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Opinión

  • | 2012/08/22 00:00

    La solución de la vida no es una fórmula matemática

    Querer llegar a la meta sin haber corrido la carrera es imposible.

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Cuando una persona quiere correr una carrera, como la media maratón de Bogotá o cualquier otra maratón en algún lugar del mundo, lo primero por lo que tiene que empezar es por entrenar, es decir, hacer un proceso. El cuerpo debe habituarse para poder aguantar corriendo una distancia de 21km o 42km y para eso una persona debe empezar por caminar un cierto tiempo. Después de caminar, puede empezar a trotar por 10 minutos, 15 minutos y así sucesivamente hasta que el cuerpo pueda trotar largos períodos de tiempo. Es así como finalmente una persona está preparada para correr una maratón, teniendo en cuenta que antes de llegar a la meta debe recorrer, no sólo la distancia de la carrera, sino también debe hacer todo el proceso de entrenamiento físico que le permita llegar a postularse para correrla. Todo eso toma tiempo justamente porque es un proceso.
 
“Proceso: progreso. Conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno”. Es la definición encontrada en el Diccionario VOX esencial de la lengua española (1994). Un proceso de cualquier cosa implica tiempo, sobre todo cuando se trata de un proceso en la vida de un ser humano. Todos estamos acostumbrados y nos hemos educado bajo una lógica de pensamiento matemático. Y en el mundo de las matemáticas los postulados, como 2x2=4, son reglas universales e inamovibles. Una lógica dentro de la cual existen fórmulas muy específicas que pueden aplicarse siempre y en todo lugar permitiendo solucionar diferentes problemas. Eso hace de las matemáticas una disciplina fascinante. Aunque compleja y exigente en su contenido y funcionamiento, es sencilla en el sentido que una vez que se ha descubierto la fórmula, se ha descubierto también la solución del problema sin importar en qué lugar del mundo se plantee dicho problema.
 
La dificultad que se presenta con esta lógica matemática es que todos pretendemos en algún momento traspasarla a los problemas humanos para intentar resolverlos de la misma manera, con la misma lógica: en forma rápida y con una única fórmula. Muchos quieren la fórmula para alcanzar la felicidad, la fórmula contra la ansiedad, la fórmula para dejar de estar tristes, para superar una tusa, para olvidar a otra persona, para dejar de pensar en algo que los atormenta, en fin, una fórmula para solucionar todo. Y es ahí donde somos los mismos seres humanos los que hemos caído en nuestra propia trampa porque en el terreno de lo humano esa fórmula que tanto buscamos no existe. Los problemas y las dificultades que se presentan en la vida de una persona no se resuelven con fórmulas matemáticas, son procesos; y así como los procesos de entrenamiento físico, toman tiempo. “Estoy desesperada, no me quiero sentir más así. ¿Cuándo voy a dejar de estar triste?”, me decía una persona una semana después de haber terminado con su pareja. Su desesperación provenía de que todavía seguía pensando en él, añorando la relación y sintiendo mucha ansiedad por no saber en qué estaba su ex novio. “Quiero hacer algo, poderme tomar algo para dejar de estar así”, decía, sin darse cuenta que ese desespero era lo que paradójicamente estaba manteniendo su tristeza, su ansiedad y su rabia.
 
Querer llegar a la meta sin haber corrido la carrera es imposible. Sin duda es un proceso largo y a veces desgastante. Mientras se está corriendo el cansancio físico, el dolor en los músculos, la sed, entre otras cosas, hacen que los corredores se quieran rendir. Es comprensible. Sin embargo, el problema no es sentir cansancio, dolor muscular y ansiedad de terminar. El problema es el contrario: resistirse a sentir lo que es inevitable cuando se está sometiendo al cuerpo a un esfuerzo físico tan fuerte. Esa resistencia, paradójicamente, es la que más agotamiento produce en el cuerpo porque aumenta la ansiedad y acaba generando problemas graves de salud, problemas que no se presentarían si quien corre, en vez de combatirse a sí mismo, se observa, acoge lo que está sintiendo y se permite bajar el ritmo, o incluso, parar de correr y caminar, si el desgaste llega hasta el punto de hacerlo inevitable.
 
Esos mismos problemas se presentan cuando en vez de aceptar y pasar por un proceso humano, como es el dolor, la ansiedad, la angustia, la tristeza, entre otros, lo que queremos es hacerlos desaparecer como quien apaga una luz. Terminar una relación y pretender estar perfecto al día siguiente, sin sufrir, sin sentir tristeza, ansiedad y dolor por la ausencia del otro, es imposible. Querer encontrar una fórmula mágica que haga desaparecer el miedo que genera una fobia sin trabajarlo, sin enfrentarlo, tampoco es posible. Así como también se vuelve una guerra interna constante y desgastante intentar dejar de sentir rabia combatiéndola racionalmente, tratando de convencerse que la rabia no es un buen consejero y que por lo mismo, debe desaparecer como por arte de magia.
 
Ninguna persona quiere sufrir. Nadie quiere estar triste, ni sentir miedo, rabia, angustia, ansiedad, dolor, etc. Sin embargo, todos estos sentimientos y sensaciones son inevitables. No sólo porque hacen parte de la vida, sino también porque son los momentos y las oportunidades para hacer cambios, para que las personas trabajen en sí mismas ante cada situación que genera sufrimiento, de tal manera que puedan desarrollar las estrategias que les permitan ir superándolo. El primer paso, que es posiblemente el más difícil, es aceptar que esas sensaciones están presentes y acogerlas en lugar de combatirlas. Esta es una condición necesaria para lograr la propia transformación porque lo que se resiste, persiste. El reconocimiento y la aceptación de que esas sensaciones están ahí y que este es el origen del propio sufrimiento –independientemente de cuál cuál sea el motivo concreto que lo genera-, es esencial para poder comenzar la difícil tarea de superarlo. La rabia y la impaciencia son como el agua: necesitan un canal para poder fluir sin arrasar con lo que van encontrando. El miedo se supera si se enfrenta, basta mirar el fantasma a la cara para hacerlo desaparecer. Y el dolor decanta, motivo por el cual hay que sentirlo para poder salir de él porque ignorarlo no lo cancela.
 
Los procesos requieren tiempo, no son lineales y por lo mismo muchas veces es necesario dar un paso hacia atrás para poder dar dos hacia adelante (Nardone, 2009). Combatir lo que sentimos genera todo lo contrario a lo que esperamos: en lugar de disminuir lo que sentimos, lo alimenta y lo reproduce. Por eso lo esencial aprender a vencer sin combatir (Nardone, 2004).
 
*Psicóloga – psicoterapeuta estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
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