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Opinión

  • | 2011/10/18 00:00

    La revolución de las pequeñas cosas…

    Cada día que pasa me convenzo más de que el gran cambio que necesita Colombia no llegará con ninguna ley o estrategia de Gobierno, sino por esa vía. Es un cambio institucional.

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Hace años Pirry ha hablado de la “revolución de las cosas pequeñas” para referirse a cómo pequeñas acciones y pequeños cambios en la vida cotidiana pueden lograr que vivamos en una sociedad mejor. Hacer lo correcto, no caer en el odio, ayudar al que lo necesita, y seguramente “inteligencia vial” encaja muy bien en esa línea.

Cada día que pasa me convenzo más de que el gran cambio que necesita Colombia no llegará con ninguna ley o estrategia de Gobierno, sino por esa vía. Es un cambio institucional.

Hace ya 21 años que el norteamericano Douglas North publicó la primera edición de “Instituciones, cambio institucional y desempeño económico”, un libro que tuvo gran impacto durante más de una década y fortaleció poderosas corrientes de reflexión sobre la sociedad desde la llamada economía neoinstitucional…que en gran parte ya se disolvieron. No llegaron a consolidarse en lo que Kuhn llamaba un “paradigma”, como la mayoría de las corrientes en las ciencias sociales.

Un concepto central en la argumentación de North era el de instituciones informales, “códigos de conducta, normas de comportamiento y convenciones” que definen “abrumadoramente” nuestra interacción diaria con los demás, sea en la familia, las relaciones sociales externas o en actividades de negocios. La forma en que evolucionan las sociedades se ven tan influenciada –o más- por esas instituciones informales que por las reglas formales que adoptan.

La Colombia de 2011 sigue siendo un país de grandes cambios en las reglas formales, y pocos en las informales. Nuestra Constitución y leyes tienen frecuentes referencias a la participación, pero la protesta de estudiantes contra la reforma a la ley de educación superior se legitima afirmando que a los representantes estudiantiles no se les dio a conocer el texto final de la reforma presentada al Congreso, cuando ya habían sido las primeras protestas estudiantiles las que forzaron la modificación de la versión inicial del proyecto, presentada en mayo y que incluía las universidades con ánimo de lucro.

Creamos y reformamos leyes para subir o bajar penas de delitos, pero la impunidad sigue predominando sea para quien asesina a un par de jovencitas en Kennedy, para el conductor ebrio que atropella a una trabajadora o para quienes “simplemente” destruyen un local comercial o una estación de Transmilenio durante una protesta. En varias de las regiones más pobres del país políticas importantes se retrasan en su aplicación por reuniones que comienzan una hora tarde o no terminan, o a las que no asisten quienes las convocaron. Se diseñan durante meses planes locales de atención a grupos como la población desplazada, para luego afirmar que no hay presupuesto para ejecutarlos.

Las instituciones informales son mucho más difíciles de cambiar, pero no es imposible. Los relatos de los antiguos romanos describen a los germanos como muy indisciplinados, muy distantes de los metódicos alemanes de hoy. Seguramente los montañeses suizos no fueron siempre tan precisos, ni los japoneses tan tecnológicos. Sus sociedades se adaptaron a entornos cambiantes.

No hay ninguna razón para que Colombia sea diferente. Si alguna ciudad de Colombia es “ciudad limpia” o “ciudad bonita” no hay ninguna razón importante para que otra no lo sea. Si una ciudad aprendió hace años a tener cultura ciudadana no hay ninguna razón que le impida re-aprenderlo. Si en un lugar de Colombia la gente se acostumbró a empezar las reuniones puntualmente no hay nada que impida hacer lo mismo en la ciudad o el departamento de al lado. Y nada de eso se decreta. El ejemplo al que nos exponemos es el más poderoso aliciente para nuestro propio cambio. El robo al Estado también es una institución informal.

Para que funcionen la ley de víctimas, el marco para la paz, la reforma a la educación o la adaptación al cambio climático el secreto no estará en las normas formales, sino en las acciones del día a día que vayan construyendo nuevos patrones, nuevas normas informales. Eso terminará reflejándose en las grandes decisiones de los Gobiernos, del Congreso, de las Cortes. Una sociedad cotidianamente más confiable es posible, también para nosotros.

*Consultor en Políticas Públicas. Profesor universitario



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