buga. No. Es fruto de un proceso que involucra –mas allá de sus estudios en Europa- la dirección de combinados regionales y nacionales en todas las categorías, incluyendo su experiencia frustrada en la Selección Colombia de mayores.

Frustrada, entre comillas, si se tiene en cuenta que recibió el equipo en estado comatoso, de parte del desvergonzado Francisco Maturana, quien con su 8 por ciento de rendimiento dejó casi un muerto insepulto. El mismo que Reinaldo en una campaña titánica logró revivir para perder la clasificación a Alemania en la última fecha, y apenas por diferencia de goles.

Pero Rueda -pese a ganar más puntos en menos partidos de los que lograron Pinto y Lara juntos- contrariando la mentalidad imperante en un país que duerme en sus laureles, aprendió de sus errores. Continuó trabajando y actualizándose, hasta que un llamado de la federación hondureña en 2007 le brindó la oportunidad de la revancha.

Allí, aquel hombre que llegó a Tegucigalpa manejando un bajo perfil, se transformó en una especie de Mesías. A punta de trabajo esforzado y silencioso, conformó un cuerpo técnico que logró la hazaña de clasificar a la modesta selección centroamericana para el mundial, después de continuas frustraciones.

Con todo lo dicho es claro que Rueda, sin ser perfecto –su inveterada lentitud para efectuar cambios en momentos críticos se ha minimizado pero no se ha ido del todo- es la única opción aceptable, entre los técnicos colombianos, para asumir las riendas de la selección rumbo al próximo mundial. Esto con perdón de los entusiastas que vienen mencionando con fuerza el nombre de Leonel Álvarez, quien si bien puede tener mucho futuro, hasta ahora como entrenador no le ha ganado a nadie.

En todo caso, es bien difícil que Rueda con un mundial encima, esté dispuesto a trabajar con los mismos que en su anterior paso por la selección lo sacaron por la puerta de atrás. Olvidaron que lidiaban con algo con lo que claramente no están acostumbrados: un profesional.

Lo mejor que se puede desear al caleño en este momento es mucho éxito, eso si, antes de que la sal que suele verter este país en sus hijos caiga sobre él. Ante todo ahora que muchos resolvieron que Honduras será Colombia en el mundial, como hace cuatro años lo fue Ecuador o como siempre lo es cualquier equipo en el que un colombiano sirva, así sea de aguatero, diseñador de uniformes, catador de los huevos del desayuno o consejero espiritual.
 
*Andrés Garavito es coautor del libro Bestiario del Balón.

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