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Opinión

  • | 2005/09/11 00:00

    La tolerancia como política de seguridad

    "Aprender a diferenciar al enemigo armado del no armado evita errores como reprimir donde hay que ganar simpatías o maltratar a quien se debe cooptar", escribe Joaquín Villalobos, ex comandante de la guerrilla Fmln.

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Un ex asesor del Ejército de El Salvador, refiriéndose a los guerrilleros que eran capturados durante el conflicto, me dijo: "todos hablaban". Con la tortura seguramente así era, pero ésta, además de multiplicar el odio y la conflictividad, no siempre conduce a la verdad. En 1982 fue capturado en Honduras un dirigente guerrillero junto a una familia que servía de apoyo. Estos fueron torturados e interrogados por agentes de la CIA y militares salvadoreños sobre el apoyo de Cuba y Nicaragua al FMLN. El resultado fue que dijeron a sus captores todo lo que querían escuchar y aquel dirigente terminó en la Casa Blanca y hasta publicaron fotos de él con Ronald Reagan. Nosotros, por supuesto, lo condenamos en público, pero lo cierto fue que dos grandes arsenales logísticos que el dirigente capturado conocía se continuaron utilizando durante nueve años más para recibir armas que llegaban de Nicaragua, hasta que Naciones Unidas verificó su cierre definitivo al firmarse la Paz.

En 1981, Orlando Tardencillas, combatiente de origen nicaragüense, fue capturado en El Salvador; durante año medio fue torturado y mantenido secuestrado hasta cuando un oficial de la CIA le dijo: "tu fin será la muerte si no ayudas a combatir el comunismo sandinista". Se comprometió entonces a denunciar la intervención nicaragüense en el conflicto salvadoreño y fue trasladado a Washington. Allí, frente a seis periodistas y en la presencia del Secretario y del portavoz del Departamento de Estado, Alexander Haig y Dean Fisher respectivamente, denunció la intervención estadounidense en El Salvador y todas las torturas a que había sido sometido. EE. UU. no tuvo más alternativa que dejarlo libre y enviarlo a Nicaragua, donde fue recibido como un héroe. Es decir que los incidentes de las fotos de los torturados en las cárceles iraquíes son errores que se repiten. Sin duda que el uso prioritario de la fuerza en la seguridad bloquea la inteligencia y brinda oportunidades hasta para hacer el ridículo.

Las políticas de seguridad se pueden simplificar en dos grandes corrientes, la que utiliza mucha fuerza con poca inteligencia y la que emplea mucha inteligencia con poca fuerza; entendido lo anterior en sentido global, ya que inteligencia es no sólo información y espionaje, sino estudio y conocimiento de la amenaza. Por otro lado, la fuerza se puede emplear de forma reactiva, ostentosa e inútil, o de manera planificada, cuidadosa y eficaz. El desmantelamiento de las colonias israelitas en Gaza, la retirada española de Irak, la acelerada caída en la opinión pública de George Bush, los problemas políticos del gobierno británico, resultado de los atentados de julio en Londres, y los numerosos ataques terroristas en Asia y África demuestran tres cosas: que el terrorismo se está multiplicando, que los hombres bomba se están volviendo eficaces, y que la política de fuerza del gobierno de Bush contra el terrorismo está fracasando.

En la tradición más primitiva, la seguridad es considerada un asunto de militares y Policías, y estas profesiones son comprendidas como técnicas para usar la fuerza, al punto que, en casos extremos, a los encargados se los entrena para actuar sin analizar, y obedecer sin pensar. Por ello, en las dictaduras lo jurídico, lo social y lo cultural no son parte de la seguridad y a lo sumo son sólo parte de la apariencia. Al hablar de derechos humanos, lo normal es defender éstos con argumentos éticos y olvidar el enorme valor que tienen como un mecanismo de cohesión social que reduce la conflictividad. Tomando sólo su sentido ético, hay quiénes piensan que la democracia y los derechos humanos son estorbos para la seguridad. El propio George Bush afirmó, al referirse a la lucha antiterrorista, que: "con una dictadura sería más fácil".

El Ejército salvadoreño no pudo detectar la movilización de 30.000 personas (7.000 combatientes y 23.000 de apoyo) en la ofensiva guerrillera sobre la capital en 1989, y su mejor oficial de campo fue cazado con una bomba cazabobos que él mismo colocó en su helicóptero. El dominio de inteligencia de la guerrilla salvadoreña provenía de enormes redes sociales que lo mismo reportaban movimientos, que confundían al Ejército o proporcionaban datos sobre la personalidad y las costumbres de los militares. En la tradición militarista es más importante provocar miedo a la autoridad, que crear una cultura de la legalidad, cuando es esa cultura la que construye los soportes de información,cooperación y confianza en el Estado, al mismo tiempo que reduce la reacción y aísla el problema. De esa manera, cuando la represión se vuelve inevitable, ésta puede ser precisa y eficaz.

Las políticas de seguridad que priorizan la fuerza generan ellas mismas una resistencia que multiplica el problema. Es un problema matemático y físico, la ventaja social aumenta numéricamente las posibilidades de información, y todos sabemos que si aplicamos fuerza sobre un objeto, recibimos una fuerza de reacción en dirección contraria, por ello fue necesaria la rueda y la palanca que, en definitiva, son más inteligencia que fuerza.

Gran Bretaña y Estados Unidos han reaccionado de forma distinta ante los ataques terroristas a sus ciudades. EEUU fue reactivo, ostentoso y se evidenció como una sociedad primitiva que necesitaba sicológicamente golpear a alguien pronto. Esto polarizó a los estadounidenses y al mundo, al punto que otras naciones, entre ellas Gran Bretaña, por distintas razones, se vieron obligadas a apoyarlos. La reacción británica ha sido más cuidadosa. Sir Ian Blair, jefe de Scotland Yard, refiriéndose a los atentados, dijo: "no hay problema con el fundamentalismo islámico, como no lo hay con el fundamentalismo católico, el problema es el extremismo, que igual que comete estosatentados, asesina un médico en nombre de Cristo porque realiza abortos". La idea de "evitar la división de las comunidades", con su diversidad de razas y culturas, para "aislar a los terroristas" se repetían constante y armónicamente en las instituciones y en la sociedad como reacción a los ataques. Todo parecía un guión bien aprendido que mostraba la tolerancia como el pilar de la seguridad británica y como un valor que está incorporado a la identidad cultural del país, esto les permitió evitar varios ataques previos y desmantelar en días al grupo que ejecutó los últimos.

La inteligencia británica y la israelita son las mejores del mundo, la primera, preventiva, y la segunda, operativa, pero ambas parten de la doctrina británica de dominar teniendo ventaja social. Las comunidades y las relaciones de las instituciones con éstas, y no los aparatos especiales, son el corazón de la seguridad. El lema de Scotland Yard es: "trabajando juntos por un Londres más seguro" y otras policías locales tienen la palabra "tolerancia" en su lema. El dominio en información y conocimiento es lo que permite a
los policías británicos no portar armas de fuego. La fuerza es claramente un recurso de última instancia y es difícil encontrar policías rudos al estilo americano. Con una composición multirracial, multicultural y un porte que inspira reverencia, la Policía británica tiene los buenos modales y el concepto de policía comunitaria como doctrina de seguridad, no como estrategias de relaciones públicas.

Para los países de Latinoamérica con crisis de seguridad, el modelo británico puede ser de gran utilidad. La construcción de relaciones comunidad-instituciones y el principio de conocer y cooptar para aislar el problema, resultan más valiosas que el modelo aparatoso,
caro, represivo e ineficiente de una seguridad basada sólo en la fuerza. Por ejemplo, para un país en conflicto como Colombia, que necesita conquistar e incorporar territorios que tenía abandonados, resulta esencial la idea de aislar los grupos armados y evitar a toda costa acciones y conductas de la fuerza pública que multipliquen la conflictividad. Aprender a diferenciar al enemigo armado, del no armado; al cuerpo social de apoyo, de los grupos armados mismos; al opositor político, del enemigo del sistema y a la insurgencia, de la protesta social, son componentes centrales que facilitan tener ventaja en el uso preciso de la fuerza. Esto evita errores como reprimir donde hay que ganar simpatías o maltratar a quien se debe cooptar.

En El Salvador, el modelo americano condujo a que algunos mandos del Ejército asesinaran a seis académicos jesuitas porque pensaban que éstos eran el mando de la ofensiva guerrillera de 1989. En Colombia, los paramilitares representan esa misma versión primitiva de seguridad basada en la fuerza.

Hay quienes los consideran "un mal necesario", pero la verdad es que multiplicaron el problema, debilitaron la autoridad del Estado, desprestigiaron la clase política y ahora amenazan con ser la más larga y dolorosa pesadilla de una posible pacificación. La tentación del modelo vengador que exhibe las cabezas de sus enemigos es siempre grande por ser más fácil para ganar electores, lo trágico es que ese camino le puede costar más muertos a la fuerza pública. En Irak, las tropas americanas prácticamente han incorporado los anteojos oscuros a su equipo, es decir que además de ser de extranjeros con distintos raza, cultura e idioma, se colocan una indumentaria que obstruye el contacto visual con la población, lo que aumenta las razones para que los rechacen. El problema es que ese militar tipo "Rambo con lentes ahumados" o el policía "duro de matar" violento, mal encarado y prepotente es lo que más buscan imitar nuestros países. Colombia ha abierto un camino diferente con los programas de convivencia y cultura de legalidad en Bogotá y con la doctrina de seguridad democrática, dos aportes vitales hacia una seguridad que, por ser democrática, debe ser eficaz.

* Ex Jefe guerrillero del FMLN

Esta columna fue escrita para la Fundación Ideas para la Paz.

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