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Opinión

  • | 1991/12/23 00:00

    LA SOSPECHOSA JUSTICIA NORTEAMERICANA

    En la justicia norteamericana los testigos son sospechosos porque son inducidos a hablar sobornados por el interés de una recompensa.

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EL INCIDENTE OCURRIDO CON EL EXPREsidente López Michelsen a raíz de las declaraciones de Carlos Lehder, es apenas otra radiografía, de las muchas que han corrido por cuenta de esqueletos colombianos, de la extremada fragilidad del sistema judicial norteamericano. Si hubiera que describir en una palabra que tiene de mala la forma como se aplica la justicia en EE.UU., habría una perfecta: es sospechosa. Lo que constituye la esencia del derecho penal, como es aplicarles a las personas las penas que en justicia les corresponden por sus delitos, en el sistema norteamericano permite que los castigos se puedan aumentar, agravar, disminuir, eliminar, negociar, sin necesidad de que ninguna de estas modalidades sea justa, siempre y cuando sea útil.
La utilidad la mide un ser omnipotente que se llama el fiscal. Mientras un juez en Colombia está obligado, si tiene pruebas suficientes contra un individuo, a abrirle un proceso, el fiscal norteamericano tiene la facultad discrecional de hacerlo o no, sin importar cuantas pruebas tenga contra esa determinada persona, y más bien dependiendo de si lo considera provechoso o no. De esta discrecionalidad del fiscal se deriva toda una suerte de modalidades judiciales que dejan una profunda mala espina.
En primer lugar, la justicia norteamericana es sospechosa porque los testigos siempre tienen un interés. A diferencia del sistema colombiano, donde un testigo interesado puede tacharse de sospechoso, al testigo norteamericano se le ofrecen legalmente premios por su testimonio, que pueden ir desde resolverle al mismo un lio con las autoridades de inmigración, hasta compensarlo económicamente, como sucedió en el juicio contra Hernán Botero, en el que a un testigo se le premio con una casa que pertenecía al acusado.
Y mientras en Colombia la documental es la prueba reina, en los EE.UU. lo es el testimonio, cuya fragilidad es evidente en la medida en que es arrancado del testigo a punta de recompensas.
También está capacitado el fiscal, en medio de su extraordinaria inmunidad, para negociar con el propio acusado. Usualmente se le ofrece que se declare culpable de alguno de los muchos cargos que se hacen en su contra. El procesado, ante la encrucijada de verse condenado de por vida o solo serlo por unos cuantos años, generalmente opta por aceptar esta negociación, conocida como el
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