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Opinión

  • | 2007/01/22 00:00

    La salud

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Hay gente enferma por tener buena salud. Y cuidarse esta bien, pero con alegría y con respeto por aquellos que no comparten los mismos principios y costumbres de vida. Ser un cascarrabias también enferma o es estar enfermo. Ser un obsesionado con la salud es un problema mental de urgencia sicológica. Además, como paradoja, la ciencia ha avanzado tanto, que cada día es más difícil encontrar a una persona sana. Todos de alguna manera, estamos enfermos de algo. (Hasta los gerentes y empleados de las Empresas Prestadoras de Salud).

Hay quienes derrochan salud como príncipes rusos en carnaval de agua en Popayán. La gastan sin miramientos ni preocupaciones, pero solo cuando quedan en la inopia, sin pocos recursos, es cuando aprecian que tener salud es lo más importante en la vida, porque lo
demás viene por añadidura, como dicen las abuelas.

Comprar salud es costoso, difícil, complicado. Los sistemas de salud están colapsados, la atención es deficiente, las medicinas genéricas no sirven, los charlatanes abundan, los profesionales son mediocres, los servicios de urgencias deficientes; y que pena decirlo por los que agonizan, pero las empresas de salud prefieren un muerto que un enfermo crónico porque sale más barato un entierro que un
tratamiento largo (¡!)

Cuando uno va al médico no busca la felicidad, busca ayuda para aliviar un dolor o un sufrimiento y por eso pide respeto, pero cuando la consideración no se da, el alma se exaspera, y las personas llenas de miedo entran en cólera y hay que gritar, amenazar o demandar para acceder al servicio. San Camilo decía que los enfermos hacen ver el rostro de Dios, por eso los profesionales de salud (incluyendo los administrativos) deberían estar más cerca de los enfermos para ser más pacientes, más respetuosos.

Los electores inteligentes saben que un ciudadano vale para sus gobernantes -más allá de las elecciones-, cuando como políticos trabajan con honestidad para que El Estado ofrezca un sistema de salud con hospitales y servicios decentes y acuciosos; cuando ayudan a organizar leyes de salud que se interesen más por la persona, que por los ingresos económicos de algunas empresas inescrupulosas.

Las enfermedades van y vienen como la lluvia, pero la salud es como el sol que ilumina, dicen los africanos; y que el gobierno no lo entienda y haya tanta ineficiencia hospitalaria es contradictorio. Los hombres, mujeres y niños necesitamos la salud y la libertad tanto como la vida misma.

Ya lo dice el refranero: "la salud no tiene precio, y el que la arriesga es un necio". Y estos gobiernos locales, departamentales y nacionales (de la actualidad) están arriesgando demasiado políticamente alcahueteando estos hospitales y clínicas tan deficientes que hoy tenemos.
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