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Opinión

  • | 1982/06/07 00:00

    LA SABANA DEL RABINO

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La gente viene a preguntarme qué fue lo que más me impresionó de Jerusalen. Y yo digo que eso depende del concepto que uno tenga de las cosas que lo impresionan. Una vez conocí a un traficante de drogas que era capaz de batirse a tiros, él sólo y en altamar, con la marina de guerra de los Estados Unidos: Pero le tenía pavor a las mujeres.
Pongo un ejemplo, a ver si me entienden: para mi mamá, que es una mujer piadosa, que reza una novena completa todas las noches al Señor de los Milagros de la Villa de San Benito, no puede haber en Jerusalem algo más impresionante que el Santo Sepulcro. Mamá no lo ha visto nunca, pero se lo sabe de memoria, y lo describe con una seguridad tan grande y con unos detalles tan meticulosos, que cualquiera pensaría que fue ella la que estuvo sepultada allí.
Para mis amigos lujuriosos, en cambio, lo más impresionante de Jerusalem tienen que ser los ojos negros, la piel aceituna y las cajas revueltas de las muchachas judías. Mis amigos, acostumbrados a ver en Semana Santa las películas interminables de Cecil B. de Mille creen ingenuamente que todavía estamos en los tiempos en que la belleza de Esther le rompía el corazón al rey, o en que la danza resbalaba por las caderas de Salomé, enloqueciendo a Herodes.
Mis amigos, que tienen de las muchachas de Jerusalén un concepto vía satélite, no saben que ellas se visten ahora con el horrendo uniforme verde del ejército de Israel, se cubren las pantorrillas con polainas cuarteadas por el sol del desierto y se ponen unos kepis de lona que las hacen parecerse a esos sargentos boyacenses que salen en los retratos de la epoca de la violencia.
Para decepción de mi mamá y de mis amigos, no fue el Santo Sepulcro ni esos dragoneantes con tetas lo que más me impresionó de Jerusalem. Ni fue el jardín de los Olivos, ni el lugar de la Ultima Cena, ni la Tumba de Lazaro. Tampoco fue la gritería de los árabes que venden por la calle Tahine de garbanzo o café sin azúcar en pocillitos de cobre, mientras cantan a grito pelado sus canciones lastimeras.
Bueno: total fue que el prodigio ocurrió una mañana bien temprano. Yo había salido a dar una vuelta por ahí, sin rumbo, por la ciudad antigua, con sus murallas descascaradas y sus mendigos que tienen aspecto de patriarcas bíblicos. Pasabamos por un barrio viejo, de callecitas angostas y casas de piedra, donde la gente vende jugo de naranja en los sardineles.
Se llama Mear Sharim y es el famoso sector donde viven los rabinos, los doctores del judaismo, los estudiantes de religión, los ancianos sabios y los muchachos que se inician en los secretos del Antiguo Testamento y la lectura de los rollos sagrados de la Torá. Las vías públicas y las tiendas están repletas de estos hombres, que lucen una trenza a cada lado de la cabeza y que sudan como bestias, bajo el fragor del sol, con sus vestidos de paño negro.
De repente, al voltear una esquina, vi la primera sábana: inmaculadamente blanca con un hueco en el centro, estaba colgada de una ventana. En la casa del lado había otra. Y en la siguiente también. Todas las ventanas tachonadas de sábanas, y había más sábanas puestas a secar en los muros de los patios y en los dinteles de las puertas.
Lo extraño, me pareció a mí, no es que hubiera tantas sábanas blancas a la vista de los caminantes. Jerusalem, al fin y al cabo, es una ciudad en la que abundan dos cosas: las antenas de televisión y la ropa echada al sol. Lo intrigante era el hueco, esa perforación refilada y pequeña en la mitad de cada sábana.
Se lo pregunté a mi compañero, un muchacho de Medellín que se especializa en economía en una Universidad de Israel, como si los antioqueños necesitaran que los judíos los enseñen a hacer negocios. Al principio, mi amigo quiso soslayar el asunto. Lo único que logró con eso, naturalmente, fue que aumentara mi curiosidad. El hueco, el bendito hueco, el dichoso hueco: era la clave del enigma.
Cuando llegamos al hotel, a salvo ya de la posibilidad de que alguien nos oyera, mi compañero accedió a contarme la verdad: resulta que las leyes del judaismo permiten a sus sacerdotes contraer matrimonio, pero hay una norma que prohibe al rabino poner su piel en contacto con el cuerpo desnudo de la mujer. Valiente gracia: ¿si uno no puede -pongamos por caso- acariciar el vientre cálido de una mujer, para que diablos se casa con ella? Es lo mismo que tener un revólver, pero sin balas.
Sin embargo, como dicen salomónicamente los campesinos del Bajo Sinú, en esta vida no hay frasco que no encuentre su tapa. Algún ingenioso, una especie de Einstein del amor, cuyo nombre se ha perdido en los injustos recovecos del anonimato, descubrió que no existe ningún obstáculo que la pasión no sea capaz de derrotar, y que un hombre y una mujer pueden hacer el amor sin que sus pieles se lleguen a tocar. Inventó entonces la fórmula del par de sábanas, una para él, y otra para ella, con el hueco en la parte adecuada. No hay manera de perderse: por un hueco sale, por el otro entra...
Se respetan, de esta manera, dos mandamientos: el de la religión, que prohibe el roce directo de los cuerpos a la hora de la verdad, pero se cumple también, y por encima de todo, con otro precepto más importante: el de amar furiosamente a la mujer de uno sin violar la ley de Dios.
Le cuento la historia de las sábanas de Jerusalem a Eugenia, que es una mujer perspicaz, y ella me dice que algún día, si el catolicismo acepta por fin el matrimonio de sus clérigos, podría pensarse entre nosotros en una solución similar, abriéndole un hueco a la sotana.
-Pensándolo bien- agrega Eugenia -los hábitos están muy caros y no sería practico dañarlos con huecos. Bastaría con separar más los botones.
Por eso dije, desde el principio, que lo más impresionante de Jerusalem no son los templos majestuosos, ni la belleza del palacio de Pilato ni el sucio triste que cubre la Vía Dolorosa, por donde caminó Jesús hacia el Monte Calvario. Por imponentes y venerables que sean, esos son, en resumidas cuentas, asuntos de la vida sobrenatural.
Lo más bello de Jerusalém, sin duda, son las sábanas blancas de Mear Sharim. Esos huequitos pregonan a los cuatro vientos, aunque también sirven para comidilla de vecinas chismosas, que el amor entre un hombre y una mujer es lo más natural de la vida.
Y no se imaginan ustedes la cara de felicidad que ponen las mujeres de los rabinos, por la mañana, cuando están colgando sus sábanas. Parece que tuvieran ganas de cantar...
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