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Opinión

  • | 2005/11/22 00:00

    La señal de Caín

    Fernando Estrada Gallego cree que los realizadores de 'La Sierra' tuvieron que forzar los hechos para mostrar una realidad cruda y desgarradora.

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El documental no contiene estéticamente mayores diferencias con lo acostumbrado por Gaviria o Cabrera, para citar dos ejemplos. Es una elevación selectiva de la crudeza cotidiana, marcada por el hiperrealismo. Selectiva, porque nadie que habite una ciudad semejante a Medellín creerá que estos adolescentes con sus armas, su desencanto social o su lenguaje marcadamente parlache, constituyen todo lo que hay que ver en las comunas o los barrios. A sus alrededores muchos seres humanos de parecida procedencia trabajan y estudian, componen y crean, luchan por darle a su identidad social otro rumbo distinto a la violencia. Y habría que advertir como los niños y adolescentes que viven rodeados por un ambiente violento de riesgo cotidiano, también son capaces de potenciar una capacidad de autosuperación admirable gracias a familias orgánicamente afectivas y vinculantes. De modo que guionistas, camarógrafos y personajes, deben forzar extremadamente las cosas para que el espectador sólo vea una franja de realidad. Edison, Cielo o Jesús, personajes centrales de la cinta, saben que la cámara los mira. Y aunque los productores defienden la naturalidad para llevar a cabo las escenas, los muchachos se sienten héroes. Agregado a ello está la fotografía, que refleja los inciertos vacíos que se abren entre los barrios y las comunas en el filo de las montañas, y los extensos bloques de edificaciones urbanas, allá a lo lejos. Hay un buen manejo del tiempo en las sorprendentes imágenes de sus protagonistas y la curva descendente de sus vidas, como en el caso de Edison. En síntesis, la estructura del documental contiene tantos aspectos familiares, que es evidente la fatiga social que comienza a expresarse por este tipo de trabajos. Sin embargo, el mensaje que contiene "La Sierra" sigue sin perder vigencia social, sobre todo para quienes tenemos preocupación por los desarrollos de políticas públicas, gobernabilidad, identidad colectiva, calidad de vida y oportunidades. Lo positivo del trabajo es paradójicamente una descripción (en negativo) de los procesos de cambio que ha tenido la ciudad y sus gentes. La fisonomía de los conflictos sociales y los aspectos merecedores de debates permanentes en la academia y los gobiernos locales. Sobre este particular se pueden notar al menos cuatro aspectos: 1. Durante las últimas décadas, los conflictos sociales y las violencias han cambiado de sitio. Las guerras entre pandillas, agrupaciones armadas y delincuencia común se fueron mezclando progresivamente con los intereses y temores de la población. Las escenas dominantes del documental propagan imágenes y personajes dispuestos para la muerte violenta de tipo espectacular. 2. El predominio de la violencia por parte de fuerzas irregulares como las milicias, mercenarios y paramilitares, aumentó proporcionalmente, tanto como se redujeron las amenazas de conflictos interestatales. Es decir, las violencias de arriba, no llegaron a tener la magnitud que comenzaron a tener las violencias en niveles inferiores. Los pandilleros y delincuentes de un barrio haciéndole la guerra a los pandilleros y delincuentes de otros barrios. 3. Las fuerzas irregulares se filtraron a menudo entre los conflictos y las enemistades de los habitantes en los barrios y comunas. Paramilitares y guerrilleros comenzaron a proyectar su predomino territorial, a delimitar calles, a cobrar y extorsionar a la gente. La orientación por el poder político local comenzó a generar reacciones de respaldo. Mientras la fuerza pública y el Estado eran indiferentes y lejanos. Contratos de construcción, vigilancia, servicios públicos, salud, educación, todos los componentes de la administración pública local, pasaron a manos de estas agrupaciones y sus principales comandantes. En la Sierra, por ejemplo, nada se movía sin la voluntad de Edison. 4. En general, quienes participan en la violencia colectiva, incluyendo la violencia paramilitar e insurgente, se han esforzado por lograr un mayor poder, y han ganado espacios en donde no hay confrontación armada, en escenarios que se solapan con la política y los intereses de líderes locales menos violentos. Se trata de una defectuosa modalidad de Estados mínimos, compitiéndole recursos al Estado. Resumiendo, la violencia y sus manifestaciones han mantenido afinidades íntimas con la lucha por el poder político a nivel local. Como en la guerra convencional, a la manera de Clausewitz, paramilitares y guerrilleros se convirtieron en representantes de la política "por otros medios". De modo que la invitación a creer en los hechos vistos en "La Sierra", es redundante. Tres vidas y tres experiencias confundiéndose en un torbellino de ilusiones, tragedias y sentimientos. Cielo, Jesús y Edison, más que piezas incrustadas sobre personajes secundarios del rodaje, evidencian un prototipo común para jóvenes y adolescentes en las comunas de las ciudades colombianas. El rodaje llama la atención sobre una nueva realidad que comenzó a presentarse: la de menores que no pertenecían al mundo del delito y que entraron en él a través de conflictos entre agrupaciones violentamente parasitarias. La vinculación con estas agrupaciones pasa a formar parte del perfil del menor involucrado en delitos. Muchos adolescentes y jóvenes de las comunas, como es el caso de Jesús, se drogan para escapar de la terrible realidad que los rodea. Sus padres están sin trabajo y los ven todo el día tirados en la casa sin hacer nada. En muchos casos esto se traduce a una falta de respeto hacia la jerarquía paterna, y los vínculos se deforman, generando, en muchas ocasiones, situaciones violentas. La fragmentación social derivada de una creciente falta de oportunidades. Los desencuentros, en una misma ciudad, entre los desequilibrios urbanos y rurales. La degradación de valores, o el nihilismo, como una fuga continua hacia el vacío. Y la cohesión de ideales negativos en pequeños grupos violentos y organizaciones racionales del crimen. Si 'La Sierra' reproduce ante el espectador la contundente realidad de muchas violencias acumuladas, lo mejor es aceptarlo. El contexto social que marca a estos menores condiciona sus posibilidades de inserción exitosa en la sociedad. El abandono escolar y los primeros fracasos en el acceso al mercado de trabajo formal se manifiestan a partir de la adolescencia. De acuerdo con estadísticas de Fedesarrollo, un 27,5 por ciento de los menores de 14 a 18 años no asisten a la secundaria; la edad promedio de deserción escolar es de 15 años. A esto se suma, en la mayor parte de los casos, un contexto de pobreza que acentúa la vulnerabilidad de este segmento de la población. Socialmente los acontecimientos que describe el documental expresan a un país que experimentó crudamente distintos efectos multicausales de la economía del narcotráfico. Y las variantes dispersas de una política gubernamental casi completamente ajena a las identidades emergentes de las violencias en la ciudad. Son males que superan el voluntarismo y la buena fe. La matriz irregular de nuestra guerra irregular, ha orientado también políticas erráticas para solucionar problemas de tal envergadura. Las salidas a estos parásitos incorporados a la cultura social en Colombia, deben avanzar sobre cambios estructurales. Nuevos modelos de identidad personal y colectiva. Y estrategias racionales que permitan dar un piso institucional a las obligaciones que tienen los empresarios, la academia y el sector público. Medellín es un ejemplo para Colombia. Y la confección estructurada de la política de reinserción de las bandas criminales, guerrilleros y paramilitares, pese a contar con evidentes contratiempos, se realiza con inmensa inspiración para que los adolescentes en la vida real, tengan mucho más que oportunidades. Quizás el aspecto más destacado. Como Medellín debe mirar hacia el futuro, aprendiendo del pasado; el principal desafío de quienes creen en la transformación positiva de las ciudades en Colombia, será lograr darle a las políticas de reinserción y recuperación, un seguimiento pormenorizado. Uno a uno, cada actor social procedente del mundo violento, debe recibir condiciones específicas que le permitan una incorporación a la vida cotidiana sin graves traumas. Y la sociedad en sus principales representantes debe coadyuvar para este propósito. Devolverle al enajenado la confianza social mínima para que reestablezca de otra manera sus vínculos con su entorno inmediato. Tarea difícil, porque involucra una gran cantidad de confianza que se había estropeado. Lo concreto, que se hace en Medellín, es darle factores materiales y espirituales a esta posibilidad. ¿Esto representa para los nuevos tiempos la señal de Caín? ¿No quedan evidencias sociales todavía concretas de la tragedia de sus personajes? ¿Es la vida cotidiana de las comunas algo completamente distinto? Obviamente, la respuesta es: no. Después de casi treinta años bajo las sombras siniestras del delito, las venganzas, los odios y los conflictos entre organizaciones del crimen narco o paramilitar, es utópico pensar que el pasado es pasado. Aún se reproducen parasitariamente comportamientos atravesados como el de Jesús, o modalidades ingenuas de cuasiprostitución como la de Cielo, o calculados planes de batalla campal como los de Edison. Pero quien vive en Medellín sabe cuánto valor ponen sus gentes en la recuperación definitiva de estas lacras sociales. El Valle de Aburrá no es un paraíso, pero sus gobernantes y sus gentes son concientes de que la realidad no es siempre lo que se ve, sino también la de lo posible.
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