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Opinión

  • | 2011/08/20 00:00

    La saga de Uribe

    Si como expresidente fue capaz de dar ese tipo de consejos a sus exsubalternos, ¡qué no les habrá aconsejado siendo presidente!

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La transmisión que los canales institucionales hicieron de la versión libre que dio el expresidente Álvaro Uribe ante la Comisión de Acusaciones ha sido hasta ahora uno de los mejores melodramas que han pasado por la televisión colombiana.

El expresidente Uribe, protagonista principal de esta saga, nos volvió a sorprender no solo por sus habilidades histriónicas, sin duda de mejor factura que las que tiene el presidente Santos, sino porque por primera vez se le vio en un papel diferente: de ser el acusador y señalador pasó a ser el acusado; de ser el jefe supremo que exigía y pedía explicaciones pasó a tener que responder cuestionarios que indagan por presuntas extralimitaciones en el uso de su poder y a dar explicaciones de reuniones que habrían tenido sus funcionarios con los subdirectores del DAS, a las que él nunca se había querido referir.

Para un presidente que hasta hace poco se ufanaba de ser intocable por cuenta del veredicto dado por el estado de opinión, esa entelequia que él mismo se inventó, este nuevo papel que le ha tocado asumir debe ser la mayor de las humillaciones.

Pero no solo hay un cambio de papel en el Uribe avejentado y canoso que vimos el jueves por la televisión. También ha habido un cambio de talante. Este Uribe salió por primera vez jugando a la defensiva, faceta que el país no le conocía. Al ser preguntado por los opositores 'chuzados' durante su gobierno, quienes en más de una ocasión fueron señalados por él mismo como personas que le hacían el juego al terrorismo, fue tan parco que por un momento llegué a pensar que detrás de estas respuestas tan desprovistas de cualquier animosidad había un expresidente que miraba con incertidumbre su futuro, que empezaba a recoger las velas y a retractarse al menos de los excesos verbales cometidos en su gobierno en contra de sus enemigos políticos. Lo cierto es que de haber acusado a Petro de ser un guerrillero vestido de civil, Uribe solo atinó a decir que no tenía nada personal contra él. Sobre el periodista Daniel Coronell, de quien hace poco dijo que era un mafioso en uno de sus trinos, dijo que era un absurdo que su gobierno quisiera interceptarlo porque él conocía a los padres de su esposa. Ni siquiera fue capaz de irse lanza en ristre contra el representante Iván Cepeda, a quien tenía a escasos metros, a pesar de que semanas atrás lo había cuestionado duramente en su Twitter diciendo que mientras la Fiscalía cuestionaba las idas a la cárcel de Arias a visitar a sus colaboradores presos, considerándolas intentos de interferir la justicia, las visitas que hicieron Piedad y Cepeda a los extraditados en las cárceles gringas no habían levantado ninguna suspicacia.

Y aunque por momentos intentaba salirse del libreto y lanzó una que otra acusación contra la Corte, no enfiló sus baterías con la energía de siempre. Solo tuvo arrestos para lanzar sus cargas contra uno de sus miembros, el exmagistrado Yesid Ramírez, quien acaparó la mayoría de sus dardos.

Hizo también confesiones imperdonables que le pueden costar muy caro en el futuro. Para un expresidente que se dice respetuoso de la ley, frase que repitió una y otra vez a lo largo de la audiencia, no le queda bien haber aceptado que le aconsejó a María del Pilar Hurtado, la exdirectora del DAS, que pidiera asilo en Panamá, con el argumento, vergonzoso para un expresidente, de que en el país no había garantías para los uribistas. Si como expresidente fue capaz de dar este tipo de consejos a quienes fueron sus subalternos, ¡qué no les habrá aconsejado siendo presidente a sus funcionarios!

Pero tal vez el elemento más novedoso de este nuevo Uribe acorralado, que se debate entre el temor y la prudencia, dos palabras que no existían dentro de su credo, es que por primera vez acepta a regañadientes que es una víctima de un conflicto cuya existencia él se ha negado a aceptar. "Yo soy víctima de las Farc", dijo en un momento dado, ante la sorpresa de muchos. Es la primera vez que Uribe se refiere a sí mismo como una víctima de la guerrilla, condición que nunca había admitido por temor a mostrar una fragilidad que los machos alfa no deben reflejar.

En lo que sí no resulta tan convincente es cuando da a entender que la razón de sus desgracias tiene que ver con el hecho de que sus enemigos no le perdonan haber dedicado su gobierno a acabar con las Farc. Y amparándose en esa condición de víctima, intenta decir que todos los escándalos de corrupción que están enlodando su administración, incluido el de las 'chuzadas' en el DAS, son una revancha de sus enemigos, que estarían alineados con las Farc.

El problema para Uribe es que ninguna de estas argumentaciones tan difíciles de atar responde el interrogante de por qué en su gobierno el DAS montó una estructura criminal para espiar a los opositores. Probablemente la investigación contra él no pase a mayores. Por algo a la Comisión de Acusaciones se le conoce como la Comisión de Absoluciones. Sin embargo, después de verlo el jueves por televisión, es claro que su melodrama hasta ahora comienza.
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