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Opinión

  • | 2004/03/07 00:00

    La tentación mesiánica

    Miremos al vecino. No firmemos cheques en blanco posfechados para perpetuar a un Mesías de mano dura que salvará nuestra Nación

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Así como en la vida cotidiana es muy conveniente mirar a nuestros hermanos para comprendernos mejor a nosotros mismos (nadie se nos parece tanto, porque compartimos los mismos genes y crecimos en el mismo entorno cultural), también en la vida política de las naciones es muy útil mirar a nuestros vecinos, pues también allí, por genes y por cultura, están los países que más se nos parecen. Que Venezuela sea la ''hermana República'' puede parecer pura retórica barata, pero la frase tiene algo de verdad. Con un buen pedazo de nuestra historia vivida en común, con los mismos 'padres fundadores', con características geográficas similares, compartimos muchas de las virtudes de ellos, y muchos de sus defectos.

Hartos de la corrupción y de la ineficacia de la vieja política y los viejos partidos, los venezolanos resolvieron elegir, hace más de cinco años, a un completo outsider, a un antipolítico, es más, a un ex golpista, el teniente coronel Hugo Chávez. El tipo, al oírlo, parecía un exaltado, y sus interminables peroratas dejaban intuir la personalidad de un megalómano, pero los pueblos a veces se ciegan cuando quieren creer que alguien será 'el salvador de la patria', una especie de Mesías que sanará todas las heridas.

Chávez tenía además otro atractivo fundamental. Un atractivo que, por genes y por cultura, seduce a muchos latinoamericanos: daba la impresión de ser un líder popular (que venía de abajo), y un hombre duro, que pondría orden en el despelote dejado por el Copei y los socialdemócratas. El gran mulato que destronaría a las castas blancas, y el militar de mano implacable que pondría orden en casa. Cierta retórica del resentimiento, la mezcla de verdades con mentiras en su discurso populista y la promesa de disciplina y autoridad militar sedujeron a los venezolanos.

Las primeras alarmas se encendieron cuando el teniente coronel diseñó una Constitución a su medida, encaminada a reelegirlo; cuando le pidió a Fidel Castro asesoría en métodos para perpetuarse en el poder (y copió 'comités de defensa de la revolución') y cuando empezó a militarizar la administración pública, destituyendo a los generales que no le gustaban y poniendo en ministerios y gobernaciones a militares de su bando, que por cierto han resultado tan corruptos como los representantes de la vieja política, por no decir que más.

La vocación despótica se fue consolidando mediante el dominio de otros dos aspectos esenciales de la vida política: dio un golpe de estado a los tecnócratas de Pdvsa, Petróleos de Venezuela, y se apropió así para sus fines personales de la chequera más jugosa del país. Puso a sus propias fichas en la justicia, de manera que la división de poderes se convirtiera en una ficción. Cuando uno domina, por ejemplo, el Consejo Nacional Electoral, se vuelve imposible derrocar al déspota por las vías tradicionales de la democracia, que simplemente consisten en contar votos. Un signo de que en Colombia no hemos llegado a lo mismo es que nuestras autoridades electorales no le obedecieron a Álvaro Uribe cuando este quiso bajar el censo electoral, para aprobar con una pataleta leguleya un referendo derrotado en las urnas.

También las altas cortes están en manos de Chávez, y la prensa libre está cada vez más amenazada por un gobierno que la quiere silenciar mediante trucos legales (demandas inauditas), asfixia económica o persecución directa del disenso. El puño del 'hombre fuerte' se cierra cada día más, y el paso siguiente, que es lo que se está dando en este momento, son las detenciones arbitrarias, las torturas, los disparos contra los manifestantes, la militarización de la vida cotidiana. A la catástrofe económica se le añade una catástrofe social. En el gobierno del 'salvador de los pobres' se obtiene como resultado que los pobres de Venezuela nunca antes habían estado peor.

Miremos al vecino y aprendamos la lección del megalómano que hace programas radiales y televisivos (en aparente contacto con 'el pueblo') de horas y más horas. Analicemos la retórica demagógica del vecino. Tengámosle miedo al dominio del poder judicial por el ejecutivo. En Colombia, por ejemplo, se ha desatado una terrible persecución y demonización de la Corte Constitucional. El ejecutivo busca acaparar los poderes para sí. Tengámosles miedo a las fáciles reformas de la Constitución, según el antojo del Presidente. No firmemos cheques en blanco posfechados, para perpetuar a un Mesías de mano dura que salvará nuestra Nación. Miremos a Venezuela y aprendamos de las lecciones ajenas, desconfiemos de la retórica de los antipolíticos. Aquí estamos en la hoya, pero la hoya, fíjense, todavía podría ser mucho peor.

Creo que Uribe, aquí, todavía debate consigo mismo si quiere ser un presidente demócrata o un déspota que tiene en sus manos 'el destino de la patria'. Ojalá quienes lo rodean no lo envuelvan en un halo mesiánico. Hay aspectos de su gobierno que son buenos, pero no por eso lo podemos convertir en un Dios.
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