Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/10/03 00:00

La sociedad del espectáculo

La virtud más sobresaliente de George Bush es ser útil para el mundo del entretenimiento. Al fin y al cabo, la democracia se parece cada vez más a una fiesta, escribe Mateo Samper.

Le escribe Adriano a Marco Aurelio, en el libro de Marguerite Yourcenar, que todos los hombres poseen más virtudes de las que se cree, pero que sólo el éxito las pone de relieve. La frase -en una época en la cual el éxito se mide por la cantidad de veces que una persona aparece en televisión o por su capacidad de almacenar grandes fortunas- podría llegar a ser cierta en algunos casos, pero su desatino es claro en otros. El más evidente es el de George Bush quien, a pesar de ser exitoso -por aparecer en todas las televisiones y también por tener una gran fortuna-, posee pocas virtudes. Entre ellas, tal vez la más sobresaliente sea la de ser útil para el entretenimiento.

Esta virtud, aunque peligrosa por tratarse del presidente de EE.UU., es una gran virtud hoy día. Y refleja de una manera bastante clara un problema de fondo -aventurándose sólo en el terreno político- de nuestra democracia, cada vez más parecida a una fiesta. Gana el que monte el mejor espectáculo. Cualquiera que haya visto las noticias sobre la convención republicana sabe que bastan un par de políticos bien maquillados, unas piñatas para los niños, un par de discursos bien rimbombantes y un Bush sonriente acompañado de una orquesta para que -como lo anotaban los diarios- suba puntos en las encuestas.

Y es que la democracia se ha vuelto en gran parte eso, una fiesta. Incluso a veces más: una puesta en escena donde, además de buen entretenimiento, se presentan y se venden presidentes o políticos como cualquier otro producto en el mercado. No por sus acciones -o sea el contenido- sino por su presentación -o sea la forma-. Pesa mucho más la imagen de un Bush encorbatado hablando sobre sus aspiraciones acerca de la paz, la seguridad y la justicia, que la realidad de las fotos de la cárcel de Abu Graibh, la invasión a Irak, el retiro de su gobierno del Protocolo de Kyoto o sus acciones encaminadas a la proliferación de armas nucleares por sólo mencionar algunos ejemplos.

La cuestión no es novedosa. Ni tampoco es exclusiva de Estados Unidos. En Colombia los políticos también suben en las encuestas dependiendo del show que monten durante o después de sus campañas. Frente a una buena parranda, bolsas de leche o unos pesitos, la gente olvida y perdona casi cualquier cosa: desde el político -o familia- que les prometió las estrellas y se las terminó llevando, como ha pasado a menudo en Tumaco, Caldas, la Costa Atlántica, etc., hasta el que prometió todo y no hizo nada.

Al final tenemos que la democracia, cuya esencia es la participación popular en los temas de interés general, no funciona. Y si lo hace, funciona mal. Pues si bien cumple con convocar a la gente a participar, se trata, en la mayoría de los casos, de la participación a una fiesta y no a un foro donde se tomen decisiones o se discutan iniciativas. Los temas importantes para la sociedad -la educación de los hijos, la salud, los impuestos, etc.-, pasan a un segundo plano, y eso si tienen suerte. Como la cuestión es de diversión, de aparecer serio en la tarima y frente a las pantallas para venderse bien, entre menos espacio se le dé a la gente para distraer su mente analizando cosas o haciendo polémica mejor.

En el contexto actual, los políticos tienen claras responsabilidades en esto, pero su actuar también está determinado por la estructura de la sociedad. No se puede desconocer que hoy día el mundo entra sobre todo por los ojos y por los sentidos. Si antes fue la fe, hoy en día es la imagen la que está llamada a mover montañas, al menos en el mundo occidental. Esto queda claro después de ver a Bush subiendo en las encuestas. Al respecto, habría que pensar que nuestra sociedad se acostumbra cada vez más a no creer salvo lo que ve y a creerse todo lo que ve. Con dos ingredientes adicionales: la actualidad está determinada por lo que dicen los medios de comunicación dominantes -o sea, si Bush es bueno según CNN es porque es bueno y así lo repiten todos-, y segundo, las imágenes tienen la cualidad de asociarse a menudo con valores como la sinceridad y la transparencia. De ahí el peligro -y la virtud- de ser útil para el entretenimiento.

Pues ver no significa comprender. Las imágenes no hablan por sí mismas sino que hablan por o en contra de diferentes intereses y teorías. Y esos intereses y esas teorías son vitales en una democracia. En ellos se configura y se perfila el rumbo político y social de cualquier comunidad, y por tanto es sobre ellos que se debe debatir o reflexionar.

Pero como vamos, repito, vamos mal, ya que poco o nada se está haciendo en este sentido. Los escenarios de la democracia se convierten, cada vez más, en tarimas llenas de espectáculos vagos y sin contenido. Y si bien no podría uno ir a extremos y decir que todos los ciudadanos deberían participar en la toma de todas las decisiones, el ideal sería que así fuera. Por algo dicen que la democracia es una tarea de todos los días. Distará mucho de ser un sistema completo pero no hay por ahora más alternativas. Winston Churchill tal vez tenía razón cuando expresó, irónicamente, que la democracia es el peor de los sistemas, a excepción de todos los demás. Pero se refería a una democracia donde las personas participaban en las decisiones, y no a la actual donde mientras la mayoría se divierte por un día, los otros, los que gobiernan, se divierten a costa de los demás cuatro, ocho, doce o cientos de años.

*Asesor del Ministerio de Educación.

Las opiniones del autor son personales y no comprometen en nada a la institución.

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