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Opinión

  • | 1999/06/21 00:00

    LA REVOLUCION DE LOS BRASIERES

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Si de la revolución francesa quedó la guillotina, de la revolución rusa quedaron la hoz y el
martillo y de la revolución cubana quedó la figura barbada del Che, el símbolo de esta revolución es el brasier.
Pero esta revolución, a diferencia de las demás, ni es violenta _aunque ha tenido mártires_, ni es rápida, ni
se está haciendo por fuera de las estructuras políticas existentes. Tampoco tiene Dantones, Lenines o
Fideles. Es una revolución antirrevolucionaria. Es pacífica, es lenta, es silenciosa, y se está haciendo dentro
de las instituciones. Su protagonista, líder y base es la misma: la mujer. Su meta (sin proponérselo): el poder.
En esta revolución pacífica de los brasieres, 1999 se perfila como uno de esos años que marcaron un hito
en la historia de las revoluciones violentas. Semejante a lo que pudo ser 1953 para Cuba con la toma del
Cuartel Moncada o 1905 para Rusia con la masacre del Domingo Rojo. La diferencia es que esta vez no
hay plomo, sangre y olor a pólvora con miras a derrocar un régimen opresor y autoritario, sino votos y
conquistas democráticas encaminadas a darle a la mujer una mayor participación política en un terreno
históricamente monopolizado por el hombre. No es todavía como para que los misóginos organicen un frente
unido, pero este último año del milenio es un provocativo abrebocas de cómo se van repartir las cartas del
poder político entre hombres y mujeres en el próximo siglo. Transcurridos solo seis meses de 1999, la
irrupción de la mujer en la vida política no deja de sorprender. En Panamá, Mireya Moscoso, viuda del ex
presidente Arnulfo Arias, fue elegida como la primera presidenta en la historia de ese país. En Estados
Unidos, otras dos esposas de políticos, Elizabeth Dole e Hillary Clinton, también están alterando el panorama
electoral e inyectándole una nueva dinámica al proceso político. La primera como precandidata republicana a
la presidencia y la segunda como posible candidata demócrata al Senado. En Italia, la ex candidata a la
presidencia, Emma Bonino, desafió por primera vez el complejo sistema político italiano de pactos y
coaliciones. En Francia, se discute un proyecto en la Asamblea Nacional que ha levantado ampolla y que
pretende establecer por ley una paridad en los cargos públicos entre hombres y mujeres. En Japón, por
primera vez, fue elegida una alcaldesa en Tokio. En Kuwait, un emirato donde solo el hombre puede
votar _y cuando lo hace representa a toda su familia_, el gobierno acaba de otorgarle a la mujer el derecho a
votar y ser elegida al Parlamento. Y en Colombia, dos candidatas, Noemí y María Emma, gozan de la mayor
popularidad y opción de ocupar las más altas dignidades del país en las próximas elecciones. Todos estos
son hechos políticos _algunos muy propagandísticos, es cierto_ que aún están muy lejos de lograr el grado
de civilización de Suecia, donde las mujeres cuentan con el 45 por ciento de las curules en el Congreso y
con el 50 por ciento de los ministerios. Pero son una muestra significativa de que la relación de la mujer con
el poder está cambiando y de que la esfera pública ya no solo le pertenece al hombre. En este sentido, una
lucha milenaria de género se entrecruza con una coyuntura política que exalta a la figura de la mujer para el
manejo de lo público. Mientras el hombre personifica el pasado, la deshonestidad, lo caduco, la mujer
encarna el futuro, inspira confianza y transmite seguridad. Por eso, una mayor participación de la mujer
puede ser una interesante forma de reinventar la política. Pero así como la tendencia en la mayoría de los
países es una mujer más próxima a los círculos de poder e influencia, en ciertos Estados teocráticos y
guiados por un fundamentalismo religioso, cuyo caso más escalofriante es el régimen de los talibanes en
Afganistán, la mujer es todavía sometida a los más humillantes vejámenes y su dignidad se pisotea a
diario. De otro lado, si bien en Occidente la participación femenina en la fuerza laboral ha aumentado
dramáticamente en los últimos 50 años, todavía existe una gran inequidad en materia de sueldos, altos
cargos, trato y compensaciones. Y no cabe duda de que todavía hay mucho trecho por recorrer. Pero en un
mundo irresistible de la política, en donde la evidencia aplastante de 1.000 años de historia ha dejado claro
que el 'sexo fuerte' fracasó en el manejo de los asuntos públicos, es hora de que la revolución de los
brasieres asuma el poder e instaure una ginecocracia. Aunque ese día, la dialéctica de la política se encargará
de crear una nueva oposición cuya consigna es predecible: "Misóginos del mundo, uníos". Habrá nacido
entonces la contrarrevolución del calzoncillo.
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